La Fuente de Hércules es una de esas presencias que pasan desapercibidas para los barceloneses, porque no gritan ni compiten, ni se sabe muy bien nada de su valor artístico o histórico. También por su ubicación en una vulgar rotonda, inaccesible para los peatones, de escasa relevancia cotidiana y paisajística. Y, sin embargo, existe desde hace más de dos siglos. Observando cómo Barcelona se agita y cambia de piel, sin que la fuente se altere ni reclame ninguna atención especial. Plantada hoy en el paseo de Sant Joan (confluencia con Còrsega), en un espacio de tráfico constante, el dios mitológico fundador de la ciudad parece resistir con naturalidad la condena de ser infinitamente visto y, al mismo tiempo, nunca mirado.
Invocar a Hércules es situarse simbólicamente antes de Roma, o al menos en el mismo nivel mítico. Es una manera de decir que Barcelona no es una ciudad secundaria, o nacida (como alguna capital peninsular) por decreto administrativo, sino que tiene unas raíces profundas y que además mira hacia el Mediterráneo. La leyenda decía que Hércules habría fundado la ciudad tras perder una de las naves de su expedición (la famosa barca nona), y este relato aparece sobre todo en crónicas medievales y renacentistas. De ahí, pues, la fuente del mito y la fuente de la fuente. Que, además, resulta ser la fuente ornamental más antigua de la ciudad.
Fue concebida a finales del siglo XVIII, en plena eclosión neoclásica, pero inaugurada en 1802, con motivo de la visita de los reyes Carlos IV y María Luisa de Borbón-Parma, cuando la ciudad aún estaba lejos de la metrópolis nerviosa y densa que conocemos hoy. Pese a la traumática derrota de 1714, Barcelona empezaba a no tener más remedio que imaginarse moderna, ordenada e ilustrada, y lo hacía también a través de símbolos clásicos: el cuerpo perfecto, la fuerza controlada, la virtud heroica. Hércules, con la piel del león de Nemea sobre el hombro y el garrote en la mano, encarnaba mejor que nadie esa aspiración.
La fuente se emplazó originalmente en otro lugar, en el paseo de la Explanada, un espacio que entonces conectaba la ciudad con la pérfida Ciudadela (y por encima de aquel centralísimo y dinámico barrio de la Ribera, ya derrotado y derribado). La Explanada era entonces un escenario de duelo, como indicaba su nombre en contraste con los siglos anteriores, pero también de paseo, exhibición y sociabilidad. Con las sucesivas reformas urbanas, la fuente fue trasladada más de una vez hasta que, ya entrado el siglo XX, encontró su emplazamiento definitivo. Este ir y venir la ha convertido (como tantos otros monumentos de la ciudad) en un testigo silencioso de las mutaciones urbanas —a veces caprichosas e incomprensibles, todo hay que decirlo—. De hecho, cuando se construyó el Palau de Belles Arts, el arquitecto August Font se aseguró de que no se tocara la fuente. Permaneció, por tanto, en los jardines de este palacio hasta que en 1928 fue trasladada a su ubicación actual.
Hay detalles en la fuente (insistimos: estilo neoclásico, como una especie de Renacimiento del Renacimiento, o de noucentismo avant la lettre) que todavía explican bien esta relación entre poder, ciudad y memoria. Los medallones que decoraban el pedestal, dedicados a la monarquía borbónica, fueron retirados con la llegada de la República. El cuerpo del semidiós, en cambio, permaneció intacto. En el pedestal que sostiene la figura hay todavía hoy el medallón ovalado con el retrato de los mencionados monarcas. Todo el conjunto descansa sobre una base de piedra situada en medio de un estanque circular. La base contiene dos pedestales que sostienen dos leones y, en la parte central, aparece una cascada de agua formada por cuatro pilas semicirculares que vierten el agua unas sobre otras. El agua brota de una pequeña figura de delfín, mientras que los leones también disponen de surtidores en la boca. Si no fuera por las pequeñas dimensiones del conjunto, las esculturas podrían llegar a impresionar o incluso a infundir cierto respeto. Hércules, aquí, más que impresionar parece pedir perdón por existir y aparece como algo mucho menos que un dios. Es el problema de los neoclásicos: a veces no parecen entender que un mito necesita, precisamente, pedestales míticos y leones legendarios.
No, no es una fuente espectacular. Ni de colores. Ni siquiera del todo monumental. Desde luego no es un icono turístico, ni aparece en las guías, ni reclama selfies. Espera más bien que se fije en ella quien pasea sin prisa (o quien la cruza en moto cada día), y quien quizá pueda conectar la leyenda con la historia. En cualquier caso, dada la fecha de su construcción, esta fuente tiene algo de ave fénix prometedora: la ciudad siempre puede renacer de entre las cenizas. Debe de ser que un dios antiguo, medio humano y medio inmortal, vela por ella.
