LA CIUDAD ESCULPIDA

El genio y el pene

Pla de Palau © Ajuntament de Barcelona
Pla de Palau © Ajuntament de Barcelona

No representa a nadie en concreto, ni un momento histórico, ni ninguna figura real, mitológica o religiosa. Es un monumento a un concepto, a una idea bastante abstracta e incluso indefinible. Originalmente iba a ser un monumento dedicado a Isabel II, en 1830, pero acabó convirtiéndose en la Font del Geni Català. ¿Qué genio, concretamente? ¿Monturiol? ¿Aribau? ¿Balmes? No: una virtud colectiva que por primera vez aparece representada más allá de las repetidas alegorías a la industria, la marina o el comercio: ahora hablamos del genio. Del genio catalán, con alas y con estrella, de apariencia profundamente pagana. Y con otros elementos de dimensión y alcance variable, como nuestra supuesta genialidad.

10 de marzo de 2026 a las 00:10h

En el corazón del Pla de Palau, justo frente al puerto antiguo que fue el nudo comercial de Barcelona, se alza una de las esculturas menos conocidas, más extrañas, más laicas y al mismo tiempo más cargadas de simbolismo de la ciudad: la Font del Geni Català. La verán coronada por la figura de un joven alado desnudo, pensativo, con una estrella en la mano. En la base (que casi nunca se ve, porque es una rotonda inaccesible) se despliega un mundo de figuras femeninas, cabezas de criaturas marinas y medallones heráldicos. El conjunto es, a la vez, un homenaje, una alegoría y una curiosidad urbana que encapsula la Barcelona disparada, confusa, prudente y rebelde a la vez, de mediados del siglo XIX.

La fuente se inauguró el 1 de junio de 1856, en un momento en que la ciudad comenzaba a intuir que podía encabezar cierta modernidad, y bastante antes de que el Eixample d'Ildefons Cerdà convirtiera los planes de expansión en realidad. El puerto era aún el motor económico, social y vital de la ciudad antigua. En este contexto, el proyecto del monumento fue obra del arquitecto municipal Francesc Daniel Molina (fachada del teatro Principal, como referencia), mientras que las esculturas se deben a Faust Baratta (italiano establecido en la ciudad, fuente de la Plaza Real, por ejemplo) y Josep Anicet Santigosa (monumento a Galceran Marquet, en la plaza Duc de Medinaceli), artistas que trabajaban con la lengua escultórica neoclásica y romántica propia de la época.

La obra se erigió en agradecimiento al capitán general de Catalunya, José Bernaldo de Quirós, que había impulsado la conducción de agua desde Montcada hasta Barcelona, resolviendo un problema de sequía y de salud pública que había afectado a la ciudad. Esta finalidad se manifiesta en el escudo que aparece en el monumento con el lema: “Después de Dios, la casa de Quirós”. El genio catalán como símbolo del país, sí, de acuerdo, pero al mismo tiempo testigo de la fidelidad a los poderes establecidos. Contrastes barceloneses.

La figura central del genio es un joven desnudo, alado, con la estrella en la mano. No es un guerrero ni un héroe militar, sino un espíritu protector, una especie de patrón laico que observa la ciudad y a sus habitantes. La estrella que sostiene simboliza la inspiración, el talento y la capacidad creativa del pueblo catalán, un concepto muy en sintonía con el romanticismo y con la idea del “Volksgeist”, el espíritu del pueblo que los intelectuales del siglo XIX empezaban a reivindicar como base de la identidad cultural.

Alrededor, cuatro figuras femeninas representan (me temo) las cuatro provincias catalanas. Además, cuatro cabezas marinas que escupen agua simbolizan los grandes ríos de Catalunya: Ebro, Llobregat, Ter y Segre. Todo ello convierte la fuente en un retrato simbólico de la geografía y la historia de Catalunya, y al mismo tiempo en un mensaje sobre la prosperidad y la cohesión territorial del país.

Las cuatro cabezas marinas que escupen agua simbolizan los grandes ríos de Catalunya: Ebro, Llobregat, Ter y Segre. © Josep Bracons

Curiosamente, el monumento incorpora también medallones con retratos políticos y económicos de la época, como Fernando VII, Isabel II, Joan Prim y Antonio López y López (el destronado marqués de Comillas). La presencia de estas figuras confirma que la fuente también reconocía la jerarquía política, el poder militar y la influencia económica sobre las que descansaba la prosperidad del país. Así, el genio catalán no existe en el vacío, sino sobre la (más o menos atractiva) realidad.

El genio también ha vivido curiosidades que lo hacen único: cuando se inauguró, la figura masculina aparecía totalmente desnuda (como ahora), con anatomía visible, lo que provocó el correspondiente escándalo entre los más escrupulosos. El obispado intervino y, según crónicas de la época, los genitales de la escultura fueron destruidos a golpes de martillo y posteriormente cubiertos con un elemento de mármol.

La figura central del genio es un joven desnudo, alado, con la estrella en la mano. © Wikimedia Commons

Después de la Guerra Civil, fue restaurada por Frederic Marès, que añadió algunos fragmentos que se habían roto de las alas, los pies, las manos, la estrella y la palma, pero mantuvo el pudoroso tapón, que se retiró una vez pasada la época del “destape”, a mediados de los años 1980. Pero luego, a principios de los 1990, se realizó otra restauración promovida por la campaña Barcelona posa’t guapa, que le añadió al genio un pene de resina con forma de tubo, que reemplazaba las partes que Marès había rehecho.

Todas estas intervenciones fueron sustituidas en 2008 por Mercè Marquès, siguiendo de manera rigurosa (y con delicadeza, imagino) las fotografías antiguas disponibles. El modelado lo realizó Abel Vallhonesta y la ejecución en mármol, Ferran Regàs. Las alas sobre los caballos se rehicieron al estilo de Marès (originalmente se ve que eran como de mariposa), pero no se rehizo el famoso pene: no se disponía de ningún testimonio visual ni documental del elemento. Ha quedado finalmente, por tanto, una estatua muy inspiradora, pero honestamente pichacorta, que resume, como la misma fuente, la mezcla en la que se configura (y supuestamente crece) la legendaria genialidad barcelonesa.