Morirse de frío en la calle

10 de enero de 2026 a las 00:37h

Los humanos se incrustan en el paisaje de la ciudad y forman parte de éste, a menudo como un adorno espléndido en forma de soldaditos de plomo embobados, pero también a través de aquellas larvas que nos advierten de una tragedia. Desde hace décadas, en el cruce entre el calle del Bisbe y la plaza de Garriga i Bachs, descansa una mendiga gitana clamando caridad, sentada como si con su espalda pudiera aguantar toda la masa de piedra de la Santa Creu, siempre descalza. Mis recuerdos de esta vía tan bella, también del heroico espacio contiguo presidido por las esculturas de nuestro gran Josep Llimona, resultan indisociables de esta mendicante, que si pasa desapercibida a la vista ---debido la acumulación espantosa de turistas en el lugar--- enseguida se te impone por una cadencia musical tremendamente particular (la habréis escuchado mil veces pasando por el lugar) recitada mediante un llanto incomprensible, exceptuando algunas palabras extranjeras como comer y por favor.

Si fuera un columnista cursi escribiría que nos hemos acostumbrado a negar la mirada a los homeless como si fueran un mueble abandonado más de la calle; quizás tendría razón, porque a veces hay cosas que sólo pueden escribirse con cierta dosis de sentimentalismo. Pero esto viene especialmente a cuento debido a la actualidad barcelonesa más inmediata, que nos ha revelado la muerte de un sin techo de cincuenta y siete años llamado Eusebio (según la Fundación Arrels, coincidiendo con la noche del martes, la más fría de los últimos años en Barcelona). Conocido el hecho, la reacción sólo puede ser airada, porque resulta la mar de indignante vivir en una ciudad donde alguien muere congelado sin ayuda alguna. A menudo utilizamos la expresión "me estoy muriendo de frío" cuando la calefacción todavía no acaba de calentarnos el salón de casa o cuando salimos a la calle y elegimos una indumentaria excesivamente primaveral. Imaginaros, pues, cómo debe ser agonizar así, literalmente, mientras los órganos se te congelan y la sangre se hiela sin piedad.

Digerida la mala leche, hay que poner ciertas cosas en contexto pues, por mucho que nos duela la noticia precedente, sería injusto pintar nuestra ciudad como una madriguera epidémica de los sin hogar. En la mayoría de estudios sobre la homelesness, el Estado donde nos obligan a vivir presenta unos datos de callejeros notoriamente inferiores a los que tienen civilizaciones como Reino Unido, Francia o EEUU y, en lo que respecta a nuestra ciudad, las dos mil personas que viven al ras en Barcelona son incomparables a las de París, que nos doblan la cifra, o a las de Nueva York, que superan las ciento cuarenta mil. A su vez, cabe decir que el Ayuntamiento intenta realizar su comedido; activó la operació fred (carambas con el departamento de naming...) el pasado martes, adelantándose a las noches donde la temperatura pintaba más gélida, movilizando así destacamentos especiales de los profesionales del Centro de Urgencias y Emergencias Sociales (CUESB), del Servicio de Atención Social al Sinhogarismo en el Espacio Público (SASSEP), todo con la ayuda santísima de la Cruz Roja.

La operació fred habilita a trabajadores que se acercan a la gente que duerme al raso ---seis equipos de catorce personas--- para ofrecerles unas de las doscientas plazas de acogida que les permitirá dormir en caliente (la administración también ha informado de plazas adicionales en el Centro de Acogida de Emergencias). La teoría está más que bien, pero, como informó ejemplarmente el periodista de Catalunya Ràdio Andreu Merino a base de charlar con muchos afectados, todavía hay numerosos sin techo de la ciudad a los que la administración no llega a contactar por falta de efectivos.

A su vez, muchos mendicantes de la ciudad aún desconfían de los agentes municipales, porque a menudo abandonan el lugar donde duermen (a riesgo de perder el tenderete que tienen instalado allí en la calle) para refugiarse durante una sola noche, a riesgo de llegar a los centros y quedarse sin camas. En este sentido y en resumidas cuentas, cabe decir que la administración no es negligente, pero que una mayor coordinación y el aumento de efectivos en la calle quizás hubieran ayudado a evitar que Eusebio muriera con la piel helada. 

La pobreza siempre formará parte de una ciudad como Barcelona y, desengañémonos, sus habitantes nos acostumbraremos a integrarla, como si las mendigas de la calle del Bisbe fueran imitaciones baratas de Nonell. Pero deberíamos intentar ampliar el ámbito de la operació fred (no hace falta llegar a los cero grados para salir corriendo a pescar a gente indefensa) y asegurarnos de que la cifra de los dos mil, en la medida de lo posible, vaya acercándose a cero. Morir de frío en la calle nunca debería pasarle a nadie. 

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