Fuera de cuadro: Sant Genís dels Agudells

La iglesia de Sant Genís dels Agudells (c) Anna Badia
La iglesia de Sant Genís dels Agudells (c) Anna Badia

El barrio escala por la falda de Collserola en torno a una iglesia milenaria y su cementerio, el único parroquial en activo que queda en la ciudad

23 de agosto de 2025 a las 11:38h

Los altos bloques de pisos que se alzan por detrás del Hospital Vall d’Hebron ejercen de muro tras el que se resguarda Sant Genís dels Agudells.

Tras el anuncio del Ayuntamiento de renovar calles y ascensores de los barrios de montaña de la ciudad, diversos vecinos del barrio se han quejado de que no se prevea ninguna operación en sus empinadas calles; toca pasearlas.

Coger el bus del barrio ya es en sí toda una atracción. El 112 se encarama por la montaña por calles sinuosas repletas de pequeños bloques de pisos y casas pintorescas claramente autoconstruidas años atrás, en un momento en que parecía estar de moda el trencadís casero y los mosaicos coloridos con trozos de botellas.

Fuera del bus, las calles se notan aún más empinadas. Costa Pacheco sube hasta la antigua Font del Roure. De camino, unos vecinos se saludan a un estilo que se asocia más a un pueblo rural que a la gran metrópolis que se extiende como un manto de hormigón a los pies del barrio.

Aunque ahora vive en el cercano Carmel, uno de ellos, Luis, explica que es del barrio toda la vida. Su abuelo y su hermano construyeron el bloque de pisos familiar, en el que aún vive la familia, rodeados de un terreno en el que se asoma la piedra de la propia montaña, con escaleras de ladrillo y hormigón que suben, bajan y se entrecruzan, sacadas de un cuadro de Escher.

Como indica Luis, la iglesia medieval es un punto imprescindible del barrio: “Tiene más de mil años”. Antes de volver a la parte baja del barrio para ir a verla, recomienda subir aún más, yendo más allá de la Font del Roure por un pequeño camino que se esconde entre hierbas y zarzas, hasta llegar hasta la calle Cànoves, la última antes de la Rabassada.

La Font del Roure reposa en una plazoleta boscosa que deja la ciudad y el ruido de coches muy lejos. Los mosquitos me acompañan por el camino de hierbas y piedras irregulares que llevan a la calle superior, por un atajo que ahorra los centenares de escaleras que conectan una calle con otra, más abajo. Ahí, en lo más alto de Sant Genís, pasean una mujer mayor y un hombre de mediana edad, en silencio y con paso tranquilo por el centro de una calzada que no espera tráfico más allá del bus del barrio.

La calle va resiguiendo el contorno de la montaña, y deja entrever el Tibidabo y el hasta ahora Gran Hotel la Florida. Un camino rodeado de bosque parece conducir directo al hotel, que se prepara para reabrir como METT Barcelona en pocos días. Las campanas de la parroquia van anunciando las horas, mientras el sol se va escondiendo tras la silueta del hotel y del parque de atracciones.

A lo largo del paseo desfilan casas y chalets de todo tamaño y todo color. El estilo de cada una depende del gusto de quien la construyó en su día, con viviendas que dejan entrever ciertos tintes de lujo y otras que siguen en pie casi como antiguas chabolas venidas a más. Entre los chalets, destaca una peculiar construcción de ladrillo que parece sacada de un cuento, con columnas retorcidas y un sinfín de detalles singulares que la llenan de color.

La calle sigue bajando precipitándose hacia el núcleo más antiguo del barrio, pasando junto a puertas de colores desconchadas, verjas que se asoman sobre precipicios e incontables mosaicos que debieron de ser la última tendencia del barrio hace ya varias décadas. Como telón de fondo, a un lado, el mar y Barcelona en toda su extensión; al otro, el verde de los pinos.

La parroquia de Sant Genís y su característico campanario emergen exhibiendo siglos de historia. El conjunto medieval incluye no sólo la iglesia y la rectoría, sino también un cementerio igual de antiguo que sigue en uso. Con un millar de nichos, es el único cementerio parroquial que queda activo en Barcelona, después de que se suprimieran todos hace tres siglos por motivos sanitarios. Sólo se salvaron los cementerios aislados y rurales, como el de Sant Genís, el único que sobrevive a día de hoy. En la verja, cerrada, se puede leer un descolorido cartel de papel plastificado: Nichos disponibles.

Las campanas vuelven a romper el silencio que reina en la plazoleta junto a la iglesia. De lejos, se oye, por primera vez en el paseo, un murmullo de gente. Un par de mujeres suben por un caminito escarpado hacia la iglesia. Sigo sus pasos a la inversa, hasta topar con una gran explanada repleta de niños, bicicletas, pelotas, perros y vecinos.

Los vastos jardines de Manuel Jiménez Arnalot se extienden en el terreno que ocupó una antigua masía que se conocía popularmente como Casa Groga, nombre que se ha quedado el centro cívico que sigue en el lugar. Parece que toda la gente del barrio está aquí, llenando las terrazas, jugando o paseando. Los jardines guardan una curiosidad más: la única cabina telefónica que queda en toda Barcelona. Ahora, invita a la lectura reconvertida en un espacio de intercambio de libros. Escoger uno y sentarse en una de las terrazas es una buena forma de cerrar el paseo, antes del contraste de bajar a la puerta de entrada del barrio por la Ronda de Dalt.