¿Hay que ir siempre a clase?

*Lorem ipsum dolor sit amet consectetur adipisicing elit.

09 de mayo de 2026 a las 08:56h

La comunidad universitaria del país, y más concretamente la barcelonesa, ha abandonado por unas horas su enajenación militante de la vida activa y del mundo de la actualidad en general, a raíz de un correo electrónico que el decano de Ciencias Políticas y Sociales de la Universitat Pompeu Fabra ha enviado a sus alumnos, denunciando un absentismo preocupante en las aulas. “Observamos niveles bajos de asistencia en las clases, así como una implicación deficiente en el seguimiento de las asignaturas, con tareas muchas veces hechas con poco rigor y una actitud poco comprometida con el proceso de aprendizaje”, escribe el profesor (la prensa no cita la autoría de la carta pero, si la página web de la Pompeufarra no me engaña, se trataría del doctor Abel Escribà), con el calorcito típico de la frase apocalíptica y un cierto tono de nostalgia de un pasado mejor. 

Para todo el mundo que tenga cierto contacto con la tribu universitaria, este tipo de estribillo no es nuevo. Cuando servidor estudiaba, ya existían muchos académicos ilustres que añoraban un tiempo (¡inexistente!) donde la mayoría de estudiantes leían Heidegger en alemán incluso durante las horas de recreo y donde la autoridad de los maestros era más sacrosanta que el Evangelio. Pero ni la nostalgia ya es lo que era... y antes de disparar contra lo que los cursis llaman "el alumnado", deberíamos pensar si el vacío en las aulas es sólo imputable a los alumnos o si también podría tener relación con aquel tipo de profesor ---quizás minoritario, pero con un gran don de longevidad--- que regurgita siempre los mismos apuntes amarillentos de polvo desde hace seis lustros y tiene la indecencia de aprobar por sistema todos sus estudiantes o de repetir las mismas preguntas cada año en los exámenes, generando así un sentido de la ambición más bien escaso. 

El autor de esta Punyalada, educado en escuelas de capellans y repelente por naturaleza, siempre asistía a clase en la facultad. Lo hacía, en primer término, porque mis dos pasiones -el pensamiento y el mundo de los sonidos- siempre se han tramado mejor en común y bajo la mirada del otro, por mucho que se les asocie al solipsismo existencial. Yo acudía siempre al aula porque, en un porcentaje más que aceptable, durante mis años en la Universidad de Barcelona tuve grandes profesores que me regalaron una educación bastante cercana a la primera división mundial. También los había de correctos, justets, y un número suficientemente importante de impresentables; pero yo me lo tragaba todo, pues tenía la conciencia del privilegio de ocupar un espacio público sufragado por todos los ciudadanos y también la responsabilidad de hacerlo bien, porque, a diferencia de muchos compañeros, podía dedicar todo mi tiempo a leer los diálogos Platón y a aprenderme las óperas de Wolfie Mozart. 

¿Hay que ir siempre a clase? Mi respuesta es que sí y recontrasí. Pero también entiendo que, al menos en lo que toca a la secta de lo humanístico, hay profesores que les ponen las cosas muy difíciles a sus alumnos. También añadiría que subsisten gestores de lo público que tampoco ofrecen muchos incentivos para llenar las facultades, favoreciendo (por lo menos, insisto, en las carreras “de letras”) asignaturas que cada vez tienen una bibliografía más raquítica y temáticas delirantes que incluso enrojecerían los apologetas de la cosa woke. Tampoco ayuda mucho un sistema educativo que embute a nuestros jóvenes en la universidad por sistema ---independientemente de que no hayan podido elegir su primera vocación o que quizá encontrarían más sentido existencial en otros tipos de estudios más focalizados en oficios concretos--- sólo por mantenerlos cuatro años alejados del paro. Una clase es uno de los lugares más bellos del universo; pero si no se hacen bien las cosas también puede devenir infernal… 

Entiendo la desesperación de este decano de la UPF y, de estar en su lugar, yo también podría haber escrito esta letra a sus estudiantes. Pero antes de dar lecciones, insisto hasta la náusea, el Olimpo académico del país también debería abrazar el arte de la autocrítica, y éste es un esfuerzo que todavía no he visto hacer a nuestros profesores universitarios. Conozco de primera mano la precariedad de nuestros docentes, más aún si la comparamos con los sueldos del nord enllà y la pasta que cobran los profes yanquis, pero esto no es excusa para imputar el desinterés académico únicamente a los estudiantes. Según mi experiencia docente, si haces bien las cosas... el aula siempre está llena; pero para ello, tú tienes que intentar ser tu mejor estudiante. 

Etiquetas