LA PUNYALADA

Heladeros argentinos

Helado (c) Pixabay
Helado (c) Pixabay

Debemos protestar por la existencia de argentinos xenófobos; pero amemos a los más dignos, que también los hay

25 de agosto de 2025 a las 02:16h

Contrariamente a la mayoría de mis compatriotas catalanes, amo de corazón a los argentinos. He sido feliz caminando por las calles angostas de Palermo Chico, fantaseando con cuál de esos casoplones podría retirarme a escribir tratados de estética y autobiografías de éxito mundial. Debo en gran parte a Buenos Aires mi pasión desmesurada por la escena, y es allí donde descubrí la obra de Monti, Kartun, Daulte, Spregelburd y tantos otros (diría que éste es el único lugar del planeta donde puedes acabar auténticamente empachado de teatro). Mis amigos argentinos son gente educada y adorable, conscientes de que les ha tocado heredar lo peor de los españoles, de los italianos e incluso de los ingleses; de hecho, renegaban especialmente del discurso de la madre patria y de toda esa polla en vinagre de la cual los españoles se sirvieron para arruinar su riquísimo país. Pero sobre todo odiaban a los argentinos que Borges llamaba suramericanos profesionales, simpáticos, ligones y acaramelados.

Mis queridos porteños entendieron mi identidad nacional sin ningún problema y, de hecho, se referían a mí con el delicioso epíteto del dandi catalán. Pero, como ocurre en todos los países del mundo, incluso los pueblos más desvelados se dedican a exportar por los rincones del planeta a sus individuos más grotescos. También nos pasa a nosotros, no penséis lo contrario; he conocido a catalanes profesionales por el mundo a los que les hubieras disparado una torta durante el primer minuto de conversación, debido a ese orgullo desmedido de quien cree que las cuatro barras tienen tanto peso histórico como el ejército liberador norteamericano, o aquel tipo particular de imbécil que siempre va comparando las mejores carnes del mundo con la pretendida superioridad de la butifarra de Vic y que cree que la catalanidad está reñida con hablar decentemente la lengua de Cervantes. Nosotros, creedme, no somos los mejores exportadores del planeta.

Todo esto viene a cuento, como supondréis, por el bullicio que ha provocado el caso de un heladero argentino del barrio de Gràcia (el nombre del establecimiento ya es de bofetada con la mano plana; Helados Dellahostia) que agredió verbalmente a la pareja de un conciudadano sólo por el hecho de dirigirse a él en catalán, espetándole que estamos “en el reino de España”. Pues bien, tras hacerse viral la cosa en cuestión, el tal argentino ha sufrido un supuesto vandalismo ciudadano ---le han regalado pegatinas con la señera y alguna que otra pintada en la fachada---, con lo que se ha resucitado el sobadísismo debate sobre cuál es la mejor forma de seducir o de imponer la adopción de nuestra lengua a los recién llegados. Hay muchas voces, encabezadas por los españolistas de siempre y algún indepe de pro que vive de estos primeros como Toni Soler, que han puesto el grito en el cielo, acusando la iniciativa de intransigente, de quisquillosa y, of course, incluso de fascista.

A todos aquellos que vean esta muestra de legítima protesta ciudadana como un acto prácticamente nazi, les recomendaría que prestaran atención a las acciones similares que perpetran los sindicatos peronistas en mi querida Argentina; porque allí, si desobedeces la canónica obrera dictada por los sindicatos, no te visita un piquete con cuatro banderitas de tres al cuarto, sino que directamente te queman la tienda con todos los helados incluidos. Yo defiendo sin tapujos las protestas de la conciudadanía, basadas en una ley tan fácil de entender ---y de espíritu absolutamente liberal e ilustrado--- como que si tú nos tocas los cojones nosotros también te los rascaremos. Por otro lado, cabe recordar que la legalidad vigente obliga a los comerciantes a rotular los establecimientos y atender en las lenguas oficiales (¡o al menos a entenderlas!). Por tanto, aunque pienses que somos parte del reino, en resumen, te jodes, me escuchas en catalán y me sirves el puto helado.

Dicho esto, queridos barceloneses, que un capullámetro no nos haga perder la cordura; amemos a los argentinos como Dios manda, leamos su teatro, disfrutemos con su arte inigualada de cortar la carne y toleremos incluso, bienaventurados sean, que de vez en cuando nos levanten a las novias. Y los helados, a ser posible y aprovechando que no han sufrido la fiebre arancelaria, comprémoslos italianos o de América.

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