“Desde pequeña ya supe que lo que yo quería era escribir. Ojo, no necesariamente ser escritora o novelista, eso vendría mucho después, sino explicar las cosas, la vida, a través de la escritura”. Acodada a la barra, Mercè Ibarz ha pedido dos cosas: “un vermú del país y silencio de fondo” y ahora sonríe, disfrutando del mediodía en el Bar, observando el entorno para absorber sus esencias y, acaso, convertirlas en palabras intransferibles.
Todas las cosas que le han pasado en la vida no parecen haber barrido su naturaleza de niña solitaria, inmersa en apasionantes mundos de libros, tebeos, arte y celuloide. Abandonó su Zaidín natal de joven y, tras unos años en Lleida, en 1971 vino a Barcelona a estudiar periodismo. “Fue un momento de inflexión: descubrir e ir desentrañando la ciudad para estudiar algo que, en aquel momento, daba respuesta a mi deseo de escribir”.
Su nueva obra, la autobiográfica Una noia a la ciutat (Anagrama) recorre aquellos días a través de una potente prosa poética que habla de la belleza de las cicatrices, la viveza de unas calles en ebullición y el amor hermoso que surgió, en aquella época, entre ella y el que, durante los siguientes cincuenta años, sería su marido, Lluís, a cuya memoria está dedicado el libro, que también ha salido en castellano con el título Una chica en la ciudad.
Tras su paso por las redacciones de Avui y Diari de Barcelona, en 1989 el periodismo –como trabajo y como estilo de escritura– se le hizo demasiado pequeño a Mercè. “Decidí ser freelance y ampliar el foco. Ya había escrito un primer libro sobre la situación en Euskadi y, tras una década, escribí otro, el primero que haría sobre Mercè Rodoreda”. Empezaba una nueva vida, la de escritora y, poco después, a mediados de los 90, la de investigadora especializada en las figuras de Rodoreda y de Buñuel, con un espectacular recorrido en el estudio de las artes visuales y la relación entre la lectura y la escritura.
La voz como suma de voces
“Con La terra retirada encontré mi voz literaria”, asegura Mercè Ibarz, que en 1993 irrumpía en el panorama literario con una prosa que amalgamaba géneros y estilos con solidez y exactitud. Una voz que es, a su vez, suma de voces y que refleja el alma “de una persona que escribe poniéndose diferentes sombreros: el de periodista, el de narradora, el de investigadora, el de profesora, el de experta en arte y el de crítica cultural”.La parroquiana sorbe un trago de vermú, antes de matizar: “y esto último entendido no como alguien que ejerce una crítica sobre productos culturales, como puedan ser libros o exposiciones, sino como una forma de mirar e interpretar el mundo desde una óptica cultural”. Un espíritu casi antropológico envuelto en un estilo híbrido que aúna la crónica sentimental, la periodística, la prosa poética y la narración novelística con gratos guiños a la poesía visual, tan comprensible en una devota del cine y la fotografía como ella, que ha curado y participado en el desarrollo de diversas exposiciones.
A La terra retirada siguió, dos años después, La palmera de blat. A partir de ahí, transcurrió un cuarto de siglo en el que se sucedieron obras literarias como Contes urbans o Vine com estàs; libros de ensayo como Un experiment seriós; Gent, terra, paraules o Rodoreda, exili i desig. Hasta que, en 2020, se impuso la necesidad de completar sus dos primeras obras literarias para convertirlas en una trilogía. “Así nació el Tríptic de la terra, que suma, a La terra retirada y La palmera de blat, un tercer libro, llamado Labor inacabada”. Los tres juntos (que también han sido traducidos al castellano) componen un volumen que ejerce de corazón del corpus literario de quien se define como “pagesa de las letras”: propietaria de un terreno intelectual y emocional en el que cultiva, crecen y florecen diversas voces. Cada siembra, con su correspondiente sombrero.
Fuerza motriz
“Mi relación con Barcelona es la de un amor a primera vista que empezó cuando llegué aquí, que sigue vivo y que durará toda mi vida”. La escritora ha vivido en muchos barrios y de cada uno de ellos retiene elementos que suman a su cartografía emocional de la ciudad. No cuesta imaginar que esta volverá a aparecer, como algo más que un escenario, en la novela que está preparando, “estilísticamente híbrida, por supuesto, y basada en dos mujeres a las que conocí”, anuncia.El amor es más fuerte y se impone a la adversidad de las circunstancias. “A pesar de la pobreza cada vez más generalizada, a pesar de que parece que se esté olvidando de su propia historia, de las migraciones y tejidos vecinales que la construyeron, y a pesar, también, de que parece que ha dejado de creer en el futuro, para mí Barcelona sigue siendo una fuerza motriz que acaba definiendo la manera con la que miro al mundo”, determina, dando cuenta del último trago de su vermú.
– Lo que cambiará tu forma de paladear el mundo es la oferta gastronómica de nuestro Bar. Se acerca la hora de comer y quizás te podamos tentar con un plato, menú o ración…
Mercè Ibarz no titubea. “A estas alturas, ya no tengo estómago para un menú entero, pero sí para un par de raciones, así que te tomo la palabra”. Y vuelve a sonreír, arropada por los sonidos, aromas y vibraciones de un bar de la Barcelona amada, vivida y escrita.
