Gaudí, Guinovart, Barcelona

Representació del musical 'Gaudí', d’Albert Guinovart © Mario Wurzburger
Representació del musical 'Gaudí', d’Albert Guinovart © Mario Wurzburger

Crónica de la representación del musical “Gaudí”, de Albert Guinovart (y libreto de Jordi Galceran y Esteve Miralels), este 25 de febrero en el Palau de la Música Catalana. Una obra recuperada este año, en el que se conmemora el centenario de la muerte del arquitecto, desde su estreno en 2002, cuando se conmemoraba el 150 aniversario de su nacimiento. Esta vez lo hace sin escenografía ni teatralización, de la mano de la Original SoundTrack Orchestra y el Cor Jove de l’Orfeó Català, con destacadas intervenciones de cantantes líricos consolidados como la soprano Montserrat Seró y el barítono Josep-Ramon Olivé, y bajo la dirección musical de la maestra Belén Clemente.

01 de marzo de 2026 a las 23:12h

Si se quisiera hacer un musical sobre Barcelona, ¿cuál sería el tema? No era mala idea, en 2002, responder que Gaudí: un nombre internacional, de reconocimiento unánime, plástico y estético y, por tanto, capaz de saltar las barreras lingüísticas del arte. De hecho, el título completo de la obra es Gaudí: el musical de Barcelona y es una de las principales creaciones dramáticas de Guinovart. La obra es en parte biográfica y en parte espiritual, combina datos pero también mensaje sobre la actitud vital, y es inevitablemente un repaso a la Barcelona más dinámica, creativa, rica y audaz de la historia reciente. Gaudí vivió, en efecto, unos años de absoluto renacimiento cultural y social. Y murió, de hecho, cuando ese renacimiento ya empezaba a ser apaleado como castigo. Nada, como ya sabemos, que no venga sucedido de una renovada Gloria.

Se ha recuperado la partitura, se ha actualizado, se han recortado fragmentos y se ha añadido una nueva obertura. No habrá sido fácil, Albert, porque cada corte es doloroso, pero el resultado resulta equilibrado y emocionante. Esta versión se estrenó en Manresa, con muy buena acogida, y hará gira por todo el país. Este 25 de febrero se ha representado en el Palau de la Música, bajo unas grandes letras de “Gaudí” (pero sin acento) donde se proyectaban imágenes sugerentes y, debajo, una pantalla con el texto del libreto. Sobriedad, orquesta, cantantes, versión puramente sinfónica. Comienza la pantalla llevándonos a 1926. El año de la Pasión.

“Crostes, llagues, sarna i polls”: tras una obertura en forma de videoclip imaginario sobre la ciudad (una obertura con aires gershwinianos), ahora estamos en “l’hospital dels pobres” y debemos prever que volveremos al final, ya que Gaudí tendrá que ingresar tras ser atropellado por un tranvía. Enseguida la pantalla nos lleva en flashback hasta 1869, donde ya encontramos a un Gaudí niño hablando con su madre sobre ir a estudiar a Barcelona y sobre los infinitos sueños que hierven en la cabeza del pequeño. “He somiat el que ningú mai ha somiat” me recordó la frase del fundador del Palau, Joaquim Cabot, cuando dijo a los escépticos que había conseguido hacer realidad “allò que molts no s’havien atrevit ni tan sols a somniar”.

Representación del musical 'Gaudí', de Albert Guinovart, en el Palau de la Música © Mario Wurzburger
"Decide que la iglesia que hará será abierta, como la “casa oberta” que prometió construir para su madre"
“Gaudí ha trobat un país fosc” y ha hecho de él “un país de colors”, y son estas frases, estos ritornelos o estribillos, los que nos recuerdan tanto el talento desbordante de Guinovart demostrado en “Mar i Cel” como su capacidad para encontrar un tono espectacular, luminoso, broadwayiano. Piezas como la referente a 1870 juegan con una original lluvia de monosílabos relativos a la ciudad (“gris, verd, groc, blau, mar, gent, pols, fang, llum, nit, fum, llis, murs, veus, vells, nens, morts, plors, ulls, mans, por, fe”), y de ahí pasamos al paso de Gaudí por los estudios, donde, además de investigar y conocer arquitecturas de todo el mundo, es repetidamente suspendido (“Suspès!”) por los maestros por no seguir los cánones. Finalmente, consigue obtener el título (diez años para ser arquitecto “i formar part de la secta”), todo ello después de un precioso réquiem por la muerte de la madre (“que els àngels t’acompanyin”), una figura que lo acompañará toda la vida.

De hecho, en este espectáculo aparecen muchas figuras femeninas y eso queda lejos de la imagen biográfica que tenemos de un Gaudí ermitaño y solitario. Creo que se exagera el papel femenino en su vida para equilibrar tanto los géneros como el argumento del musical, pero lo cierto es que la aparición de amantes y amadas (alguna de las cuales solo lo quiere porque no desea “quedar per vestir sants”) aporta una profundidad bastante inédita a la humanidad de la figura del maestro. Como dice explícitamente la canción, “cherchez la femme”. Todo ello combinado con la incomprensión de los clientes, la ausencia de venta de proyectos y la súbita aparición de los devotos de Sant Josep pidiéndole que continúe el proyecto de la Sagrada Familia. Según el libreto, Gaudí acepta porque quiere dinero para casarse (aunque llega tarde). Si non è vero...

Lo que sí es verosímil es que estas distracciones sentimentales quedan desterradas por Gaudí una vez recibe enésimas calabazas y se da cuenta de que su amor verdadero, aquello a lo que quiere entregarse, es la obra. “Mai més”, y “gràcies a Déu”! No solo eso: decide que la iglesia que hará será abierta, como la “casa oberta” que prometió construir para su madre. Y así termina la primera parte, con una pieza dedicada a la idea de la Sagrada Familia y que, en los timbales del fondo, recuerda impúdicamente al “Bolero” de Ravel.

Representación del musical 'Gaudí', de Albert Guinovart, en el Palau de la Música © Mario Wurzburger

La segunda parte intenta resolver este conflicto inicial que se crea cuando nos enfrentamos al reto de explicar la historia de Gaudí: que no hay conflicto. Un musical sin conflicto es un reto extraño, complicadísimo, sobre todo en términos de libreto (la música de Guinovart, insisto, cumple su función a la perfección y los intérpretes, y el coro, son de altísima calidad). Por tanto nos quedamos en un conflicto muy interior, muy de monólogo personal, entre espiritual y patriótico y, por ello, con unas limitaciones casi imposibles de superar. En esta segunda parte vemos el proceso de aislamiento y radicalización espiritual de Antoni Gaudí, centrándose mucho en la obsesión por la obra de la Sagrada Familia y el progresivo abandono del mundo social (austeridad, pobreza, aspecto descuidado), además de la tensión entre el arquitecto, la fe y la sociedad burguesa que lo había encumbrado.

"Un musical sin conflicto es un reto extraño, complicadísimo"
Vemos, pues, la Sagrada Familia transformada en el relato oculto sobre Gaudí: nacimiento, pasión (casi crucifixión) y resurrección para mayor nacimiento. La culminación, tras el atropello del tranvía, implica el reconocimiento de una ciudad que se había alejado de él (monas de Pascua, canteras, caricaturas y mofas...). El caso es que terminamos muy de golpe (argumentalmente demasiado de golpe) y con una música expansiva (“Gaudí”) que deriva en una especie de gran réquiem sin oscuridades y de decidida elevación espiritual (“preguem per la seva ànima”, “mai no li van donar les gràcies”, “el seu llegat és nostre”). Reivindicación del sueño, de la victoria del sueño. Pero también un martirio que acaba mitificando casi pecaminosamente, es decir iconográficamente, al genio. Por suerte es un templo expiatorio y hasta ese pecado, que estamos culminando estos días con la audaz finalización de la torre más alta de Barcelona, nos será perdonado.
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