Macarrones

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21 de marzo de 2026 a las 00:40h

En épocas de desorientación política y moral, la parroquia catalana busca recovecos de anclaje en la taula parada. Ello ocurre todavía más en el seno del espíritu barcelonés porque, si uno vive en el ecosistema de payés, los momentos históricos de incertidumbre suelen pasar como una fina brisa de levante; es en las ciudades, en definitiva, donde acabamos digiriendo las convulsiones del mundo. Cuando todo se acerca al caos, resulta normal que la gente de Barcelona quiera abrazar el recuerdo de su abuela y conmemorar así la única relación humana que imita la dependencia emocional entre padres e hijos, pero sin su frenesí espantosa de sermones y traumas. Este amor sin condiciones se encarna en un plato estrella que, aparte de ser metáfora de alegría, posee la espantosa virtud de llenarte el estómago y convertirlo en una futura máquina de ventosidades; hablo, of course, de los macarrones, la teca que las últimas elecciones del Barça ha vuelto a poner en solfa. 

Mi querido presidente Laporta conoce a la perfección el alma enfermizamente nostálgica de la tribu barcelonista y es por ello que se fotografió removiendo una olla de macarrones en el Bar Bocata (un lugar funesto al que en breve dedicaremos un artículo específico). Jan sabe que, al fin y al cabo, cuando quieres excitar a los culés con un proyecto ganador ---más ambicioso aún si pensamos en el derrotismo ancestral que castra nuestra tierra--- debes matizarlo con un poco de embutimiento y melancolía. Nuestro líder nacional ha tenido buen ojo puesto que, desde hace cierto tiempo, el vecindario barcelonés rehúye las esferificaciones y demás pollas en vinagre de la contemporaneidad culinaria para abrazar la nostalgia del fato casero. Es así como los gastrobares más pretendidamente cool de la ciudad son una versión tuneada de las vetustas fondas de comida, a las que uno suma una pizca de estética moderniqui-ancestral-julianacanetesca de impostado glamour.

Esta nostalgia de la cocina de la abuela también explica el revival de la manduca de raíz tradicional en Barcelona; en casa somos de Estevet, del restaurante La Havana, de Cal Robert, del Santornemi, del Ponsa y de la fonda Gelida, donde servidor hala cada viernes tras escribir esta vuestra Punyalada. Todos estos lugares tienen su respectivo plato de macarrones ---el mejor, sin duda, se come en el establecimiento de Pepe Cabot---, un dish que es más satisfactorio cuando su urdidura está pensada con mayor sencillez. Los locales de cocina local y disfraz moderno, con su espantoso esnobismo y sus ganas de ser retratados en el Instagram de Andreu Juanola, guisan dicho plato con foie, sobrasada, trufa y un gratinado de parmesano que suele tener la pretensión artística de las corridas coloristas de Pollock. Todo esto me resulta insufrible, porque la dignidad de la abuela consisten en acicalarse sólo los domingos.

Nosotros anhelamos unos macarrones atávicos, porque en este plato (como en toda nuestra cocina paupérrima) sólo manda el sofrito. Jubany ---el único auténtico heredero espiritual de maestro Gaig, a mi inmodesto entender--- los trama con cebolla de Figueres, zanahoria, una hoja de laurel, unos cuantos ajos, tomate a raudales, fot-li carne y una copa de vino rancio, huevos batidos y sal-azúcar para matizar. Dicho esto, todo aquel que quiera algo más elaborado y con dosis más altas de civilización, que haga el puto favor de pirarse a Italia, busque a los mejores Rigatoni ai carciofi que pueda… y tal dia farà un any. Pero lo de nuestros macarrones debe ser un plato de hartazgo, en cierto modo bárbaro y unilateral como un referéndum. Ahora que experimentarán un cierto revival, con toda mandanga de invenciones posibles, se impone la necesidad de salvar a los macarrones de toda metamorfosis chabacana. No es cuestión de ser conservador, es una muestra de patriotismo.

En cualquiera de los casos, este regreso al macarronismo implica un viaje a las esencias del país y un recuerdo por la devoción de nuestros abuelos. En el caso de Barcelona, el cambio ​​sólo puede regalarnos noticias positivas, porque cuando miramos atrás -y nos ponemos en el centro de nuestra propia historia- siempre nos acaban viniendo a la testa las mejores ideas, aunque ocurra por inercia. Bienvenidos sean, pues, los macarrones, a pesar de sus corruptores estéticos y del gran contenido de futuro esnobismo al que deberemos confrontar radicalmente, como si nos fuera la vida en ello. Porque nosotros siempre discutimos las cosas que parecen superfluas, pero que, ara que els ametllers estan batuts, sabemos que son las más fundamentales de todas. 

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