En el imaginario colectivo de la ciudad, el Aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat es sinónimo de modernidad y un puente hacia el mundo. Sin embargo, sus raíces se remontan atrás. Mucho más atrás incluso que los diferentes campos de vuelo de los que hemos hablado en los cinco episodios sobre historias de la historia del aeropuerto.
En el último capítulo de esta serie, el sueño del vuelo nos lleva hasta los días en que la ciudad miraba al cielo con asombro, cuando los globos aerostáticos y los primeros aeroplanos desafiaban la gravedad en eventos que encendían la pasión por todo lo que volaba. Desde las ascensiones en la plaza de toros El Torín hasta la Exposición Universal de 1888 o la histórica Semana de la Aviación de 1910, Barcelona fue escenario de un sueño que, paso a paso, nos llevó hasta los aviones que hoy surcan los cielos y llegan o salen de El Prat.
El Torín: Donde los globos conquistaron a los barceloneses
Las corridas de toros desaparecieron de Catalunya en 2012 para la satisfacción de muchos y el disgusto de otros: los aficionados taurinos. Estos últimos, tiraron siempre de la nostalgia y, cuando las corridas estaban a punto de desaparecer del día a día de Barcelona, argumentaban con razón que Barcelona había llegado a tener más plazas que otras poblaciones con mucha más tradición taurina. Al margen de Las Arenas o La Monumental, siempre se solía hablar de El Torín en sus reivindicaciones.
El Torín existió, efectivamente, como plaza de toros en la zona de la Barceloneta. El coso estaba situado en lo que hoy es la Torre Marenostrum y junto al actual campo de fútbol del CF Barceloneta. Allí se toreaba, aunque también era un gran centro de actividades en la Barcelona de hace casi doscientos años y, aunque en 1802 un aeronauta italiano llamado Vincenzo Lunardi fue el primero que despegó en globo en la ciudad para contentar y dejar boquiabiertos a los miembros de corte de Carlos IV, el primer espectáculo público de aerostación barcelonés se celebró en El Torín, y lo protagonizó el que entonces estaba considerado como el mejor en su especialidad: Monsieur Arban, que despegó desde la plaza de La Barceloneta.
El aeronauta francés era toda una celebridad de la época y tenía prevenidos a varios barcos para que siguieran su trayectoria si el globo acababa en el mar. La recompensa por rescatarlo era todo un incentivo, aunque los vientos cambiantes de Barcelona hicieron que su primer vuelo acabase cayendo en un campo cerca de la desembocadura del Besós. Quienes fueron a rescatarlo también creyeron que la recompensa por la ayuda estaría bien pagada, aunque quien fue recompensado por su acción de ayuda al piloto fue Eudald Munné, quien además de ayudarle, habló con Arban en francés.
Munné no quiso ninguna remuneración por la ayuda, sino un paseo en globo. Se estrecharon la mano y el pacto se cumplió. Al cabo de unos días se programó una nueva ascensión, y Munné subió con Arban a la barquilla. Cuando el globo se elevó, era una nueva aventura para el aeronauta, aunque al mismo tiempo ese día de 1847 se convirtió en el primero en el que un barcelonés voló y pudo ver la ciudad como los pájaros.
Hay pilotos, pioneros y pioneras… aunque el mérito de ser el primer ciudadano de Barcelona en sobrevolarla lo tiene un nombre que a pocos les suena, aunque forma parte de la historia de la ciudad: Eudald Munné, copropietario de un negocio de alquiler de carros.
La Exposición Universal
Entre aquellos vuelos del francés y la primera exposición que puso a Barcelona en el mapa del mundo, hubo algunas exhibiciones de aerostación más desde la plaza de toros de La Barceloneta, aunque el globo que tuvo un éxito absoluto fue el de la Exposición Universal de 1888, celebrada en el parque de la Ciutadella. Además de las muchas novedades llegadas de todo el mundo a la capital de Catalunya y que se pudieron visitar durante meses, una de las atracciones más exitosas del evento fue el globo cautivo que despegaba desde el propio parque.
Cautivo implicaba que estaba atado por una soga a tierra, por lo que, si bien despegaba, podía bajar al mismo lugar para recoger a un nuevo grupo de pasajeros aéreos. El globo alcanzaba los 200 metros de altura y se convirtió en la atalaya favorita de barceloneses y visitantes, que no podían creer ver la ciudad y alrededores prácticamente desde el mar, hasta donde alcanzase la vista. El éxito fue enorme y se contaron por miles las personas que vieron por primera vez la ciudad desde un punto de vista inédito: volando.
De los globos a los aeroplanos: nuevos tiempos
A finales del XIX y durante la primera década del XX, volar estaba asociado exclusivamente a los globos. Eso sucedió hasta el 12 de febrero de 1910, fecha en la que el de nuevo francés Julien Mamet realizó el primer vuelo en avión en Barcelona y también en España. Como ya contamos en capítulos anteriores, el hipódromo de la ciudad, que estaba en la actual Zona Franca y se llamaba Casa Antúnez, hizo las veces de primer campo de aviación de Barcelona.
El interés por la aviación fue toda una fiebre, hasta el punto de que pocos meses después del vuelo pionero, el Ayuntamiento de Barcelona se lanzó al novedoso mundo de la aviación y organizó la primera semana aeronáutica de la ciudad, con exhibiciones en vuelo de lo más avanzado del momento. Aunque el Ayuntamiento fue el principal impulsor del evento, técnicamente tuvo el apoyo del Aero Club de Barcelona, nacido unos meses antes por el impulso de los entusiastas del sector.
El evento se celebró en una semana de primavera en la que la meteorología no fue benévola, según cuentan las crónicas del momento. Pese al mal tiempo, supuso un hito en la historia aeronáutica española, reunió a pilotos internacionales que demostraron las capacidades de los frágiles aeroplanos de la época. Los barceloneses, ansiosos por presenciar el futuro, abarrotaron el hipódromo. Incluso tres vapores zarpaban diariamente a mar abierto, navegando hasta la altura del faro del Llobregat para ofrecer a los espectadores una vista única de los vuelos desde el Mediterráneo, según recuerdan los anuncios que se pueden consultar en la hemeroteca de La Vanguardia de esos días.
La Semana de la Aviación no solo mostró el potencial de los aeroplanos, sino que consolidó la pasión de Barcelona por el vuelo. Los pilotos, como auténticos héroes, desafiaban el viento y la precariedad técnica, mientras el público soñaba con un mundo donde volar sería cotidiano. Globos y aeroplanos convivieron brevemente en este evento, como un puente entre dos eras.
El legado de aquellos globos
Desde las ascensiones desde El Torín hasta los vuelos y exhibiciones en Casa Antúnez, los tatarabuelos del aeropuerto de El Prat sentaron las bases de la aviación catalana. Cada globo que se alzó y cada aeroplano que despegó, fue un paso hacia la modernidad que hoy disfrutamos en aeronaves bien distintas como los Airbus, Boeing o Gulfstream que van y vienen a casi cualquier lugar del mundo desde la T1, T2 o la Terminal Corporativa del aeropuerto.
Fueron los pioneros que despegaban del suelo con ingenios de lona, madera e hidrógeno los que hicieron que hoy podamos trasladarnos desde El Prat a otros países a 900 kilómetros por hora.
