“La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente.” Esta frase de Albert Camus resume el espíritu que debería guiar a cualquier empresa comprometida con la sociedad: entender que el mecenazgo no es solo un gesto altruista, sino una manera de construir futuro.
Algunos todavía lo ven como una actividad complementaria, pero yo estoy convencido de que es un deber ilusionante. Puede sonar a tópico, lo sé, pero lo creo firmemente: las empresas, pequeñas y grandes, tenemos la responsabilidad de devolver a la sociedad parte de lo que ella nos da. Y hoy contamos, además, con una herramienta que nos lo pone más fácil que nunca: una Ley de Mecenazgo que, después de muchos años de reivindicación, finalmente ofrece un marco positivo y estimulante para las empresas que deciden implicarse.
En Damm hace tiempo que distinguimos claramente entre lo que son colaboraciones con una contrapartida evidente —que situamos bajo el paraguas del Departamento de Patrocinios— y aquellas acciones que no buscan retorno comercial, sino que simplemente nos hacen ilusión y responden a nuestra vocación de compromiso. Estas últimas las impulsamos a través de la Fundación Damm, que es hoy nuestro principal motor a la hora de vehicular iniciativas para contribuir a la construcción de una sociedad mejor.
El mecenazgo puede ser compartido —como ocurre en el Gran Teatre del Liceu, donde coincidimos con otras grandes empresas—, pero también debe ser un proyecto propio. En nuestro caso, nos enorgullecen especialmente dos iniciativas: el Club de Fútbol Damm, una entidad de alta competición con más de siete décadas formando a chicos y chicas en valores a través del deporte, y el Archivo Histórico de Damm, que preserva y difunde la memoria de nuestros casi 150 años de historia. Estas iniciativas no son solo patrimonio de la empresa: son patrimonio de la ciudad.
Barcelona tiene una tradición de asociacionismo y de mecenazgo que la hacen única. El Centre Excursionista, que el año que viene celebrará 150 años; la Sagrada Familia, levantada gracias a la contribución constante de la sociedad civil; o la Fundación Joan Miró, nacida de la generosidad de un artista y de una ciudad que siempre ha sabido amar la cultura —el propio Miró decía que “el arte necesita el apoyo de todos para ser libre y para crecer.” Somos herederos y herederas de esta tradición y tenemos la obligación de mantenerla viva.
Pero para que eso sea posible, es necesaria una condición esencial: que el mecenazgo ilusione a quien lo practica. Un amante de la pintura que ha reunido una colección debería poder compartirla, o colaborar en la creación de espacios donde otros puedan aprender y disfrutarla; quien ama la música puede apoyar un festival o un centro donde se forme el talento joven. El mecenazgo nace de la pasión y, si no es auténtico, difícilmente echará raíces.
También es fundamental la alianza con el tercer sector. En la Fundación Damm colaboramos con entidades como el Casal dels Infants del Raval. Pero más allá de la contribución económica, buscamos el impacto real en la vida de los chicos y chicas. Por eso, cada semana invitamos a un grupo de jóvenes a entrenar en nuestra Ciudad Deportiva, les facilitamos el material, el uniforme deportivo, unas botas que ya son suyas y la posibilidad de ducharse en espacios limpios y acogedores. Estas experiencias, aparentemente sencillas, pueden marcar una diferencia enorme en su vida cotidiana.
"Es un acto de generosidad, pero también de responsabilidad colectiva"
Es cierto que las grandes empresas a menudo tenemos la capacidad de impulsar grandes proyectos: hospitales, exposiciones o equipamientos culturales. Pero no olvidemos que el mecenazgo no es patrimonio exclusivo de los grandes. El carnicero que coloca un anuncio en el programa del teatro de su pueblo también hace mecenazgo. Las pequeñas aportaciones, las iniciativas de barrio, el apoyo al club deportivo, a la entidad vecinal o al casal cultural son igualmente imprescindibles para mantener viva esta red.
El mecenazgo, en definitiva, es un compromiso compartido. Es un acto de generosidad, pero también de responsabilidad colectiva: entendemos que la sociedad solo prospera si todos contribuimos. En Barcelona tenemos la suerte de contar con una tradición que nos inspira, con instituciones que nos lo recuerdan y con una ley que nos lo facilita.
Ahora nos toca a nosotros, empresas y ciudadanos, continuar este camino. Porque el mecenazgo no es solo un gesto altruista: es la manera más efectiva que tenemos de construir, juntos, una ciudad y un país más justos, más ricos y más solidarios.
