EL BAR DEL POST

Helena Fàbregas Rebato: El cálido abrazo de la memoria

Helena Fàbregas Rebato © Juan Rodríguez Morales
Helena Fàbregas Rebato © Juan Rodríguez Morales

15 de diciembre de 2025 a las 20:09h

“Escribir te hace replantearte quién eres una y otra vez, y al final te das cuenta de que, en buena medida, eres el resultado de una memoria familiar. Que el pasado en el que hundes tus raíces define tu forma de mirar el mundo y de vivir la vida”. La noche avanza y, tras un par de raciones de burrata y de berenjenas fritas con miel, la poetisa y escritora Helena Fàbregas Rebato sorbe un poco del cóctel para cuya receta ha dado instrucciones muy precisas: “ron, albahaca y un punto cítrico”. Las notas del Monk’s dream, de Thelonious Monk, acompasan este momento. La parroquiana sonríe.

Empujada por un entusiasmo insobornable, confiesa que desde que era niña ha sentido la necesidad de dar formas a su imaginación. Al principio, mediante la expresión corporal. “Estudié danza y me profesionalicé, especializándome en claqué y llegando a trabajar en la compañía Alaaaa Teatre haciendo muchos espectáculos infantiles”. Pero, pese a que nunca ha dejado de bailar —“si bien ya no a nivel profesional”—, el proceso de explicarse, de sacar hacia afuera lo que hervía en su mundo interior, fue derivando cada vez más hacia el lenguaje verbal.

“Siempre me ha gustado escribir, pero hace unos diez años me planteé hacerlo como algo más que una simple evasión”. Y así, la pulsión se fue concretizando, pasando de una poesía visual que —inspirada en Brossa— buscaba la conexión narrativa entre objetos, formas y palabras, hasta el deseo de explicar el mundo en forma de relatos y poemas, “con un principio y un final”.

En medio, una vida que la ha llevado a vivir una larga temporada en Valencia, “ocho años en los que creo que descubrí el verdadero significado de la palabra amistad”, y más recientemente en Madrid. En medio, páginas que ha ido llenando con ideas, historias y poesías. Una escritura “que para mí tiene mucho que ver con la paciencia y el conocimiento, el oficio. El mismo que mi abuela ponía en la cocina, por ejemplo”, y aquí sale a flote, una vez más, el peso de la memoria. “La exactitud de cada ingrediente, el chup-chup, y el plato que acaba siendo, él también, una forma de poesía”, añade.

Conectada con los que ya no están, pero sí están

Cuando, hace una década, Helena Fàbregas Rebato se tomó en serio lo de escribir, no sabía muy bien por dónde empezar. Acostumbrada al escenario, la danza, el movimiento, la quietud, el ritmo, el pliegue de cada articulación, como formas de explicar su mundo, necesitaba a alguien que la cogiera de la mano y la ayudara a estructurar ese deseo y a canalizar todo su entusiasmo para darle una forma verbal.

Helena Fàbregas Rebato empezó a formarse en danza, especializándose en claqué. © Juan Rodríguez Morales

“Así es como contacté con Lola Fernández de Sevilla, dramaturga y escritora, que se ha convertido en mi mentora y es quien me acompaña en esta singladura”. Sorbe un trago del cóctel, sonríe y añade: “y lo más curioso es que, en todo este tiempo, solo nos hemos visto un par de veces en persona y todo el resto de nuestra comunicación tiene lugar por vía telemática”. En estos diez años, juntas han venido explorando diversas formas de expresión escrita.

Un verano acudió a un taller de poesía que se hacía en la librería Lata Peinada que le cambió las coordenadas. “Si hasta entonces no había prestado mucha atención a la poesía, en aquel taller me enamoré de esta disciplina y empecé a trabajarla en base a tres relatos que había escrito sobre mi familia”. 

Así nace Perdí un papelito que (El Mandil), su poemario de debut que ahonda en el recuerdo y la presencia de los que ya no están, pero sí están ahí, como su abuela. O su padre. “Hace cinco años murió. Fue de golpe, así, sin más. Pero yo sentí que, pese a que él se había ido, seguía teniendo una fuerte conexión con él, con su esencia. Incluso ahora, tanto tiempo después, sigo sintiendo su abrazo”.

Este abrazo, esta calidez de los que siguen viviendo porque los recordamos, no sólo impregna su poemario, sino la novela que está preparando, donde habrá memoria “y márgenes, tanto los de la ciudad como los del alma humana”, avisa.

Helena Fàbregas Rebato debutó con el poemario Perdí un papelito que (El Mandil). © Juan Rodríguez Morales

Luces, secretos y bombonas

A pesar de que confiesa que su relación con Barcelona ha ido dificultándose con los años, para la escritora la ciudad era “ese lugar soñado donde venías a fiestas de reggae y soul, donde había miles de tiendas de discos y librerías, al que acudías desde los márgenes”. Su barrio, Santa Eulàlia, está en la frontera entre Barcelona y L’Hospitalet.

“Ahora trabajo de bibliotecaria en el centro y lo disfruto. Eludo las franquicias de empanadillas y me encanta mirar los balcones de la Barceloneta, con sus bombonas de butano y, cuando oscurece, la luz que sale de las ventanas de las viviendas, que me transporta hacia todos esos mundos que me imagino que hay en cada casa”. Y, reflexionando sobre las memorias, silencios y palabras de cada hogar; sus secretos, aromas, lloros y sonrisas; Helena Fàbregas Rebato liquida el último trago de su cóctel.

Helena Fàbregas Rebato confiesa que su relación con Barcelona ha ido dificultándose con los años. © Juan Rodríguez Morales

— Aquí nos queda noche para rato, por si quieres tomarte otro. Estás invitada. 

La parroquiana sonríe. Los compases de Camarera de mi amor, de Antonio Machín, se cuelan por las comisuras del momento. El Bar hierve de voces y gente y sonrisas. Acepta la invitación a otro ron con albahaca. Y añade:

— Si puede, ponme un cuenco con unas nueces. ¡Que me encanta roerlas!