“Cuando dejes de preguntarte el porqué de las cosas, dejarás de aprender”. Este mensaje que un profesor de Bachillerato dio a su alumno, Ferran Bartolomé Romero, le ha acompañado siempre. Seguramente llovía sobre mojado, porque Ferran guarda recuerdos de infancia muy cercanos a los libros y a entretenimientos que le llevaban a aprender. “Mi padrino, hermano de mi padre, por Reyes siempre me traía juguetes didácticos como el robot mágico, un mecano, una caja de compases para delinear... cosas así”, explica. Le interesaban: las colecciones de cromos, las razas humanas, las maravillas del mundo, el Far West y cosas por el estilo. Considera que “saber cosas, muchas veces no sirve para nada, pero aún sirve menos no saberlas. La cultura, además sea de la temática que sea, puede ayudar a liberarnos de un exceso de materialismo tóxico. Yo disfruté mucho de mi infancia y no la cambio por ningún patinete ni consola”, dice.
Ferran reconoce que siempre le ha gustado mucho saber el porqué de todo, y hoy, con Internet, siente que tenemos al alcance “una universidad dentro de casa, con unos profesores que nunca en mi vida hubiera imaginado poder tener. Y tú así te enriqueces”.
Conversar con este hombre hace que la vida adquiera una dimensión especial, porque su conversación te conduce a fijarte en cualquier pequeño detalle, a preguntarte cosas que, solo por el hecho de planteárnoslas, abren puertas de la mente que quizás de otra manera no se abrirían. Y lo consigue a partir de cualquier pequeño detalle que nos rodea: de todo, observa infinitas dimensiones, y sabe hacer aterrizar el humor en muchas de las conexiones que enlaza.
Lleva siempre un flexómetro encima, una cinta métrica desplegable que saca cada vez que quiere poner a prueba alguna teoría de las proporciones: la extensión de cada lateral de una mesa, el desnivel de una escalera... El dibujo y los números le apasionan.
Poco después de haber sido operado de la cadera, un día mientras se duchaba, se fijó en la cicatriz del corte quirúrgico. Le pidió a su mujer, Hortènsia, que le ayudara a calcar en un papel la trayectoria de aquella incisión cosida en quirófano. Y, ¿por qué sentía Ferran la necesidad de dibujar aquella línea de puntos? Quería sacar la fórmula de las ecuaciones que definen la curvatura sobre el eje de coordenadas. Y aquel dibujo lo llevó al cirujano el día de la primera visita de control. “Me preguntó si se lo podía quedar, y se lo regalé”, explica.
Así es como este hombre hace latir las matemáticas a partir de cualquier elemento que tenemos a la vista. Pone en juego números y proporciones, senos, cosenos y tangentes que dan sentido a las construcciones, a las distancias, a los porqués que curiosos como él siempre buscan.
Una lupa en el bolsillo
En la cartera, también lleva siempre una lupa, por si le da por coger una hoja de árbol y examinarla bien. “Me gusta mirar el detalle”, dice. Durante muchos años, Ferran jugó a fútbol y siempre que tenía ocasión de entrenarse en la montaña, salía a correr. Una mañana, mientras corría por la montaña, cerca del pantano de Camarasa, se fijó en un hombre que ya había visto otras veces, mirando hacia los bancales. Aquel día se detuvo a hablar con él. Después de saludarlo, le preguntó: ¿Y usted, qué mira con tanta atención? “El hombre me respondió: miro lo que tú no puedes ver porque siempre corres. ¿Y ves aquí?, señalando un agujero en el suelo, me dijo: aquí dentro hay una araña y cuando hace viento y el sol sale...” Después de un rato mostrándole un montón de detalles, aquel hombre añadió: “en las pequeñas cosas está la grandeza del mundo y yo con lo que tengo, me entretengo. Y pensé que tenía razón, y después yo hice lo mismo con mi hijo. Cuando salíamos a dar algún paseo por el campo, nos podíamos detener y yo le decía: fíjate cómo luchan esta avispa y esta araña, y cómo la araña gana. Con mis hijos y sobrinos hemos seguido hileras de hormigas y hemos mirado la temperatura del agua del río”.
No hay ningún desecho en una vida de observación tan minuciosa. Que las pirámides de Egipto, Keops, Kefren y Micerino hayan perdido diez o doce metros por la erosión del viento, por ejemplo, es el tipo de información que fija la atención de este hijo y vecino de Sant Adrià de Besòs. Nació allí hace setenta y ocho años y aún conserva muchos de los libros antiguos que han sido la base de su formación. “También guardo recortes de periódico con noticias como la de la llegada del gas natural de Argelia a Sant Adrià”, comenta.
Érase una vez el hombre, TBO’s y cromos son otros de sus tesoros de la época escolar. Ya entonces -dice- se ponía él mismo problemas para cavilar soluciones. Y aquella curiosidad de niño aún hoy le acompaña. ¿Cómo se le ocurrió a Isaac Newton el cálculo infinito decimal? Un hombre que no tenía más luz que la de una vela... Son las preguntas que dejan a cualquiera fuera de órbita. Y para él son grandes estímulos para el aprendizaje.
Ferran va al gimnasio -dice- “para mantener bien las articulaciones”. En su cabeza, la gimnasia diaria está asegurada. Se acostumbra a levantarse entre las seis y media y las siete, y cada día hace “un rato de escritura en francés y en inglés. “Cuando escribes, estás pensando y estás leyendo, y no hay tiempo para el aburrimiento”, dice. También dedica un tiempo a las matemáticas y, un poco, a la física. Química, no tanto”. Ahora, concretamente -añade- “trabajo la combinatoria”.
Bartolomé: “Hay jugo en la vida para sacarle todo lo que quieras”
De inglés y de francés ha dado clases en el Centre de Formació d’Adults Sant Adrià de Besòs. Actualmente, el inglés lo sigue estudiando por su cuenta, leyendo y escribiendo y escuchando conversaciones de los temas que le gustan de ciencia y cultura y que encuentra en Google. “Empecé inglés porque mi mujer era secretaria en una empresa donde lo necesitaba y me apunté yo también para que no fuera sola. Al cabo de un tiempo ella lo dejó, pero yo todo lo que empiezo lo quiero acabar, y continué. No lo hago para tener ningún título, sino porque me gusta estudiar y me gustan las lenguas como medio para entendernos las personas. Lo que no quiero es sufrir para aprender, sino hacerlo de manera atractiva. No me pongo ni limitaciones ni metas. Como decía mi padre, poco a poco se llena la pila”.
El padre de Ferran está muy presente en su vida y en las clases de francés, siempre lleva consigo un antiguo diccionario que había sido de su progenitor. “Él fue soldado republicano. A veinte años fue a la guerra y volvió a veintisiete, después de haber estado en el Campo de Argelès. Me había hablado mucho y todo lo que me decía que habían sufrido me conmovió mucho”.
En París quedaron dos hermanas del padre que Ferran recuerda que visitaron a principios de los años cincuenta. “Les pedía a mis tías que me escribieran cartas en francés, aunque no entendía nada”, rememora.
Por lo tanto, aquel viejo diccionario de francés, que había ayudado a su padre con la lengua del exilio al otro lado de los Pirineos, adquiere un valor mayor en manos de su hijo. Recuerda muchos detalles del padre. Por ejemplo: “El sueldo, el salario que recibía cada semana, el sábado cuando llegaba a casa, se lo daba a mi madre en un sobre de color marrón claro. En casa llevábamos la contabilidad del gancho. Quiere decir que en un gancho en la pared iban clavando los tiques de todo lo que se compraba. La vida era muy simple. Mi madre administraba el dinero haciendo montoncitos: uno para el alquiler, otro para la comida... Faltaba de todo, pero yo nunca pasé ni hambre ni frío, aunque recuerdo las sábanas heladas cuando me metía en la cama”.
Su padre le había dicho alguna vez: “Si tienes la suerte de vivir con una buena administradora, tendrás gran parte de la vida tranquila, porque vivirás de acuerdo a tus posibilidades. Y con estas premisas he vivido siempre, como había visto en casa”.
Ferran hizo el bachillerato y después peritaje industrial y delineante proyectista. En la empresa donde empezó a trabajar a los quince años había escuela y tenía -dice- “profesores que eran eminencias”. Con el primer sueldo que llevó a casa, de 1.450 pesetas, su madre compró una lavadora. En aquel primer trabajo, Ferran tenía que calcular el coste de las estructuras industriales que fabricaban. Y le gustó mucho hacerlo. Después, con los estudios terminados, hacía de delineante. “Si uno sabe delineación, puede entender muy bien el dibujo. A mí dibujar con perspectiva me gusta mucho, y todavía guardo compases que ya no se usan, porque ahora con el programa AutoCAD se hace todo. Pero yo conservo muchas cosas que me han servido mucho para aprender”.
Monólogos en el escenario
Ahora debe hacer unos quince años que, en un encuentro de exalumnos del colegio Sagrado Corazón, de los Hermanos Gabrielistas de Sant Adrià, donde hizo el Bachillerato, fueron al teatro a ver a Pepe Rubianes y, al acabar la función, con la platea ya vacía de público, cuando todo el mundo se había marchado ya, Ferran se quedó un rato mirando el escenario. Y, de repente, la voz de un compañero le dijo: “este tío habla más que tú”. En aquel momento, Ferran se imaginó en escena y se preguntó a sí mismo: “¿Qué podría hacer yo para charlar dos horas seguidas?”. Y a partir de aquel momento, empezó a rumiar lo que se convertiría en un divertido monólogo que presentó como “Elucubraciones de un adrianense de los años cincuenta”. Y lo expuso delante del público. Las sensaciones que tuvo al acabar fueron fabulosas. “Como proyectista de estructuras metálicas y como comercial nunca había tenido una respuesta tan afectiva como al final de mi monólogo”, expresa.
Después alguien le dijo que buscaban a alguien para una obra de teatro y él, recordando aquel bienestar delante del público, le dijo: “ya no hace falta que busques más, aquí me tienes. Y el director, después de verme actuar, me dijo que debería hacer teatro. Me puse a las órdenes de aquel hombre, Sr. Sánchez, que fue quien me puso el veneno del teatro. Me decía que aportaba mucho, que enriquecía a los personajes. Y yo, desde entonces, no he parado de hacerlo”.
Bartolomé: "A mí el saber me llena y no todo lo que aprendo lo recuerdo"
Ahora ensaya una obra en la cual hace de psiquiatra en una consulta con seis mujeres pacientes y en la cual su mujer en la vida real hace de mujer del psiquiatra. “Es una adaptación al teatro de la obra de una escritora y bailarina de Sant Adrià, Montserrat Bonadona. Y yo he introducido baile y música porque he entendido que es parte de la cultura que une a gente de muchos países”, comenta.
Un bolígrafo Inoxcrom y un papel, aunque escribe también con pluma estilográfica mojada en tinta, van siempre en la bolsa de Ferran, porque nunca sabe cuándo llegará una buena idea, unas notas para un próximo monólogo. El día de la celebración de Cap Butaca Buida, en el teatro del Ateneu Adrianenc no queda ninguna silla libre para ver actuar a Ferran.
Esta ciudad metropolitana, con un casco antiguo que conserva la fisonomía de un pueblo es donde transcurre el día a día de este vecino que también baila sardanas en la plaza de la Vila y aprende a tocar la guitarra. Es un cajón de sastre con recursos para entretener la vida enriqueciéndola a cada instante. “Hay jugo en la vida para sacar todo lo que quieras”, dice. Ahora que ya está libre de horarios laborales, confiesa que viajar no es lo que más le gusta hacer. Al menos, desplazándose físicamente. “Yo viajo mucho con la ciencia. Me gusta más saber que ver. A mí el saber me llena y no todo lo que aprendo lo recuerdo, también me apunto muchas cosas y las guardo apuntadas en seis archivadores”. Lo tiene todo clasificado y enumerado: la regla de tres, la simple y la compuesta, la raíz cuadrada, la combinatoria... “Lo que me ha enriquecido mucho es la mnemotécnica para recordar las cosas. Y eso es lo que pienso que falta por enseñar a aprender hoy: mnemotécnica”.
