LA SEMANA DE LA LITERATURA

Jordi Amat: "El malestar con Barcelona debe ser expiado para que vuelva a ser nuestra"

Jordi Amat amb el llibre Les batalles de Barcelona © Àngel Bravo
Jordi Amat amb el llibre Les batalles de Barcelona © Àngel Bravo

01 de diciembre de 2025 a las 12:04h

En la manzana de la discordia, hace un siglo tres casas modernistas —la Casa Batlló, la Casa Amatller y la Casa Lleó i Morera— se disputaban el protagonismo y el gusto de la burguesía de la época. Hoy, sigue siendo un espacio de debate y tensiones, pero por motivos muy diferentes: colas interminables de visitantes como resultado de un turismo masivo que ahoga a la ciudad, vecinos y familias que deben abandonar el barrio, expulsados por la subida de los precios del alquiler, y el inglés imponiéndose en cada esquina y en cada interacción diaria, en una ciudad en la que el catalán está perdiendo presencia.

Con esta imagen de fondo, conversamos con el filólogo y escritor Jordi Amat (Barcelona, 1978), que acaba de publicar Les batalles de Barcelona: Imaginaris culturals d’una ciutat en disputa (1975-2025), un ensayo que repasa los imaginarios que han definido la ciudad en estos últimos 50 años. Porque Barcelona no es solo un espacio físico, sino un cúmulo de relatos que la definen y de los productos culturales que la proyectan al mundo.

Y, actualmente, en la ciudad se está construyendo un relato de malestar. “Vivo en Barcelona, la quiero y la sufro, como supongo que muchos de vosotros”, decía Victoria Szpunberg en un coloquio posterior a una representación de L’imperatiu categòric. Un sentimiento y un malestar compartidos por muchos vecinos que, para Amat, necesita ser expiado para construir un nuevo relato de una ciudad realmente democrática, donde los vecinos que han nacido o trabajan aquí puedan seguir viviendo.

— ¿Por qué hemos quedado aquí, en la isla de la Discordia?

— Hace cincuenta años, en 1975, que es el punto de inicio del libro, no habríamos quedado en el Eixample; seguramente lo habríamos hecho en la Rambla, que era el nervio cívico de la ciudad. Pero con la Transición y, especialmente después de los Juegos del 92, el imaginario de la Barcelona democrática se fue construyendo sobre el Eixample: era la viva imagen de la burguesía, pero también del modernismo y de la modernidad. Así lo refleja la exposición El Quadrat d’Or, exposición que se organiza en el marco de la Olimpiada, que ponía en valor ese modernismo burgués.

“La Rambla se ha convertido en un no-lugar, en un decorado de esta Barcelona-Disney que se quiere vender al mundo”

— El Eixample es también desde donde escribes el libro. Así lo haces saber en las primeras páginas, cuando pones las cartas sobre la mesa y dejas claro que la visión que se refleja en el libro es la de un pequeño burgués.

— Me parecía imprescindible decirlo. Porque hablo desde el privilegio. Desde el centro, en términos geográficos, culturales y socioeconómicos. Y soy consciente de ello. Y hablar desde el privilegio determina la manera en la que vemos y analizamos los hechos. Damos por hecho que la cultura elabora discursos críticos, y esta crítica se construye habitualmente desde la periferia. Pienso, por ejemplo, en los textos de Pérez Andújar, pero también en producciones cinematográficas como El 47 o Petit Indi.

— Además de escribir desde el centro, también reconoces otro punto de vista: te presentas como hijo de Pasqual Maragall. ¿Lo eres en el sentido metafórico o ideológico?

— Claramente, no en el sentido biológico [ríe]. Soy hijo del pujolismo por tradición familiar, pero me siento cómodo reivindicando la herencia maragallista: modernizar la ciudad y hacerla más democrática, pero sin perder su identidad.

— Volvamos a Barcelona: hoy hemos quedado en el Eixample como símbolo de este imaginario de ciudad moderna y burguesa. Pero hace 50 años habríamos quedado en la Rambla. ¿Cómo ha cambiado la imagen de este paseo?

— La imagen actual de la Rambla es que ya no es nuestra. Además de unas obras que parecen endémicas y que hacen incómodo pasear por allí, la Boquería es el elemento donde más se refleja: un mercado pensado para alimentar a los barceloneses se ha convertido en un lugar de piña cortada para turistas.

— La Rambla es, de hecho, protagonista de la primera imagen de portada del libro. Una fotografía de Pilar Aymerich de una manifestación obrera en la Rambla a finales de los setenta.

— Y esta imagen refleja el cambio que ha sufrido la Rambla en nuestro imaginario en los últimos años: de ser el espacio central de la ciudad incluso para las manifestaciones, a una calle desértica durante la pandemia, cuando descubrimos que allí no vive nadie. La Rambla se ha convertido en un no-lugar, en un decorado de esta Barcelona-Disney que se quiere vender al mundo. Y esta es una de las grandes batallas del libro: ¿cómo recuperamos la Rambla como espacio de los ciudadanos? Porque si no recuperamos la Rambla, Barcelona pierde identidad.

— Y la segunda imagen, en cambio, es en el Eixample: en un episodio concreto de la historia reciente: Casa Orsola. ¿Por qué esta imagen?

— Casa Orsola es un episodio que resume el momento actual, y también tengo una relación personal con este. Durante años pasaba por delante del edificio casi a diario: para comprar los periódicos o incluso las monas para mis ahijados. Hasta que un día salta la noticia de que los inquilinos de toda la vida tienen que marcharse porque el fondo inversor propietario ha decidido convertir los pisos en alquileres de temporada.

Pero lo más significativo de Casa Orsola es que alguien como yo, un pequeño burgués, y sus vecinos sintiésemos de repente que este problema podía afectarnos directamente. Durante la manifestación nos hicimos nuestras consignas como “el miedo al burofax”, aun sabiendo que, en mi caso, probablemente nunca recibiré uno. Cuando la clase media se convierte en la perjudicada de un modelo Barcelona orientado a hacer del ciudadano modélico una élite liberal y cosmopolita, significa que la ciudad tiene un problema.

“No repensar bien el modelo de ciudad hacia el que se quería avanzar ha provocado que el turismo y el neoliberalismo se aprovechasen de la ciudad para convertirla en un producto a comercializar”

— Este cambio de modelo lo describes en el libro a partir de una Barcelona que ha dejado de ser productiva en el sentido económico y se ha convertido, ella misma, en el producto.

— Desde mediados del siglo XIX, Barcelona era el eje de una región industrializada. Pero a partir de la última década de los 90 se convierte en una ciudad de servicios y, en definitiva, en un producto y una mercancía orientada al turismo. Y este cambio se produce a raíz de los Juegos del 92 y la gran transformación urbanística de la ciudad. Porque si gestionar las derrotas es una mierda, gestionar los éxitos puede ser aún más complicado. Y la gestión del éxito del 92 ha provocado una resaca larguísima.

¿En qué sentido?

— El éxito del 92 fue inmenso, pero ha estado mal gestionado. No repensar bien el modelo de ciudad hacia el que se quería avanzar ha hecho que el turismo y el neoliberalismo se aprovechasen de la ciudad para convertirla en un producto a comercializar. Todo ello ha contribuido a que hoy muchos barceloneses sientan su ciudad como hostil.

Y, por este motivo, te atreves a afirmar que el mito que creó y sostuvo a Barcelona después de los Juegos del 92 hace tiempo que ha dejado de funcionar y de interpelarnos.

— En el libro analizo el texto de El vol de la fletxa del filósofo Josep Subirós, que relata cómo la imagen estéticamente bella e icónica del vuelo de la flecha sirvió para construir este mito de éxito del 92, que prometía una ciudad más nueva y moderna, pero que convirtió Barcelona en una mercancía pensada para el turista y la élite. El problema de los mitos es precisamente este: cuando dejan de funcionar.

El Procés no pensó Barcelona, y este hecho explica parte de su colapso”

— Y después del mito del 92, hablas aún de otra mitología: la del Procés. En este caso, sin embargo, afirmas que se trata de un mito que no tiene capital ni metrópolis y que, por tanto, no piensa sobre Barcelona.

El Procés generó una reflexión hasta cierto punto obsesiva sobre el modelo de país, pero tenía un punto ciego: no pensaba en Barcelona. No llegó a pensar en el papel de una hipotética capital del Estado catalán. Y ese fue un error profundo, un error que, en cierta manera, explica su posterior colapso. Porque, del mismo modo que Barcelona ha necesitado a Catalunya en la historia moderna, Catalunya no se puede explicar sin hacer referencia a Barcelona.

— ¿Y por qué parece olvidarse de la ciudad?

— Barcelona es una ciudad indiscutiblemente global, que quiere erigirse como un icono del progreso y la modernidad, que exporta conocimiento y capta talento. Y si quiere alzarse como ciudad global, es difícil que, al mismo tiempo, se convierta en capital regional. Y esta tensión está presente hasta el día de hoy: somos conscientes de la pérdida de catalanidad de la ciudad, cuando, por ejemplo, uno pasea por la calle y difícilmente oye hablar en catalán.

— Afirmas, además, que no solo es un mito sin capital, sino también sin literatura sobre Barcelona.

El Procés, un momento de fervor político muy potente, raramente tuvo una traslación literaria. Es curioso porque tenemos un corpus potentísimo de narrativa sobre Barcelona del último siglo, pero en el momento del Procés no apareció una literatura que repensara la ciudad. En cambio, sí aparecen grandes éxitos catalanes pero pensados desde fuera de la ciudad: desde Alcarràs hasta Canto jo i la muntanya balla de Irene Solà.

— ¿Y actualmente? ¿Tampoco tenemos buena literatura sobre Barcelona?

— De hecho, diría que esta Barcelona que los ciudadanos vivimos con hostilidad ha tenido una traslación literaria potentísima: libros en los que se reflexiona sobre la precariedad, sobre cómo el malestar y nuestra relación con la ciudad penetran en nuestra experiencia cotidiana. Y esta literatura de la precariedad se ha escrito desde una mirada eminentemente femenina.

“El desasosiego contemporáneo que se vive en ciudades como Barcelona se ha escrito desde un punto de vista eminentemente femenino”

— ¿Femenina?

— Cuando pensamos en novelas sobre Barcelona, seguramente pensamos en obras como La verdad sobre el caso Savolta (Eduardo Mendoza) o Vida privada (Josep Maria de Sagarra). Pero hay toda otra línea femenina, que va desde Mercè Rodoreda, Víctor Català o Carmen Laforet y que llega hasta nuestros días con voces como Llucia Ramis y su Coses que et passen a Barcelona quan tens 30 anys, o Consum preferent de Andrea Genovart, que son igual de valiosas. Y este desasosiego contemporáneo que se vive en ciudades como Barcelona se ha escrito desde un punto de vista eminentemente femenino.

— Después de los mitos del 92 y del Procés, ¿qué mito o imaginario dirías que se está construyendo ahora alrededor de la ciudad? ¿Qué imaginario?

— Ahora estamos destruyendo el mito de la ciudad global. Mito que tiene al turista y al expat como iconos y como chivos expiatorios de nuestros males, sobre los que proyectamos nuestras neuras sobre la ciudad y a partir de los que construimos la crítica hacia ella.

— ¿Y después de destruirlo? ¿Crearemos otro?

— Sí. Necesitaremos construir un mito nuevo: un mito en el que los ciudadanos podamos seguir viviendo aquí. Porque ahora mismo eso es, literalmente, una fantasía, una proyección mítica. Pero cada vez más actores políticos y económicos entienden que no podemos seguir así, porque entonces aparecen los populismos que no gustan nada a ciudades democráticas como Barcelona.

— En el libro, de hecho, planteas esta incómoda pregunta: ¿es democrática una ciudad donde no pueden vivir quienes han nacido allí?

— Siguiendo los valores ilustrados de libertad, fraternidad e igualdad; no puede haber libertad sin cohesión social. Y si no existe la paz social —porque aunque los conflictos en una ciudad sean necesarios, no son buenos—, entonces tampoco existe la igualdad ni la libertad. Y esto debemos decirlo, incluso yo: un pequeño burgués que habla desde el privilegio.

“El profesor de Casa Orsola debe poder vivir en Barcelona, porque él es el icono de quiénes somos los barceloneses”

— Decías que la Rambla y Barcelona debían volver a ser “nuestras”. ¿De quién? ¿A qué te refieres con ese “nosotros”?

— Barcelona debe ser de la gente que vive y trabaja en ella. El problema surge, pues, cuando la gente que vive y trabaja aquí no puede vivir aquí. Si un profesor que imparte clases en la ciudad no puede pagarse una vivienda con su sueldo, tenemos un problema democrático de primera magnitud. El profesor de Casa Orsola debe poder vivir en Barcelona, porque él es el icono de quiénes somos los barceloneses.

— Pero en la ciudad también viven y trabajan, por ejemplo, expats, que decías antes que eran el icono de nuestro malestar.

— Las ciudades, tradicionalmente, son espacios de intercambio e interrelación, de mezcla. Pero no puede ser que el precio a pagar sea la pérdida de identidad y de las raíces hasta el punto de que vivir en Barcelona o en Frankfurt sea lo mismo. Eso es un fracaso.

— Imaginemos el futuro. Si dentro de unos años un escritor tuviera que escribir un libro sobre Les batalles de Barcelona desde 2025 hasta 2075, ¿qué imagen o símbolo elegiría como punto de partida del texto?

— La Sagrada Família terminada. No lo pensábamos, pero la veremos acabada, y los barceloneses aún no tenemos resuelta nuestra relación con este templo que, no lo olvidemos, es expiatorio. Llevamos un cuarto de siglo de malestar creciente con la ciudad. Y este malestar necesita ser expiado para que Barcelona vuelva a ser nuestra.

Por lo tanto, una imagen que puede ser representativa de este nuevo mito que debe construirse en torno a la ciudad puede ser la de una Sagrada Família a la que los barceloneses acuden y la hacen suya. Solo así podremos expiar el malestar con la ciudad y dejar de sentir que vivimos en Barcelona, la queremos y la sufrimos, como dijo Victoria Szpunberg. Solo así empezaremos a construir un nuevo sentimiento de ciudad.

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