Cada barcelonés guarda en la memoria el preciso instante en el que dejó de ir a La Boqueria. Me corrijo de inicio; quizá no se trató de una rotura repentina, como la del marido que se larga a comprar tabaco o la de la señora que descubre al compañero fornicando en la cama nupcial. Con La Boqueria todos nos hemos dado una segunda, tercera y enésima oportunidad; para evitar el embutimiento espantoso de turistas en su entrada, los barceloneses nos acostumbramos a irrumpir en nuestro mercado más excelente por La Virreina y la plaza de Sant Galdric o la de la Gardunya. Esta segunda ha sido noticia hace poco, porque es el lugar donde las gaviotas tienen la predilección de asaltar los guiris para robarles los (por otra parte asquerosos) bocadillos de embutido pretendidamente nacional o las cajitas de fritura que compran en los insufribles bares del mercado. Casi todos odiamos las ratas del cielo, pero ahora las hemos aplaudido en secreto.
ecía que todos hemos terminado tomando distancia de La Boquería, antaño uno de los mejores mercados del planeta, rebosante de puestos de gastrónomo (como Menuts Rosa o el catedrático Petràs) que sobreviven injustamente rodeados de nauseabundos establecimientos donde se vomitan zumos de fruta y paellas de séptima categoría. Los románticos salvaban la presencia abusiva de turistas y la desnaturalización de un mercado barcelonés a base de una auténtica pericia en el arte del eslalon; pero la sobreabundancia de curiosos, grupos turísticos y la madre que les parió así en general ahora ya lo hace imposible.
Cuando el divorcio era insalvable, muchos vecinos del Gòtic emigramos al mercado de Santa Caterina, un espacio arquitectónico igualmente genial (reverencia, Sr. Miralles) y con un equipo de paradas de primera división; así el excelso horno La Torna, la bacaladera Ràfols, la charcutería Carles, el pescadito de Paco o las deliciosas croquetas de Josep. Éstas son, faltaría más, mis paradas predilectas en Santa Caterina.
Para ir bien, en una ciudad del primer mundo, estos rincones no sólo deberían ser los espacios más excelentes que encuentro para llenar mi nevera, sino que el común del ciudadano (así es mi caso) debería vivir ahí la alegría frívola y la ligera conversación mediterránea que pedimos en los mercados. De momento, y cruzo los dedos, a pesar de recibir a turistas y curiosos de la arquitectura urbana, Santa Caterina se ha mantenido como un espacio de contacto y charla para los indígenas barceloneses. Pero últimamente he empezado a divisar sangre en el mar... y las aletas de los tiburones se dejarán ver tarde o temprano. De hecho, el mercado ha empezado a ser parada de grupos turísticos y se ve en lugares tan civilizados como el Bar Joan (donde resulta delicioso desayunar una tortilla mientras uno se va despertando mientras hace la lista mental de la manduca), que ya están en el punto de mira del enemigo.
Hace pocos días jalaba en el bar tranquilamente, mientras contemplé a un grupo de yanquis zampándose una selección absurda de embutidos y tomando una copa de cava, justo a la hora del desayuno. La primera tentación fue la de reír con la superioridad moral de quien sabe a ciencia cierta que ningún catalán de pro se cascaría una fuente de jamón o fuet con un espumoso a las diez de la mañana; aquí somos gente civilizada, que baña la carne con pan con tomate y que desayuna poco, para que surja el hambre poco después del mediodía. Pero todos hemos hecho el guiri (es decir, el gilipuá) alguna vez en nuestra vida y, a continuación, sentí cierta compasión por este grupo de americanos simpáticos, sometidos a una actividad que nada tiene que ver con el lugar donde se alojan. Así empezó La Boqueria y, de seguir con tal mandanga, así también puede acabar Santa Caterina, a menos que las autoridades del Ayuntamiento empiecen a obrar con mucha más sensatez.