El booktrailer protagonizado por Alberto San Juan, proyectado al inicio de la entrevista, visibiliza una posible adaptación audiovisualPues, como recuerda el autor en una de sus primeras intervenciones ---como para quitar dramatismo a su libro, en que realmente no abunda ese tono... “En el fondo no lo tiene claro, se da el plazo de un año para acometer el plan”. Es un profesor de filosofía ---“no muy motivado, pero necesita el sueldo”--- que descubrirá a partir de la fijación de esa fecha, precisamente, una serie de motivos nuevos o actividades que le hacen sentir vivo, tal como atestiguan las notas que redacta sin aplicarse demasiado filtro, en la línea del stream of consciousness.“Yo no diría que es un diario, pero sí un ejercicio de escritura personal, una confesión que nadie va a leer. Él vierte allí su intimidad, se despacha a gusto, no pone freno a su sinceridad”. Con esas notas Aramburu despliega ante los ojos del lector un cosmos ocasionalmente naíf, aunque rico en matices; acredita la decadencia de la vida de Toni, teñida por el descreimiento y la frustración, y también la brizna de esperanza que la desesperanza aún deja entrever. El personaje que recrea Aramburu, y con el que dice compartir sólo un 6%, es un hombre que ha callado demasiado, víctima de la inacción ---parálisis por análisis, dicen los anglosajones---, alguien que ha practicado en exceso el disimulo y “todo ello le ha creado una gran insatisfacción”.En este sentido, manifiesta Aramburu que sólo tiene en común con su antihéroe el gusto por los libros y la educación recibida en el siglo pasado, en que la mal llamada “bofetada pedagógica” no solo estaba a la orden del día, sino que “no era considerada como violencia”. La practicaban indiferentemente padres y madres y, de no hacerlo activamente ---como en el caso de la suya--- conminaban a los profesores, con el pretexto de que su hijo era “mu’ malo”. La risa de los asistentes le llevó a recordar una anécdota de alto peso simbólico, posiblemente fundacional, y con un pie en la metaficción. El caso es que el primer libro que hubo de leer Aramburu le costó una bofetada ---pues dijo haberlo leído, y no era cierto---. Se trataba del Lazarillo de Tormes, y cuál fue su sorpresa al comprobar ---una vez sí lo leyó--- que su protagonista sufría también maltrato físico, y no solo eso, sino que convertía sus desventuras en un relato verosímil, y para muchos lectores graciosísimo.
“Nosotros somos una especie que paulatinamente se va alejando del simio original, no queremos vivir con las leyes de la selva” (F. Aramburu)Sin apenas amigos, divorciado, el personaje de Aramburu se permite proferir verdades a medias con tono lapidario, lo cual revela el calado ontológico de esa decepción, añadiéndose a la lista de hombres del subsuelo. Quizá el cinismo que rezuma en muchos momentos su discurso resulte incómodo, por participar de eso que Sloterdijk definió como “falsa conciencia ilustrada” y que otorga una sensación de superioridad a quien lo profesa, al tiempo que lo ubica en la aparente tesitura de no poder/querer/atreverse a hacer nada para cambiar las cosas. Con todo, pequeños cambios sí se podrán descubrir en la novela a través de este peculiar Bildungsroman; el periplo inversamente formacional que parece conducir a ese hombre sin atributos castizo al final de toda realidad, articulándose sus avatares vitales en torno a la decisión de abandonar el mundo. Un mundo que transita con una extraña y en cierto modo adictiva mezcla de lucidez e infantilismo. Frente a esa visión granítica, uno de los elementos más interesantes de la novela es la presencia intrusiva de “notas anónimas, muy críticas” ---recuerda Aramburu--- que recibe el protagonista y despiertan su perplejidad. Con un regusto barroco, de efecto teatral ex machina, surgen desde fuera de su cosmos, implementando una voz de la conciencia que sugiere en el lector que aquel “podría no estar diciendo la verdad”, en la medida que “desmienten algunas afirmaciones que él hace”. El falso desnudamiento de sus observaciones psicológicas ---inherente a toda Confesión, como destacó Paul de Mann a propósito de las de Jean-Jacques Rousseau, especialmente tendenciosas--- y la posibilidad, por tanto, de que todo sea un poco distinto, alcanza de pleno al lector. Es parte del embrujo literario que oficia Aramburu en esa novela agridulce ---divertida, pero un punto desasosegadora--- el lograr que ese último giro al sol en la vida del protagonista parezca haber acontecido también en nuestras vidas.
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“La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada” (Macbeth, Acto V, Escena V)“A mí me gustaría que Dios existiera para pedirle cuentas. Para decirle a la cara lo que es: un chapucero. Dios debe ser un viejo verde que se dedica desde las alturas cósmicas a contemplar cómo las especies se aparean y rivalizan y se devoran las unas a las otras” (Los vencejos, Nota #1)