La madre de l’Eixample y su hija quinqui

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20 de octubre de 2025 a las 16:08h

Ahora que vivo en Ciutat Vella rambleo muy poco, y por “ramblear” no me refiero al acto de patear por las antiguas rieras de Barcelona ni, desgraciadamente, a deambular por nuestra Rambla decana, de Canaletes a Santa Mònica (lo cual se ha convertido en una experiencia tortuosa de eslalon entre guiris & glovos); pienso más bien en errar por la Rambla de Catalunya, mi calle de toda la vida y la máquina productora de las ideas con las que me acerco al mundo. El otro día rambleaba justo antes de desayunar con una señora en Can Mauri, establecimiento ancestral de mi barrio que sigue haciendo gala de uno de los servicios más espantosos del mundo (¿tengo cara de ser alguien a quien debas dirigirte en español?), compensado eso sí por sus deliciosos bocadillos de pollo y lechuga, núcleo existencial de la sociovergencia, urdidos con ese pan de molde que provoca el dialecto papissot tan típico del Eixample.

Toda esta mandanga viene a cuento para decir que rambleaba y ---además de los habituales banqueros retirados paseando a su mascota, ataviados con cutrísimos pantalones de color rojo, o los contables que caminan dando saltitos impostando cara de ajetreados en dirección a sus espantosas oficinas de la Gran Vía--- pude comprobar de primera mano como las madres del Eixample, a quien tantas justas alabanzas he dedicado, todavía mantienen la dignidad estética del barrio. Escribo este artículo refiriéndome a la mañana del pasado miércoles; gracias a la huelga de nuestros profesores (que tienen esa cosa tan propalestina de aprovechar cualquier causa justa para no currar y fingir que se manifiestan justo cuando no caen bombas), la Rambla estaba rebosante de madres e hijas que aprovechaban la negligencia educativa para hacer compras. No hablo de un caso aislado, sino de una auténtica multitud de progenitoras y adolescentes sedientas de consumo.

Pues bien, cualquier mirada clara pone de manifiesto que las teens del barrio, hijas privilegiadas de lo que antes llamábamos “clase media”, realizan grandes esfuerzos para vestirse como auténticas quinquis. Que nadie se turbe; todos hemos sido jóvenes y hemos creído que ir de tirado por la vida nos hacía más guais, enrollados... o como pollas se diga ahora. ¡Tolerancia máxima, sólo faltaría! Pero un quinqui es un quinqui, señora mía, y uno no puede dejar de turbarse contemplando a tantas mozas ataviadas como peluqueras intensas, que contrastan con el noucentisme de las fachadas de la calle de Provença. Ésta es la primera impresión del tema que, como siempre, resulta del todo errónea; porque sí, las niñas visten de semi-corista de un cantante puertorriqueño (mallas de un marrón espantoso, pendientes rojizos de otros continentes y zapatillas alzadas), pero aquí lo importante es comprobar la salvífica intervención de sus madres, Dios las salve.

Porque las madres del Eixample son bien conscientes de la profunda desviación estética de su descendencia y saben a ciencia cierta que tanta dejadez estética colauista propia del arte povera será algo transitorio de lo que se reirán dentro de muchos años cuando, por otra parte, vistan nauseabundos conjuntitos pseudo-jóvenes de eseOese. Todo esto, insisto hasta la náusea, es algo que las sapientísimas y bellas madres del Eixample saben a ciencia cierta. Con lo cual, lejos de escarnecer a sus hijas como hacen siempre sus padres, ellas asisten e incluso alientan la transformación de sus niñas en copias baratas de la Bad Gyal. Pero es igualmente cierto que, entre todos los despropósitos, aprovechan su influencia para introducir alguna gabardina que matice el embutimiento o un simple cárdigan negro, aunque sea de can Boss, para disimular tanta pechuga descompensada y recuperar así el espíritu grecorromano de sus hijas.

Bienaventuradas seáis, madres del Eixample, vosotras que prestáis un servicio que yo y sólo yo puedo adivinar. Querida Maria Lluïsa, carísima Meritxell, os puedo jurar que tenéis el cielo más que ganado, porque sólo el altísimo sabe cómo vuestras concesiones a la fealdad son el preludio de un cambio de visión de la vida. Porque, en efecto, todo esto durará muy poco y en breve las niñas enviarán a Aitana a la papelera de la historia y todo volverá a la normalidad estética de la Cuadrícula. En otras épocas más felices de mi vida os entregaría mi cuerpo (y parte de mis tres ideas) sin ningún tipo de reserva. Hoy os escribo esta Punyalada para que sepáis que, mientras Manel y Josep Maria os escarnecen o incluso se dedican a despreciaros por cómo vestís a la sección familiar femenina, yo y sólo yo soy consciente del esfuerzo con el que nos salváis la belleza del futuro, que es la pervivencia de la patria.

Y todo esto es parte de todo lo que veo mientras rambleo por mi calle. Tengo que volver aquí más a menudo, aunque en mis pastelerías de siempre me interpelen con un “Buenos días, ¿qué va a tomar el señor?”, panda de asesinos.

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