Geopoética del Mediterráneo

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02 de septiembre de 2025 a las 16:22h

 Cuando era pequeño, mi padre me explicaba a menudo que ---más que catalanes, barceloneses o habitantes del pueblo enemigo--- en casa ante todo éramos mediterráneos. Cuando yo le preguntaba de qué iba la nacionalidad en cuestión, él respondía (citando a un señor que más adelante yo amaría profundamente; un tal Blai Bonet) que los habitantes del Mare Nostrum somos descendientes de los griegos, es decir, de gente que se emociona mojando el pan en aceite de oliva y que declina más o menos la misma lengua en cada rincón del mar. Si hoy tuviera que contarle esto a mi hijo inexistente, emplearía la misma definición (todos nos disfrazamos tarde o temprano de nuestro progenitor), añadiendo de cosecha propia que también nos placen las mismas mujeres, de pelusa medio rizada, nariz montañosa y caderas de estilo corintio. La cosa supera los límites de un mapa; al llegar a Manhattan, topé con estas diosas y también con los italianos, que untaba el pan con el elixir amarillo y que ---a pesar de la separación oceánica de su hogar--- nos las robaban con igual esmero.

La vida racionaliza las intuiciones del niño ---gracias, señor Proust--- y tiempo después me volví más mediterráneo gracias al Glosari de Eugeni d’Ors y a uno de sus hijos privilegiados; el olimpismo maragallista. Más que hijo de la palabra viva, gracias a Rubert de Ventós, Oriol Bohigas y también a Nueva York, Pasqual se convirtió quizás en el último político noucentista de Barcelona y el último alcalde que batalló para convertirnos en lo que realmente somos, la capital del Mediterráneo. El alcalde tenía buenas intenciones pero, tiempo después, el socialismo cosmopolita de los suyos se apropió de esta gran nación como excusa barata para españolizar nuestra capital. A

hora que la identidad de la tribu también sufre un cierto resfriado, es normal que la publicación del espléndido Breviari Mediterrani de Predrag Matvejević (Edicions LaBreu) se haya convertido en un pequeño éxito editorial independiente. Gracias a la misma productora de libros, me interesó muy mucho la estrategia prosística del autor bosniocroata en L’Altra Venècia, un retrato de la Serenissima urdido a través de un microcosmos de curiosidades y parajes alérgicos al turismo.  El Breviari es una enciclopedia riquísima de nuestro mar, muy al estilo de su prologuista Claudio Magris, pero sin el peso histórico y cultural que el autor de El Danubio sabe encontrar en cualquier recoveco de un simple arroyo. Leyendo a Matvejević uno puede encontrar signos de nuestra personalidad en aspectos tan diversos como los tacos que se disparan los marineros, el carácter sacrificado de los asnos y las sopas de pobre, sazonadas con las piedras de la orilla.

Es lógico que a los ciudadanos de la tribu les haya gustado acercarse a este libro, porque a menudo nos cita como un país existencial y diferencialmente sufridor (“Hom diria que aquesta terra fa temps que es guareix d’alguna cosa. Qui no comprengui això, no l’entendrà”) y amante de las empresas imposibles:. “A Alexandria vaig conèixer un català, que feia de rellotger, que intentava reconstruir el catàleg  de la biblioteca destruïda.” Sin embargo, nosotros venimos del Mediterráneo de Josep Pla y -aunque Matvejević luche por terminar sus ensaladas de saber con alguna frase redonda- en el libro echará de menos esa metafísica sentimental que tanto nos complace conjugar mirando al horizonte.

En este sentido, a pesar del disfrute indiscutible que nos regala la sabiduría de este maravilloso recolector de Mostar, servidor ha acabado este Breviari con cierto desencanto, quién sabe si porque buscaba una respuesta inalcanzable sobre qué nos lleva a considerarnos hijos de Mare Nostrum. Acierta de lleno el compañero David Guzmán, a quien he robado el término inicial del título del artículo, cuando habla de un libro de geopoética al que, añado yo, quizá ganaría con menos datos acumulados y unas onzas más de geopolítica. Supongo que el autor se le ahorra porque viene de dónde viene y sabe perfectamente que las luchas identitarias sazonadas de divinidades pueden acabar en carnicería. A pesar de ser hijo privilegiado de muchos conflictos (durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en el correo militar de los partisanos yugoslavos), parece que Matvejević teorice el Mediterráneo como la última madriguera donde podría encontrarse la paz. A menudo busca la tentación guerrera (“Al Mediterrani els arxius són semblants a les tombes, i les tombes, als arxius”), pero el temblor siempre se cura con el ojo del enciclopedista. 

Seguramente, la insatisfacción final que produce este Breviari sea la propia nebulosa poética de la condición mediterránea. Éste sería quizás nuestro mayor problema existencial; el de bascular entre la identidad rota de esta tribu y la altísima metafísica del vestido blanco de la Ben Plantada. Bienvenida sea, sin embargo, la publicación de este libro y el espléndido trabajo que hace LaBreu. 

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