“Somos más parientes de las orquídeas que de los simios" (P. Sloterdijk)
Además de por sus formas y colores, algunas flores son apreciadas sobre todo por su fragancia. A las mencionadas fresias, y a algunas especies de orquídeas, cabe añadir aquellas plantas que, principalmente en verano, imprimen a las noches un recuerdo difícil de borrar. Los jazmines son, en este sentido, de mención obligada. El grado de dulzor y acidez varía según la especie, desde el embriagador y un punto invasivo Trachelospermum jasminoides, cuya helicoidal flor blanquea casi por completo el tapiz verde durante el mes de junio, a la que acaso sea la versión más clásica y longeva de jazmín, con una floración -la del Jasminum grandiflorum- que dura hasta mediados de septiembre y octubre. El final sutilmente acre de su característica fragancia, tan empleada en jabones y tés, evita que resulte demasiado empalagoso, al tiempo que lo fija en algún recóndito lugar del cerebro. Hablando de flores dulzonas, que impregnan las brisas del verano y se confunden con las emociones que suscitan, desde el pasado o en presente, hemos de recordar una planta como el Galán de noche (Cestrum nocturnum), incluso si su nombre compite en low glamour con la forma de sus flores. En multitud, alargadas y apenas abiertas, forman un batallón que instala en el aire un aroma a miel del que difícilmente puede librarse uno. Se despiertan reminiscencias nostálgicas, recuerdos de una vida no vivida… pero en cualquier caso ya pasada. Cuesta, en ocasiones, determinar ese click olfativo, si es que no hay recuerdos fijados a un olor (al estilo de la degustación de la magdalena proustiana). Por supuesto, a azuzar la memoria pueden ayudar algunas de las muchas canciones que versan sobre flores, vinculadas a la experiencia pasajera o pregnante del amor. La siguiente de las fragrantes que recordaremos viene en pareja, se ha celebrado en un conocido tema, y “sirve para decir te quiero, te adoro, mi vida…”: quizá sea el perfume de la Gardenia jasminoides uno de los más perfectos, por penetrante y complejo sin caer en el exceso ni perder su estructura, comparable sólo al de la de la flor de azahar. Se le añade la hermosura de la flor en sí, de un blanco carnoso que lamentablemente se amarillea y marchita en pocos días, adoptando tonos menos halagüeños en su decaer.