La final de un mundial de fútbol es mucho más que deporte. Es un acontecimiento global que proyecta pasiones, expectativas y valores. Antes de iniciar el partido ya se han escrito centenares de artículos, hecho miles de tertulias, posts en las redes sociales y hecho análisis de todo tipo sobre el posible vencedor. En este caso, la final del Mundial entre España y Argentina, además de un duelo futbolístico, era una batalla entre dos maneras de entender el fútbol, entre dos generaciones de futbolistas como Leo Messi y Lamine Yamal, y entre dos relatos diferentes de país.
El resultado después de los ciento veinte minutos de partido –prórroga incluida– es de todos conocida. La victoria de la selección española desplegó un fútbol de posesión, presión alta y talento joven ante la veteranía de una Argentina experimentada, intensa y basada en el talento de un incombustible Messi. El equipo de Luis de la Fuente se proyectó al mundo desplegando su talento con una excelencia deportiva, confianza y trabajo en equipo que trasciende el resultado de la final mundialista. Como es natural, los jugadores han sido recibidos y tratados como verdaderos héroes nacionales en actos institucionales y multitudinarios. Una selección que moviliza emociones y pasiones de todo un país y que ejerce de bálsamo y amalgama emocional comunitaria que deja de lado la tremenda polarización política y judicial que sufre el país.
Detrás del evidente impacto positivo de la victoria mundialista para la marca España, hay otra que brilla con luz propia sin grandes inversiones en publicidad ni patrocinadores. La Masia, la escuela del FC Barcelona, forma parte de la identidad futbolística del campeón del mundo. Un estilo conocido y reconocido en el mundo caracterizado por el dominio del balón, la ocupación de los espacios, la presión coordinada, la inteligencia táctica, la creatividad y una apuesta decidida por el talento joven. Unos atributos que además de convertirse en patrimonio del fútbol español, se proyectan del mismo modo sobre la marca Barcelona proyectando identidad, innovación y prestigio global de la ciudad. Una historia que repite el éxito del Mundial de Sudáfrica de 2010, cuando la columna vertebral de la selección estaba formada igualmente por futbolistas del FC Barcelona. Dieciséis años después esta conexión vuelve a ser trascendental y evidente.
"La Masia, la escuela del FC Barcelona, forma parte de la identidad futbolística del campeón del mundo"
Todo esto tiene un valor enorme para la marca Barcelona si lo sabemos gestionar con inteligencia. Además de proyectar la reputación internacional de la ciudad asociada al diseño, la arquitectura, la innovación, la creatividad, los grandes eventos o la calidad de vida, después de unos años complejos, el fútbol vuelve a ser uno de sus principales embajadores. La ciudad no solo es capaz de brillar ganando competiciones deportivas, sino que se proyecta como una ciudad capaz de formar talento, el recurso más preciado del s.XXI y convertirlo en una ventaja competitiva. La ciudad no solo forma y exporta futbolistas extraordinarios, sino que lo hace sobre una determinada manera de entender el liderazgo asociando el éxito deportivo con un modelo educativo determinado, y por tanto, de una determinada manera de entender y construir la ciudad.
Barcelona no ha ganado el Mundial, lo ha hecho la selección española de fútbol, pero el mundo asocia este triunfo español en buena parte a la identidad y la excelencia de Barcelona. Es aquí donde reside la gran oportunidad reputacional para Barcelona y Cataluña. Proyectarnos como un país moderno, competitivo y capaz de liderar desde el talento colectivo dejando de lado los egoísmos e intereses particulares para articular un proyecto de comunidad, competitiva, sostenible, democrática e inclusiva. Barcelona y Cataluña tienen una oportunidad extraordinaria para reforzar el posicionamiento internacional evitando el triunfalismo y apostando por la creatividad, la excelencia y la autenticidad. En un mundo donde la reputación se ha convertido en un activo estratégico, el fútbol en tanto que uno de los lenguajes universales, puede ser una herramienta global de diplomacia pública de primer orden. Por eso debemos tejer nuevas complicidades internas y reconstruir algunos consensos básicos de ciudad.
Pero el resultado de la final del Mundial nos enseña otras lecciones importantes. Por un lado, que en el deporte como en la vida, tan importante es saber ganar como saber perder. A pesar de contar con un entrenador como Leonel Scaloni que proyecta valores como la profesionalidad, la educación y el respeto, los jugadores argentinos demostraron al final del partido que no están a su altura. Su calidad futbolística fue empañada por las agresiones verbales, físicas y su falta de respeto con los jugadores de la selección española. Unas imágenes que han dado la vuelta al mundo y se han viralizado en las redes sociales haciendo un flaco favor a la imagen país y a la reputación de Argentina y de los argentinos. Unos hechos que impactan también en el legado de Messi, el futbolista más grande de todos los tiempos que ha basado su imagen justamente en lo contrario de estas imágenes.
"En el deporte como en la vida, tan importante es saber ganar como saber perder"
Por otro lado, que algunas victorias empiezan mucho antes de que lleguen los triunfos y los reconocimientos. Además de identificar talento, hay que tener método, propósito y valores para hacer de los grandes profesionales buenos jugadores de equipo dejando el ego individual de lado para priorizar lo colectivo. Y en esto, la selección española nos ha mostrado en buena parte el camino por donde transitar en el presente y en el futuro. Así pues, el mundial de fútbol además de ser un gran espectáculo es una oportunidad para construir valor nuevo. De nosotros depende aprovecharlo con inteligencia, generosidad y trabajo en equipo. Sería bueno que aquellos que no están por la labor den un paso al lado y no estorben, porque en este mundo fast and furious, las oportunidades hay que aprovecharlas.