Cuando Joan Miró aterriza en Estados Unidos, despegado del aeropuerto de El Prat (que hoy debería llevar su nombre), en el fondo hacía ya años que había aterrizado allí: su reputación estaba más que acreditada entre artistas y galeristas, y ya en 1941 había tenido una retrospectiva en el MoMA. De hecho, la primera sala de la exposición permite observar de forma conjunta las dos primeras obras de Miró que se vieron en Estados Unidos ya durante los años veinte: Le renversement y Pintura, que se exhibieron en el Brooklyn Museum. En la misma sala se percibe, además, la influencia que las Constel·lacions mironianas causaron en otros artistas.
Cabe decir que entonces Estados Unidos era un país próspero, lleno de oportunidades, recién salido de una guerra de la que había resultado victorioso: quizá por eso, tanto Miró como Dalí empezaron a girar la mirada desde París, que tanta fama les había aportado, hacia América. La exposición vigente en la Fundació Miró hasta el 22 de febrero muestra los intercambios producidos entre Miró y todos aquellos artistas que desde Norteamérica lo observaban de cerca: Louise Bourgeois, Helen Frankenthaler, Lee Krasner, Arshile Gorky, Alice Trumbull Mason, Jackson Pollock o Mark Rothko (más de 130 obras expuestas, de 49 artistas, procedentes de colecciones americanas y europeas, y también del propio fondo de la fundación). Jackson Pollock ya situó a Miró a la altura de Picasso, “los dos artistas que más admiro”, y Miró llegó a afirmar que “realmente fue la pintura norteamericana la que me inspiró”.
Como decíamos, el paradigma ya no es París, sino Nueva York u otras ciudades como Cincinnati, Houston, Chicago o Washington D. C. De la misma manera, casi mimética, en que Miró conoció a Louise Bourgeois en París en 1937 pero colaboró con ella más estrechamente diez años después, cuando se reencontraron en lo que Trump llama “el hemisferio occidental” (los tótems o Personajes de Bourgeois de aquella época son, de hecho, algunas de las piezas más destacadas de la exposición, sobre todo por su diálogo casi gemelo con Les tres majestats de Miró, también presentes).
El recorrido despliega un relato rico, complejo y emocionante sobre cómo Joan Miró encontró en Estados Unidos no solo admiración, sino un impulso creativo que transformó su lugar dentro del arte del siglo XX. Ya en las primeras pantallas y proyecciones de vídeo se nos explica cómo estos intercambios creativos no eran unidireccionales, sino que se alimentaban mutuamente. Pero es al entrar en las salas cuando se pone de relieve el contraste entre la Europa de posguerra (todavía marcada por la violencia y las grietas políticas) y lo que Estados Unidos representaban para Miró: un espacio de libertad, nuevas posibilidades y experimentación. Desde grandes formatos gestuales o escultóricos hasta pequeñas piezas íntimas, el orden de las obras refleja esa tensión entre raíz mediterránea y expansión americana, entre la introspección traumática y la expresión triunfal, desinhibida.
Hasta ver esta exposición, para mí la relación de Miró con Estados Unidos quedaba ya suficientemente explicada con el Blues for Joan Miró de Duke Ellington o con el famoso cuadro La Masia, que actualmente se encuentra en la National Gallery of Art de Washington y que llegó a Estados Unidos de la mano de su comprador en París, Ernest Hemingway. Pero es ahora cuando, aprendiendo del vecindario de Miró con Alice Trumbull Mason mientras realizaba un descomunal mural para la ciudad de Cincinnati, o viendo cómo el surrealista Peter Miller (o lo que es lo mismo, Henrietta Myers) tuvo en su colección de arte la psicodélica y mironiana Natura morta del sabatot, también expuesta (y, según el artista, “una pieza capital de mi obra”). O los conjuntos escultóricos de la sala 12, de la artista Jeanne Reynal (profundamente mediterráneos, coloridos, mironianos y casi gaudinianos) o de John Chamberlain (chapa automovilística transformada en arte). Pero también la relación con el arquitecto Sert, a su vez vinculado con el artista Alexander Calder (gran escultura suya también expuesta), y que como decano de Arquitectura en la Universidad de Harvard fue un contacto vital para Miró en Estados Unidos. Las obras de la exposición reflejan estas amistades, que culminaron con la realización por parte de Sert del propio edificio de la Fundació.
De manera inédita veremos también la pintura mural (en forma de colorida constelación rectangular) que Miró realizó en agradecimiento a Sert por el taller que le construyó en Palma (procedente de los museos de Harvard), o The Seasons de Lee Krasner, expresiva, jeroglífica y al mismo tiempo de una naturalidad extrema. O Number 14, una obra de Pollock en blanco y negro que impresionó a Miró en una exposición en París en 1952, así como una obra de Baziotes, Night Mirror, uno de los artistas del expresionismo abstracto norteamericano que más sorprendió a Joan Miró. La sensación es la de recorrer, más que una muestra de arte, una aventura humana rica en amistades y en íntimas admiraciones mutuas.
El sueño americano de Miró no es naïf, sino un compromiso radical con la libertad. Por eso merece un nombre de aeropuerto, y por eso parece ser Miró quien entonces enseña a los americanos a ser libres, y no al revés. Miró es el sueño americano, el sueño catalán, el sueño europeo. Solo que transformado en realidades tangibles, mediterráneas y, sobre todo, eternas. No se la pierdan.
