La inexorable condición viral

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25 de julio de 2025 a las 23:25h

Cuando el abrazo adúltero entre el CEO de Astronomer Andy Byron y su jefa de recursos humanos Kristin Cabot se hizo planetariamente viral, la mayoría de habitantes de Occidente pensamos que la pareja merecía totalmente el escarnio, debido a la temeridad de exponer su affaire en un concierto multitudinario de Coldplay. Ejercer como amantes, pensó cualquier persona del común, es algo que se practica en hoteles, reservados de restaurantes y lugares poco concurridos que exciten el morbo de restregarse los pezones. Dicha reacción denota que la mayoría de nosotros ya ha aceptado la condición panóptica de los teléfonos móviles, a través de los cuales cualquier persona puede cazar nuestra intimidad al azar y compartirla con todo quisque; de hecho, si alguien osara cargar contra la intromisión de las kiss cam o del jumbotron, sería desterrado en tanto que ingenuo, o peor todavía, como tecnófobo alejado del mundo real. 

De venderse como una herramienta para mejorar nuestra capacidad comunicativa, las redes sociales se han convertido en un campo de minas esculpidas para realzar la mancha biográfica ajena más delatora. En este sentido, de la imagen por todos conocida, aquello que resulta más notorio es cómo el hombre se escapa de la pantalla con tal de esconderse y la señora se tapa los ojos muerta de vergüenza, ambos intentos adorablemente entrañables (y boomers) de huir de una instantánea que ya había decidido el futuro de su existencia reputacional. Como decía el admirado Kyle Chakya en una pieza de un New Yorker reciente en referencia al Coldplaygate, la existencia viral de los humanos "ha pasado de ser algo aspiracional a convertirse en una forma de castigo". Hasta hace poco, las dilapidaciones públicas en Twitter duraban horas y el afectado en cuestión sólo tenía que hibernar algunos días en casa; ahora la penitencia debe hacerse real. 

Que se lo digan a los desdichados protagonistas del asunto quienes, aparte de tener que aguantar el normalísimo enfado de la mujer vejada, han visto cómo su compañía les ha obligado a pirarse del trabajo (a los pobres Andy y Kristin ahora sólo les falta sufrir la desgracia de tener que pasar de amantes a pareja, un downgrading espantoso en términos de libertad individual y diversión sexual). Con tal de acabar con la vida de una persona, antes uno debía zambullirse en numerosos archivos para saber si alguien había formado parte de las SS o meter la nariz en su colección fotográfica para averiguar si ahí descansaba escondida alguna imagen con una púber inocente. Ahora la muerte civil es mucho más rápida; basta con buscar un tuit donde alguien especuló sobre la tendencia a robar de los inmigrantes más pobres o una foto de Instagram donde el protagonista del futuro escarnio tuvo la mala suerte de coincidir con un narcotraficante para joderle la vida al prójimo. Actualmente, toda imagen resulta una sospecha. 

Contrariamente al tópico que asocia a la juventud internauta con la sobreexposición, esta condición de sospecha perpetua de la visualidad está provocando que muchos zentennials empiecen a ejercitarse en una dieta furibunda en lo que toca a compartir imágenes de su vida cotidiana. Si aparecer abrazado a una compañera de trabajo en un concierto te puede desbancar de la élite social, en otro orden de cosas, la fotografía de unos Eggs Benedict o cualquier autorretrato en una cala mallorquina, lejos de una oportunidad para expresar la alegría de vivir, puede convertirse rápidamente en la puerta de entrada a una multitud de usuarios que tienen muchas ganas de acusarte de ser un gentrificador compulsivo y un depredador de la naturaleza favorable al turismo de masas. La inexorable condición viral es la normalización de la presunción de culpabilidad, la extrema radicalización catequista que equipara placer a pecado.

Durante unos días, el Coldplaygate ha derivado en un juego curioso de las parejas que se enfrentan a la kiss cam; ahora ya no se besan, sino que emulan a los protagonistas del asunto imitando su inútil y desastrosa fuga. Pero el asunto también ha provocado que los amantes se alejen de los conciertos como forma de asueto. Siempre les quedarán los palcos de los teatros de ópera, donde uno todavía puede catar muslo discretamente o volver a la paz burguesa del hostal, donde seguramente pronto se publicitará el aliciente comercial de comunicar la ausencia absoluta de cualquier cámara, aunque sea de seguridad. Más vale correr el peligro de morir a causa de un incendio o de un robo que ser víctima de una lapidación a nivel planetario, faltaría más.

Pareja de amantes captados por la kiss cam del concierto de Coldplay.
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