A principios de este siglo, cuando Barcelona empezó a perder el glamour olímpico y las autoridades se inventaron aquella mandanga chabacana del Fòrum de les Cultures, a los culturetas literarios más nostálgicos de la ciudad les pilló una especie de fiebre por descubrir “la gran novela de Barcelona”. Ahora la cosa puede provocar cierta gracia, pero la secta de los apocalípticos pensaba que nuestra ciudad no había inspirado suficiente literatura venerable de nivel europeo (pobrecitos, todavía no habían leído Vida Privada ni habían redescubierto la grandeza de La Plaça del Diamant) o, en cualquier caso, opinaban que la gran letra de preguerra no había tenido seguidores en la contemporaneidad, lo que contradicen obras suficientemente actuales y de autores generacional y estéticamente tan dispares como Tina Vallès, Luisa Cunillé, Lluís-Anton Baulenas, Adrià Pujol, Adrià Targa y Roc Milà. La grisura actual de nuestra ciudad, por tanto, no tiene correlación en el ámbito literario.
Pensaba en este asunto hace poco cuando, un tanto a regañadientes y sin demasiadas esperanzas, releí La febre d’or de Narcís Oller (1846-1930) en la maravillosa edición que ha editado la colección “Imprescindibles” de Barcino con un prólogo impecable de la profesora Gemma Bartolí. Como muchos compañeros de mi generación, estudiamos al autor de Valls únicamente a través de la etiqueta de ser el creador de nuestra novela moderna (en simple imitación de los escritores parisinos) en libros muy inferiores a esta novela. Hoy en día, debido a la espantosa obsesión de nuestros escritores por contarnos sus traumas, adjetivar una novela como “divertida” puede parecer un sacrilegio: pues bien, a pesar de narrar algunas escenas altamente traumáticas, La febre d’or es un libro muy trepidante, un espectáculo de texto en el sentido más capitalista del término, con una lengua contaminada por castellanismos y gabachismos pero de gran pureza, y con unos diálogos trazados con perfecto tiralíneas.
Como dice Bartolí en el prólogo al volumen, uno no puede hablar de novela catalana moderna sobre Barcelona sin mencionar La febre d’or, y no sólo porque la ciudad sea la coprotagonista esencial de la obra junto con Gil Foix y saludados, sino porque sus espacios son el núcleo temático de un nuevo tipo de socialización que surge del estallido de la picadura mercantil. En este sentido, resulta una maravilla leer y releer el capítulo VIII de la primera parte, en el que Oller nos cuenta los preámbulos y las pugnas de opinión en una velada del Liceu (que no es fruto de la imaginación, pues habla de un Fausto representado allí en abril de 1881, protagonizado por el gran tenor Masini) con una capacidad descriptiva de primer orden: “Dependents de botiga i d’escriptori, possessionats de llotges de terç pis, duien encara allí dents més esmolades i més perilloses, com són les de l’ignorant infatuat". Leedla, os lo ruego, porque también es una escuela proverbial de lengua.
Aparte de las magníficas descripciones sobre la Barcelona de finales del XIX, que todavía es la base de nuestra ciudad (fijaros especialmente en las pinturas hechas de palabras sobre la Bolsa, los paseos en carruaje por La Rambla o las referencias al antiguo Hipódromo de Montjuïc), ya es sabido que La febre d’or nos habla del auge y caída en desgracia de una familia. Nuevamente, la pericia de Oller no es sólo que cuente con gran paciencia la fiebre de los barceloneses por la riqueza (una distorsión mental que no es simple metáfora, sino que acaba siendo posmodernamente corporal), sino que juzga al nuevo capitalismo sin ningún tipo de moraleja, apreciando la locura necesaria de los hombres de empresa a la hora de prosperar y dignificando igualmente a las viejecitas que no quieren estirar més el braç que la màniga, alérgicas al lujo y torracollons por naturaleza. Como dice el onclo Bernat al final de este gran texto; "las grandes conquistas no se hacen sin sangre."
Ahora que vivimos sumidos en la necesidad de reconciliarnos con nuestra ciudad ---la cual, me atrevo a insistir, sigue produciendo literatura notable--- recomiendo a los lectores de La Punyalada que se acerquen de nuevo a Oller y que repasen una novela que sobrevive a su tiempo y contemporiza con nosotros de maravilla. Ésta es una recomendación que también procede para los seguidores del Post más acostumbrados al mundo del negocio, no sólo porque les recomendará ejercer de oligarcas según una sana mesura y sin excesos de ambición, sino también porque el autor insiste a menudo en algo más que importante; a saber, que la economía nunca puede funcionar, si no se tiene el hogar humanamente saneado. Que paséis, en definitiva, una buena febrada.