Mi ciudad de escombros

12 de septiembre de 2026 a las 05:30h

Suelo celebrar la Diada viajando mentalmente al otro lado del Atlántico (aún más este año, en el que mis conciudadanos han decidido pasar la víspera de la fiesta haciendo lo posible para repartirse mandobles como paletos en el Fossar). Cuando llegué a Nueva York, cuatro años después de los atentados del 11/S, viví un tiempo en una residencia de William Street, en el centro del Finantial District, a escasos centenares de metros del Ground Zero. Por la mañana hacía poca vida en el barrio, de un bullicio silvestre, pero al anochecer todo quisque se las piraba y me encantaba pasear por el antiguo solar de las Torres Gemelas. Ahora cuesta imaginárselo, pero uno podía deambular literalmente solo por los alrededores de este lugar fantasmagórico, custodiado por dos o tres polis adormitados. Allí aún resonaba el griterío de los muertos (cuyos restos formaban una ensalada siniestra de polvo que las autoridades habían volcado en el Fresh Kills Landfilll de Staten Island) e incluso un pueblo acostumbrado a llorar poco y a reconstruir rápido como el americano apenas sabía cómo urdir el faraónico memorial fabricado por el arquitecto Daniel Liebeskind. 

Volví alguna vez a Nueva York (de hecho, diría que sólo en una ocasión; me encantaría pasear de nuevo por sus calles, pero irme del lugar me hace llorar y sentirme fracasado) y nunca volví a dirigirme a mi antiguo barrio para ver el 9/11 Memorial y su museo. Quizá sea cosa de palurdos, pero me desahogo manteniendo el recuerdo de aquel agujero infernal que me acompañó tantas noches, de aquella auténtica cueva simbólico-traumática de la que, según algunos ilustres colegas filósofos, nació el siglo XXI, un tiempo que renegaría lentamente de la globalización y provocaría un renacimiento de la desconfianza entre potencias y, sobre todo, entre civilizaciones. 

"Egoísta, recuerdo solo la brisa heladora que me acariciaba al cruzar las tumbas, haciendo camino hacia Battery Park"

Todo esto lo aprendí después, porque lo que descubrí con mis propios ojos es el infinito poder del pavor y la dificultad de levantar mausoleos en zonas donde la herida todavía sangra. Cuando pienso en el Ground Zero no recuerdo sólo a los bomberos héroes, ni a los falling men que se precipitaban como balas hacia la base de las Torres; egoísta, recuerdo sólo la brisa heladora que me acariciaba mientras cruzaba las tumbas haciendo camino al andar hacia Battery Park. 

Ahora que han pasado veinticinco años de los atentados, he pensado a menudo en aquel barrio en el que viví un tiempo, antes de largarme a mi querido Harlem. Las conmemoraciones me la rebufan bastante, porque lo único que me ha estremecido de dolor es comprobar que hará cuatro lustros o algo parecido que no vuelvo a Nueva York. Esto ocurre en el mundo de los fenómenos, porque mentalmente -aun residir en esta Barcelona que, a pesar de ser maravillosa como siempre, vive un presente espantosamente asqueroso- yo todavía me alimento de la energía de la ciudad más bella del mundo y todavía consumo sus revistas, podcasts y otras mandangas culturales por el estilo. Pero hoy sobre todo me apetece escribir que, veinte años después, todavía paseo cada noche por el Ground Zero; más aún en Diada, cuando escribo este artículo y puedo esnifar perfectamente el hedor del polvo y cegarme con las luces que custodiaban el silencio. Tiene gracia que este agujero guarde cierta hermandad con el país donde -por desgracia- me ha tocado vivir puesto que, como todo el mundo sabrá, hay una gran farsante que se hizo pasar por víctima de la tragedia... ¡y era catalana!

No sé cuánto tiempo pasará hasta que -algún día, cuando la nostalgia sea irreparable- vuelva a dejarme caer en la ciudad y pasee hasta mi lugar predilecto para ver la silueta de las Torres transformada en agua y luz. De momento, aguanto las tentaciones; además, la pobreza del autónomo me ayuda muchísimo, porque mis friendoes de la ciudad me cuentan que Gotham se ha convertido en una urbe sólo al alcance de millonarios. Un poco como la nuestra, rebosante de guiris i expats, y con una herida enorme consistente en ser la capital de una tribu sin estado, ministerios, servicios secretos ni ejército. Quizá por todo esto, de Nueva York, sobre todo recuerdo los escombros y las ruinas; será que, a pesar de mis pesares, era y sigo siendo horripilante e insistentemente catalán...

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