“Estoy muy contento de haberme quitado la tontería de encima y haber dado el paso de dedicarme a la música profesionalmente”. Tras un tapeo a base de torreznos y bravas, el saxofonista y compositor Héctor Floría degusta un Macallan double cask de doce años acodado a la barra. De fondo, Lonnie’s lament de John Coltrane acompasa la atmósfera nocturna del Bar y el parroquiano sonríe mirando el líquido ámbar en su vaso. “Soy más pobre, tengo más tiempo a mi disposición y soy mucho más feliz”, remata.
De niño, en el pueblo de su padre, La Yunta, se quedó prendado por las notas que el saxofonista de la charanga local soplaba a través de su instrumento. “En mi casa siempre se escuchó mucha música y empecé a estudiarla con seis años”. Creció con una banda sonora muy variada donde no faltaban la clásica, el metal, el progresivo y, por supuesto, el jazz “que siempre estuvo ahí, ¡sobre todo Coltrane!”. Pero tuvieron que pasar casi dos décadas para que se planteara convertirlo en su modus vivendi.
“Estudié Ingeniería de Telecomunicaciones. Por entonces vivía la música como un hobby”, pero se cruzó en la universidad con el guitarrista Abel Pàmies que fue un ejemplo para él, porque alternaba los estudios con una rica actividad musical. Poco después se integró la banda APAC (acrónimo de Atomic Particles After Collision), de Barcelona. “Con ellos grabamos un disco y tocamos un montón en directo”.
Y llegó el momento en que, recién licenciado, “asustado ante una vida de trabajar doce horas delante de un ordenador”, dio el paso, se quitó la proverbial tontería y, junto a David Carcelén, baterista de la banda, se presentaron para estudiar música en centros de enseñanza superior. “Tenía 24 años, iba muy tarde, pero tras prepararme a conciencia entré en la ESMUC”. Ahí conoció a Irene Reig y, al poco, se fueron juntos a Ámsterdam, donde vivieron cuatro años, estudió en el conservatorio local y pudo aprender de músicos como Dick Oatts, Ferdinand Povel o Mark Tuner. “¡Fue la mejor decisión que podía haber tomado!”. Sorbe un trago de whisky y sonríe al recordarlo.
A la memoria de Pol Vicente Audí
“Para hacer mi primer álbum en solitario, Phanerozoic, tardé diez años, en cambio, para hacer este nuevo, me ha bastado un mes y medio”. Héctor Floría acaba de publicar Coordenades (The Changes), su segundo disco en solitario, que incluye tres composiciones propias y tres del baterista y compositor Joan Casares. Un disco que tiene, detrás, una historia triste y hermosa.“Esta Navidad estuvimos en La Yunta con algunos amigos del pueblo, entre los cuales estaba Pol Vicente Audí que, como yo, vivía en Barcelona, pero sus padres eran de ahí. Fueron cuatro días de estar juntos y pasarlo bien, una suerte de despedida, porque una mañana nos lo encontramos muerto en su casa por causa de una enfermedad congénita que padecía”.
Héctor escribió el tema que da título al elepé en homenaje a su amigo. La portada que lo ilustra es, además, una panorámica fotográfica sacada en el pueblo por la madre del músico, en el amanecer del mismo día en que se iban a encontrar a Pol fallecido en su hogar. Toda la obra traspira, pues, el recuerdo de una amistad y un lugar que definen en profundidad al artista. A aquel niño que se enamoró del saxo viéndolo tocar en la charanga de su pueblo y que se quitó la tontería que le impedía hacer la vida para la que realmente estaba llamado. Un homenaje a los que ya no están, aunque siempre van a estar seguir estando ahí, en algún lugar de nosotros, en tanto respiremos sobre esta tierra.
También es un disco que llega en un momento muy especial para Héctor, que acaba de ser padre de una niña, Nora, nacida en septiembre. “Me toca combinar la paternidad con la presentación del álbum”, bromea, sin perder la sonrisa.
Barcelona es (o era) música
“Es la ciudad donde de chaval venía desde Blanes para comprarme ropa heavy, a surcar sus calles. Es donde compré mi primer saxo profesional, donde venía a tocar y a ver conciertos. Es la ciudad donde estudié y me enganché del todo al jazz. Es la ciudad donde viví hasta que me marché no hace mucho a Piera”, reflexiona el músico antes de abordar los últimos lingotazos de Macallan. “Para mí, Barcelona es música”, profiere.Y se toma unos segundos en los que vacía el vaso, antes de añadir: “al menos, lo era. Ahora es más bien guiris y tontería. Y, aunque siempre tiene la capacidad de hacerte encontrar sitios peculiares, Barcelona está sucumbiendo a un proceso de despersonalización, del que todavía la salvan algunos barrios que preservan su carácter”.
--- ¡Lo que no podrás negar es que este Bar sigue manteniendo su carácter barcelonés!
Héctor Floría sonríe con intensidad. El paisanaje se anima y, a través de la cristalera, se ven las luces de las farolas iluminando la vida nocturna. De fondo, Elvin Jones dialoga con Coltrane y Jimmy Garrison en los primeros compases de The drum thing.
“Creo que me tomaré otro de estos”, decide mirando el vaso vacío de whisky, y dejándose contagiar por la electricidad del ambiente.
