Joan Llovet es el hombre con quien la firma Godiva de chocolate conquistó Barcelona. El año en que se celebraron los Juegos Olímpicos en esta ciudad, él abrió la tienda de la selecta factoría de bombones, originariamente belga, que hasta hace tres años ejerció de ‘joyería de dulces preciosos’ en la calle Balmes. Con la jubilación de Llovet, la ciudad perdió un punto de venta a pie de calle de exquisitas creaciones de cacao, en manos de este maestro chocolatero, un personaje hecho a sí mismo a copia de trabajar siguiendo su intuición y curiosidad.
Cuando pensaba en Barcelona, desde su pueblo, Bellmunt d'Urgell, imaginaba que con tanta gente que hay en esta ciudad, encontraría a alguien para hacer cosas. Y cuando tenía veinte años vino a averiguarlo. Un domingo, paseando por el mercado de libros de segunda mano del mercado de Sant Antoni, se detuvo frente a uno que se titulaba Los cuernos del Tibidabo y las catacumbas de Barcelona. Pero fue el nombre del autor, Domènec de Bellmunt, lo que le hizo detenerse. Bellmunt era el nombre de su pueblo. A partir de entonces, seguir la pista de aquel escritor lo llevaría hasta Toulouse. “Primero pregunté a gente del pueblo de Bellmunt si alguien conocía al escritor. Pero nosotros somos de la generación del silencio. Nadie me dijo nada”, recuerda.
Aun así, su perseverancia preguntando y buscando, lo llevó hasta el domicilio de una hermana del tal Domènec, y a través de ella lo localizó. Acompañado de su hermano Ventura, un buen día subieron a su SEAT 124 “con dos cajones de manzanas de nuestro pueblo”, rumbo a Tolosa. La visita de aquellos hermanos emocionó a Domènec Pallerola i Munné, el escritor represaliado durante la dictadura de Primo de Rivera. Había nacido en Bellmunt d'Urgell y fue el fundador de la revista Foc Nou desde su exilio a Tolosa, después de la Guerra Civil. “Aquel hombre se había marchado del pueblo cuando tenía nueve años, pero sabía más cosas de Bellmunt que yo mismo. Cuando añoras una cosa, la recuerdas mucho más”, expresa Llovet.
En Tolosa, “como en la película Casablanca, había empezado una gran historia de amistad”, rememora Llovet que, a raíz de aquel encuentro, acabó siendo el ayudante de Pallerola para todas las tareas de edición, contactos, presentaciones y difusión de sus libros. En aquel tiempo, un señor, también de Bellmunt, le preguntó si le gustaría llevar un hostal en Caldetes, y le presentó al amo, un señor de las Garrigues. “Acepté el trato. Me dijo: iremos a ganancias y pérdidas. Si ganamos dinero, setenta serán para mí y treinta para ti. Si perdemos, yo tendré que pagar setenta y tú, treinta”. Y aceptó. Era el hostal La Fragata, con capacidad para unas setenta personas, y restaurante. Con un apretón de manos cerraron el trato que duraría una docena de años. “Aquel primer verano, del 1 de junio hasta el 1 de septiembre, ganamos un millón de pesetas. Y el año siguiente, le propuse alquilarle el hotel y hacerme cargo yo”, explica.
A partir de aquel verano, cada año hacía la temporada en el hotel, y el resto del año editaba libros y ayudaba con los permisos, el ISBN, y la difusión de las obras de Domènec de Bellmunt. “Hacía como las hormigas que en verano acaparan provisiones de comida para tener en invierno”. Y un año por Navidad decidió emprender un viaje a India. “Sin apenas dinero, y solo, porque sentía que, si realmente quería experimentar otro país, con otra cultura y otras costumbres, tenía que ir yo solo”, dice.
De Bombay, la ciudad donde aterrizó, viajó a Goa, porque vio que allí había playa y, “como sabía que Goa había sido colonia portuguesa, pensé que me podría entender un poco con alguien, porque mi inglés era muy pobre”. Joan se alojó en una casa particular donde alquilaban habitaciones y la confianza con la propietaria de la casa hizo que esta le pidiera, aprovechando que él dijo que quería llegar hasta Madrás, que le llevara dos botes de pimientos con vinagre a su nieta. Madrás está en la otra punta del país. Él viajaba con un petate con sus cosas, entre las que guardó los dos botes de pimientos en conserva.
Fueron treinta y seis horas de tren y, al llegar, conversaciones prácticamente con signos. “Recuerdo que fuimos a tomar algo con la nieta de aquella señora de Goa y una amiga de esta que explicó que se tenía que casar pronto con un chico al que no conocía. Aquello yo no lo entendía, pero lo comprendía. Al fin y al cabo, yo sabía que, el año 45, a mi padre, alguien de su pueblo, Verdú, le dijo que en el pueblo de Bellmunt había una mujer casadera que había quedado huérfana de padre, y mi padre cogió la bicicleta y se fue a conocer a Rosario. Y tengo que decir que mis padres fueron muy felices sin haber hecho nunca el noviazgo. En casa de mi madre necesitaban unas manos jóvenes para trabajar. Hablamos, claro está, del año 45, cuando mi padre ya había hecho tres años de mili y tres años de guerra. Era un ángel caído del cielo”.
Al volver a Barcelona, Joan continuó alternando veranos en el hostal La Fragata de Caldetes con los inviernos cargados de misiones laborales. El trabajo nunca le ha impresionado a este hombre. “Mi madre me inculcó mucho el espíritu de lucha”, dice. Pero cuando la iba a visitar a Bellmunt y le explicaba que instalaba polibanes ---una bañera con funciones de bidé--- y ella me preguntaba, pero tú, ¿dónde has aprendido a hacer todo eso?” Para Joan, todo era ponerle ganas. “Si lo haces con ilusión, lo disfrutas. Sea lo que sea”, piensa.
Cinco caracoles olímpicos
En un momento dado, se le ocurrió montar una granja de caracoles. Veía que empezaba a haber afición por este manjar y quería criarlos en una casita donde vivía en el barrio de Horta. Estuvo ingeniando cómo prepararla. Incluso fue a explicarlo al departamento de Agricultura, donde no lo creyeron. Pero él se había fijado en el éxito que tenía el caviar de caracol en Francia y él también lo quería probar. “Lo que más me costó fue encontrar la mejor solución como abrevadero para los caracoles”, recuerda. De verlos por el campo e irlos a coger, a criarlos, había un universo de aprendizaje.Tanto llegó a conocer a estos animales, que acabó entrenando a unos cuántos de ellos para competir. Sí, caracoles haciendo carreras de atletismo. Tal cual. Joan era el coach de los caracoles, los cuidaba cómo si fueran atletas profesionales. “Tenía cinco y los entrenaba cada día”. ¿Cómo? “Con pasión y paciencia. Recolocándolos cada vez que se salían del camino fijado, y haciéndoles sentir el contacto sobre mi mano, para coger confianza”.
Una noche, un bote de la cocina cayó sobre el dormitorio de los caracoles, un espacio a la cocina donde les hacía pasar la noche. Y un golpe de bote agrietó el caparazón de uno de los caracoles. Sin dudarlo demasiado, Joan se fue al hospital Clínic que tenía muy cerca de casa, y a un médico joven que lo atendió a urgencias le preguntó si le podría dar un poco de yeso de la escayola que usaban para inmovilizar extremidades. “Empecé diciéndole que no me había vuelto loco, que tenía un equipo de caracoles de carreras y que el caparazón de uno de ellos se había roto y lo quería reparar”. Hubo suerte y con un poco de yeso, tal como él había pensado, el caparazón se recompuso.
También acostumbró a los caracoles a recibir un poco de polvo de aspirina con el dedo como premio después de los entrenamientos. Suena a ficción, a argumento de película de dibujos animados, pero la cuestión es que en casa Joan conserva el trofeo que prueba su destreza como entrenador de caracoles. Sus cinco caracoles olímpicos ganaron carreras. Eso sí, la granja de caracoles de cría no dio las ganancias esperadas y el proyecto no tuvo continuidad. “De caviar, solo conseguí hacer un potito de cien gramos que, ya en aquel momento, tenía un precio de tres mil pesetas”, explica el artífice de esta aventura que nunca le importa volver a contar y que siempre, seguro, despierta sorpresa.
Una petita joya llamada Dame Blanche
La conversación pasa por tantas anécdotas, que da la sensación de estar escuchando la vida de muchas personas, y solo es una, muy cargada de pasión por todo el que ha hecho. Le gusta explicar que “cuando tenía que seleccionar personal, no miraba demasiado los currículums, porque yo creo más en las actitudes que en las aptitudes y acostumbraba a preguntar a mis entrevistados: usted ¿cómo va de pasión? Me refería a las ganas que ponían en todo aquello que hacían o en aquello que querían hacer, porque para mí eso es clave”.Viajando por el mundo, de aeropuerto en aeropuerto, Joan siempre sentía ganas de hacerse con alguna cajita de bombones. Disfrutaba mirando aquellas tentaciones. Le cogió gusto especialmente al bombón bautizado como la Dame Blanche que Godiva fabricaba. Tanto le gustaba, que se imaginó abriendo una tienda Godiva en Barcelona. Y eso hizo. Viajó a Bélgica para hablar con los responsables de las franquicias de esta reputada firma, entonces belga, en manos de los hermanos Traps, hoy propiedad de una empresa de Turquía, e hicieron uno de sus tratos. Un apretón de manos cerró el acuerdo de regalar a la capital catalana una tienda de bombones y chocolate Godiva. Era el año 1992. Empezaba allí un largo recorrido de Joan junto al chocolate, aquel producto que de pequeño había disfrutado tanto en Bellmunt, cada domingo, antes de ir misa, cuando para almorzar comían pan tostado y chocolate a la taza, hecho con agua.
¡Cuánta felicidad en una taza!, y cuánta felicidad en cada bombón. La Dame Blanche había entrado en su vida para quedarse un buen tiempo. Haber sido parte y engranaje de tantos momentos de satisfacción en celebraciones, de disfrute individual y colectivo durante tanto tiempo lo hace sentir muy feliz. Y todo es gracias a la teobromina, una sustancia alcaloide que se encuentra en el árbol del cacao ---también en otras plantas--- que actúa como estimulante del sistema nervioso central. Como la cafeína en el café, en el cacao y el chocolate, la teobromina energiza y estimula, pero sin alterar tanto como lo puede llegar a hacer la cafeína.
Aparte de las cinco o seis colecciones que cada año Godiva sacaba inspiradas en los cuatro elementos, otra gran innovación de la firma fue la creación del Dipping Experience Godiva. Sencillamente, bañar fruta, normalmente fresas o gajos de mandarina, en chocolate. La clave, pero, es la temperatura del chocolate que el maestro chocolatero consigue hacer pasar por la curva de los 45 a los 29 grados y, cuando está a 33 grados, se trabaja. “Si no haces esto, el chocolate nunca solidifica”. Con esta performance de fruta y chocolate caliente, Joan ha recorrido salas, hoteles, terrazas, jardines y festivales como el de los jardines de Pedralbes, donde, en una zona VIP, desplegaba sus artilugios para fundir el delicado chocolate y hundir en él la fruta.
Y ¿ahora qué? ¿A qué dedica las horas este intrépido emprendedor? Pues, además de tener más tiempo para dedicar a su familia, cada jueves se encuentra con una docena de amigos, también jubilados, para disfrutar de un buen esmorzar de forquilla en el bar Joan del mercado del Poblenou. Y no solo eso, ha animado a estos amigos a acompañarlo a trabajar su huerto en Bellmunt. "Ahora esperamos la luna llena para sembrar las patatas. Y cuando vamos, ¡lo pasamos de bien!".
Ahora los viajes de Joan ya no son tan lejos. Y muchos de los viajes que hace son viajes interiores, a base de recuerdos de tantas vivencias que lo han llevado a conocer a muchísima gente y también a conocerse mucho mejor él mismo. Disfruta tanto cuando está en el huerto trabajando, como paseando por la escuela industrial, cerca de su casa, o por el paseo de Gràcia, en esta ciudad que considera una de las más maravillosas de Europa. Recordando su niñez, cuando con dos carretes de hilo de su madre se hacía un tractor para jugar, dice muy convencido de sus palabras: “la riqueza más grande es ser feliz con lo que se tiene, y no con lo que se desea”.
