Con un bote lleno de piedras que ella misma había cogido en los bordes del río Noguera Pallaresa a su paso por Sort, María Poch llegó una mañana a una empresa dedicada a la moda de baño, dispuesta a impartir su primera clase magistral sobre el color. Era viernes. Y, en una gran mesa frente a una quincena de diseñadores y responsables de marketing y ventas, esparció todas las piedras. Y les dijo: “Os traigo estas piedras porque el color es esto. Si sois capaces de hacer una colección de bañadores a partir de estas piedras, yo salgo por la misma puerta por la que he entrado”.
Junto a aquel río en medio de montañas pirenaicas, María, con raíces familiares en el Pallars, había recibido una gran inspiración: “Todos somos naturaleza, somos color y somos pigmentos. Los mismos que lleva el cuerpo los lleva la tierra, la naturaleza que, para mí, tiene la fuerza vital”.
Cómo vive cada individuo el color, cuál es el efecto de cada color en las personas, qué pronuncia de nosotros un color determinado... María se propuso responder a todas estas cuestiones. Y, a hacerlo, y a transmitir todo su aprendizaje sobre ello, ha dedicado cuarenta años de su vida. “Mi fuerte es hacer ver toda la vida interior del color, acercarlo a la persona, emocionar con el color. Y dar recursos, estrategias sólidas, a corto y a largo plazo, para que el color se manifieste en su máximo esplendor. Me apasiona ayudar a mis alumnos a redescubrir el color de verdad y que puedan utilizarlo como medio bello en sí mismo”.
Con estas palabras, María Poch nos sitúa en su mundo, que es el mundo del color. “Toda la vida he querido saber qué dice el color”. Elegí los estudios de Bellas Artes porque me encantaba pintar, pero enseguida me di cuenta de que con el color yo era muy exigente”, mientras a su alrededor apenas se prestaba atención a ese elemento que ella consideraba tan valioso.
El punto de partida
Cuando María tenía dieciséis años, viajó hasta Cantabria para visitar las cuevas prehistóricas de Altamira. Aquella experiencia marcó un antes y un después en su concepción del color. No podía haber nada más revolucionario para ella que el descubrimiento de aquel origen, un punto crucial en ese camino hacia la verdad sobre el color que iba buscando. Su reflexión fue: “Si el hombre es capaz de pintar sobre la roca, con rojo de sangre, el carbón negro, la calcita, que es un material blanco que encontramos en todas partes, como el blanco del yeso, y el ocre, que es un óxido de hierro que domina en toda la geología de la tierra, porque es materia quemada, yo tampoco necesito más que estos cuatro pigmentos para componer mi paleta de color. Me pareció una maravilla”, expresa.Y hasta hoy, esos colores obtenidos de manera natural han sido la base del trabajo diario de María. “A partir de pigmentos que mezclo con aglutinantes y que pinto a mano, puedo explicar de qué está compuesto cada tono, en qué se diferencia un matiz de tono de otro matiz, y en qué se asemejan”. Echando un vistazo a esta manera de trabajar, dirías que las probabilidades de matices son infinitas. La maestría del color que con tanta perseverancia y curiosidad María ha ido consolidando hace que, en sus paseos por la montaña, cualquier color le explique una historia; cada tono respira una vida. Por eso, “a partir de materias y materiales múltiples, puedo aproximar el color mediante las texturas y el tacto, la luz y las sombras. Y todo lo encontramos en la naturaleza; solo hay que abrir los ojos, observar y descubrir cómo interactúan los colores, y sentir que todo está a nuestro alcance. Solo hay que saber mirar”.
Así fue cómo María creó un método propio para enseñar el color. “Una pintura, una obra de arte, es una puesta en escena, una orquestación de color, y yo a mis alumnos les explico cómo ellos dirigirán esa orquesta”. Con sus clases magistrales, fruto de muchísima investigación personal, María se ha convertido en una especie de altavoz del color, lo hace hablar y enseña a escucharlo con atención, para que el color mismo se transforme en maestro de emociones y sensaciones, que aflore toda su verdad, como herramienta de belleza para cualquier persona. En este sentido, Bauhaus, la escuela de artesanía, artes, diseño y arquitectura alemana, ha sido para ella un buen referente, como ejemplo de escuela que invitaba a pintores a dar clases de color. Con Bauhaus se dio cuenta de que todo lo que ella pudiera enseñar sobre el color tenía que ser eminentemente práctico.
Confluencia de disciplinas
Sentía muchas ansias de profundizar en el color, entrar y contextualizarlo. E intuía que, para hacerlo, con la historia del arte no tenía suficiente. El sentimiento, la sabiduría, el movimiento, las necesidades vitales en cada momento de la vida marcan en el momento de elegir un color que ponemos en contacto con nuestra piel o que situamos en nuestro entorno más próximo. Pensó qué materias académicas, como la simbología, la filosofía o la sociología, le darían buenas pistas para su investigación y, sobre todo, para saber argumentar aquello que su sensibilidad ha dirigido en todo momento, este diálogo íntimo y universal con la paleta de colores.Para hacerse con algo de aprendizaje e inspiración de todas aquellas disciplinas nuevas para ella, pero prometedoras de contenido que le sería útil, María asistía cada curso como oyente de algunas asignaturas en la universidad. Quizás sin ser demasiado consciente, estaba haciendo aquello que su padre había hecho siempre: enriquecer cada cosa que hacía, cada misión que se proponía, con estímulos, información, conocimientos y relaciones con mundos diversos al suyo.
María es hija de Joan Poch, un creador y empresario de Igualada, con una mente brillante, que demostró la capacidad de innovar con ideas avanzadas a su tiempo. Joan Poch escribió un pedazo de historia de la moda. Creó la piel estampada. Era un ante extremadamente refinado. “Para hacerlo, se había inspirado en los grabados del Renacimiento”, explica María. Su padre también sorprendió al mundo de la moda internacional creando jerséis hechos de una malla gigante, tricotados con unas grandes agujas que supo adaptar a una máquina en su fábrica. Y supo juntar la napa, una piel finísima, con ese punto. Combinaba el cuerpo de ante y las mangas de lana mohair y al revés. Jugaba con el color y con la materia, y diseñó piezas reversibles. “Era un enamorado de la materia y aquello que quería hacer lo podía hacer en Nueva York y en París porque en esas capitales internacionales de la moda entonces sabían leer su innovación”, comenta.
La historia de la indumentaria, a él, también se le quedaba corta; tenía que entrar en diálogo con disciplinas que le permitían ir más allá, trascender lo visible y lo invisible, poder tocar la esencia del ser humano. Le inspiraban lecturas de Isaac Asimov y los inspiradores mundos y vidas extraplanetarios. “Siempre fue muy fiel a su sensibilidad. Era un hombre muy espiritual. Murió con cincuenta y ocho años”.
En las manos de la María, los libros de René Girard y de Johann Wolfgang von Goethe han enriquecido su universo de estudio sobre el color. De Girard, concretamente, le inspiró mucho la teoría del deseo mimético, según la cual todos nuestros deseos provienen de otras personas. Y este mimetismo le fascina, especialmente, ver cómo los animales utilizan el color para camuflarse, para sobrevivir. La armonía, la compensación, el contraste, los equilibrios que nos hacen decir que todo en la naturaleza es perfecto es lo que refuerza la credibilidad de la sensibilidad de María hacia el color. La naturaleza en estado puro hace su teoría creíble.
La gramática del color
“La apariencia del color es efímera”, dice la maestra de color. “Puede ser aquello y todo lo contrario. Varía. Pero, ¿qué es lo único estable que no le puede sacar nadie al color? Su belleza. El color es bello en sí mismo; no lo podemos hacer menos bonito. Para hacerlo tal como es él, para darle su valor intrínseco, tenemos que aprender su gramática, su música, cómo combinan entre ellos y dialogan, también con el mundo que les rodea. En función de muchos elementos, un color hablará o callará. Hay que ponerle el entorno preciso para que se exprese”. Que un color transmita frescura, vigor o calidez “dependerá de su ubicación, de lo que tenga al lado”, comenta.Y el color predilecto, ¿cómo nos consigue conquistar? La experta responde: “El color predilecto es un color natural en ti. Tú tienes una piel y deduces con qué colores haces mejor cara. Te familiarizas con ciertos colores ---y esto viene con nosotros---, con aquello que te enseñaron de pequeña y todo lo que aprendiste por las vivencias que formaban parte de tu historia. Cambias a medida que vas conociendo más cosas. Cuantas más cosas ves, más colores descubres y más colores amas”. Difícil, pues, con todo el amor que María ha puesto en el mundo del color, elegir uno. Escoge dos: blanco y rojo. “El blanco, como color silencioso que se hace ver y es luz, y yo tengo la piel oscura, de un ocre verdoso; por lo tanto, el blanco me hace resaltar el color de la piel. El blanco, toda la vida me ha gustado. Es estridente, pero no vestimos con él porque se ensucia y se tiene que lavar más”, explica. “El rojo me arropa, cualquier rojo ocre me da fuerza para salir al exterior”, dice.
