Pink Barcino es uno de los últimos monumentos instalados en Barcelona, en este caso con motivo del bicentenario del Passeig de Gràcia, obra de Lluís Lleó. La intención inicial era que se tratara de una instalación efímera (debía exhibirse en su ubicación actual hasta enero de 2025), pero finalmente se ha mantenido y, doy fe de ello, allí sigue. Sorprende la escasa controversia que ha suscitado, en una ciudad tan acostumbrada a discutir incluso obviedades como la necesaria continuación de la Sagrada Família. Pero es importante que nos fijemos no solo en aquello que lleva décadas incorporado a nuestro patrimonio colectivo, sino también en lo que vamos aportándole. Y que evaluemos su significado, su simbolismo, su carácter (o no) perdurable y, evidentemente, su (o no) acierto. Antes, los barceloneses discutían sobre estas cosas. Ahora, lo que hacemos con las cosas es simplemente pasar por delante de ellas. En eso debe de consistir ser contemporáneo, me temo.
Diré de entrada que a mí la escultura no me gusta, pero eso es lo de menos. Dejaré mi justificación en una frase breve: su combinación de ángulos agresivos con piedra natural resulta demasiado dura, una mezcla a medio camino entre lo frío y lo frívolo, que parece olvidar que el Passeig de Gràcia es blando (y que era un camino que unía orgánicamente una villa con una ciudad antes de convertirse en la pieza central de una trama urbana). Creo que el problema no es la escultura, que tiene una fuerza expresiva indiscutible, sino su ubicación y su pretexto. El rosa asalmonado es un color agradable e impactante por sí mismo, pero se da de bofetadas con los colores propios de la ciudad. El problema del pretexto no es un problema de la obra, pero es precisamente lo que menos le favorece: la idea parece más un homenaje a la mentalidad cuadriculada de Cerdà que a la elegancia costumbrista, a la comunión con el modernismo y con nuestra Belle Époque que el Passeig todavía evoca. Eso hace que, más que un monumento a un paseo, parezca un monumento en un paseo. Por tanto, el problema no es la escultura, sino el lugar, de manera parecida a aquella vieja afirmación del candidato a la alcaldía Miquel Roca cuando le hablaban del futuro del cine Imax.
Hay cosas que perduran en la ciudad y otras que apenas perduran en las retinas, pero eso podría deberse al problema que tiene la ciudad con el arte contemporáneo. Un problema mutuo, un desprecio mutuo. Este es un defecto en el que no querría caer y que, por tanto, me lleva a relegar mis opiniones a un rincón que no ocupa el centro de este artículo. En el centro del artículo está el monumento: situado, precisamente, en el centro urbano de Barcelona, que es este paseo que va desde la plaza de Catalunya hasta el Cinc d’Oros. De la encrucijada han desaparecido precisamente los cinco oros, es decir, las cinco farolas de hierro forjado de Falqués que ahora se encuentran en la avenida Gaudí, pero se ha quedado el absurdo obelisco sin nombre y sin motivo que parece, precisamente, otro monumento a la nada. Y, en nuestro caso, Pink Barcino se encuentra justo delante del Palau Robert, en un contraste de estilos estéticos francamente difícil de digerir. Estoy seguro de que, ubicada en otro lugar más adecuado y más sufrido (¿por qué no en la plaza de las Glòries, donde también se cruzan el Eixample y la Diagonal, y que era el verdadero futuro «centro» de la ciudad según Cerdà?), la rotundidad de la pieza rompería bien el aire, como pretende, sin quebrar la mirada.
“Hay cosas que perduran en la ciudad y otras que apenas perduran en las retinas”
Desconozco si es cierto que el rosa (fucsia, dicen las crónicas, aunque yo no veo el fucsia) evoca la proximidad del histórico Saló Rosa o del Bulevard Rosa, pero no lo creo, ya que diría que este tono es simplemente fruto de la paleta personal de Lluís Lleó, como puede verse en la mitad rosa de Morpho’s Nest in a Cadmium House, instalada en 2017 entre las calles 52 y 56 de Manhattan y que, desde el año siguiente, puede verse frente a los jardines de Pedralbes (junto con su otra mitad, de azul Klein). Lleó quiere hermanar la piedra natural y neutra (son tres metros de altura y ocho toneladas de piedra maciza) con la plancha uniforme y coloreada, la naturaleza espontánea y perdurable con el orden humano del hormigón, más artificial. Como obra de arte contemporáneo, insisto, tiene fuerza y personalidad. Creo que su ubicación y su conceptualización simbólica podrían haber suscitado mucha más controversia y, de hecho, diría que, en un lugar tan céntrico como este, en teoría debería atraer muchas más miradas. Que no sea así puede ser culpa del arte contemporáneo o nuestra. O quizá de una dudosa intermediación entre una cosa y la otra.
