Eva Baltasar nos recibe lejos de Barcelona, en una cafetería de las de antes. La escritora se nos sumerge en su proceso creativo, que ha engendrado el tríptico de Permafrost, Boulder y Mamut, y la sacudida de Ocaso y fascinación (Club Editor), siempre con un punto de partida pero sin un final preestablecido: “Yo no tengo ninguna historia en la mente; cuando empiezo, no sé cómo acabarán mis novelas”.
“Las voy descubriendo a medida que voy escribiendo, y esto es muy adictivo”, explica detrás un café con leche de avena. Ha sido pastora, limpiadora de casas, pedagoga y ahora se adentra en el mar y en el mundo de los hombres para nutrirse de experiencias que pueden (o no) traspasar a sus libros. Una nueva historia verá la luz por Sant Jordi, y ya tiene un nuevo relato entre manos: cuando está acabando uno, siempre abre otro: “Es una manera de protegerme del luto”.
— Toda historia tiene un inicio. ¿Cuál es el tuyo?
— Empecé a escribir de muy pequeña. Mis padres trabajaban mucho fuera, y mi hermana y yo estábamos muchas horas encerradas en casa. Mi manera de pasar un rato agradable era leer. La lectura era como mi vida.
— ¿Qué representaba para ti?
— La lectura era la evasión de una infancia aburrida, muy cerrada. Me llenaba la vida dentro de casa, era la manera de salir. Hasta que empecé a copiar los libros. Me compré una libreta y los copiaba para llenar las horas, por gusto.
— ¿Cuándo dieron paso las copias a las historias propias??
— Empecé a llevar un diario personal, y hacia los 17 años empecé a escribir poesía. Escribía y lo tiraba todo. Jugaba con la lengua, mientras estudiaba filosofía. A pesar de que me licencié en Pedagogía, el recorrido universitario más largo que he hecho fue Filosofía. No estoy licenciada, pero transité por varias universidades eligiendo las asignaturas que me interesaban.
— Esta pulsión y cuestionamiento existencial viene de lejos, entonces.
— Lo descubrí estudiando Pedagogía, ¡pero no me dejaron cambiar de carrera! Acabé y me ha servido puntualmente para trabajar y vivir, pero, en este recorrido por la filosofía, escribí mucha poesía que me quedaba para mí. Hasta que a los 28 años me enamoré mucho, y escribí un libro de poemas por mi enamorada. Se lo quise regalar, y me hacía ilusión hacerlo en formado libro. Por eso me presenté al Premio Miquel de Palol, y gané.
— Y así se publicó tu primer poemario, Laia.
— Fue una alegría, aunque en la vida, las alegrías y las desgracias las encajo sin drama: ni con un entusiasmo desmesurado ni con un drama desmesurado. Pero como escribía tanta poesía, pensé que una manera de tener mis poemas en formado libro sería irlos presentando a premios. Diez fueron premiados y publicados.
— ¿Y el salto de la poesía a la novela?
— Al final de la treintena pasé por problemas existenciales. Fui a la psicóloga, y me dijo que escribiera cuatro páginas con mi biografía. Escribiendo me di cuenta de que iba añadiendo detalles que no eran reales, que iba ficcionando para poner la historia más interesante, y me interesó aquella nueva voz.
“No sé qué tengo que escribir; empiezo y enseguida me arrastra. Es como si esa voz, de alguna manera, preexistiera”— ¿Y entonces?
— Di espacio a esta voz. Dejé la terapia, porque la escritura había adquirido aquel poder terapéutico que tiene para tantísima gente. De poner palabras a incomodidades o sentimientos y conectar con el inconsciente. Para mí fue muy interesante hacerlo a través de la escritura, y conectar con zonas oscuras a las cuales no nos atrevemos a ir, o que tenemos reprimidas. Es muy sano enviar a una protagonista, y tú la acompañas y estás rascando ahí, pero estando a salvo escribiendo.
— ¿Cómo escoges dónde rascar?
— Es muy orgánico, no decido nada previamente, dejo que me lleve la historia. Cuando acabé de escribir Permafrost, tuve la sensación de haber conocido a fondo a alguien que no era yo. Incluso había habido como un tipo de enamoramiento, me levantaba cada mañana con ganas de irme a encontrar con la protagonista.
— Una conexión muy profunda con alguien que creas tú misma.
— Es cómo si conociera a alguien con quien vas quedando, y que te va explicando cosas de su vida que no sabías. Yo no tengo ninguna historia en la cabeza. Yo no sé cómo acabarán mis novelas. Las voy descubriendo a medida que voy escribiendo, y eso es muy adictivo.
— ¿Empiezas sin tener claro el inicio y el final?
— Empiezo a raíz de algún detalle, pero no sé más. Por ejemplo, en Ocaso y fascinación quería que fuera una mujer de la limpieza, porque yo lo he sido y lo encontré interesante. Yo me rindo antes de escribir. No sé qué tengo que escribir; empiezo y la historia enseguida me arrastra. Es cómo si esa voz, de alguna manera, preexistiera.
— Cómo si fueras el canal por el cual se explica la historia.
— Sí. Y ese abrirte, ese entregarte, deja el canal muy libre para que pase. Yo lo vivo así. No hay una lucha, o una persecución de una historia, es estar abierta a que te vaya llegando esto, y con la escritura puedes ir guiando un poco. Yo dejo que me guíe el personaje, y solo intervengo muy decisivamente cuando está en una situación en que la quiero salvar, porque pienso que lo pasará muy mal. Cómo en el caso de Boulder, cuando quiere sacar adelante un proyecto de vida y de familia que en realidad no quiere. Y ahí digo: la tengo que salvar. Tuve la sensación de decirle: ahora tú te esperas, y yo te salvo.
— ¿Se genera un diálogo con un personaje que adquiere personalidad propia?
— Y es un poco esquizofrénico, porque hay una parte que es como un espejo de mí, en que expreso incomodidades que he sufrido, pero por otro lado es una persona totalmente ajena a la que voy conociendo poco a poco. Es esta dicotomía, y navego entre estas dos aguas. Mi sensación es que existe la vida real, la vida de los sueños y la vida de la novela, que es muy real cuando estoy escribiendo: me absorbe mucho y me contamina mucho el día a día.
— ¿En qué sentido?
— Me pasa como también puede pasar a las actrices, que interpretan cierto papel y adoptan ciertas posturas. Me pasó en el caso de Boulder, que era una mujer que fumaba y bebía mucho, y yo empecé a fumar y a beber, cuando no fumaba desde la universidad. Y para mí el proceso de escritura es todo el día. De hecho, cuando más trabajo es cuando paseo a mi perro, pensando en la historia. Es como llevar al personaje encima todo el día. Y cuando estoy en este proceso me olvido de muchas cosas prácticas, se me quema la comida y abandono lavadoras. Es cómo cuando estás enamorado y te obsesionas tanto que otros temas sufren por desinterés.
"La vida de la novela es muy real cuando estoy escribiendo: me absorbe y contamina mucho mi día a día"— ¿Te has enamorado de personajes de tus novelas?
— En el caso de Boulder, tuve incluso una sensación física de enamoramiento. Yo era consciente de que era una ficción, pero fue así. Entonces estaba casada y tenía una sensación de infidelidad. Es un momento tan apasionando que tu cuerpo reacciona, es una cuestión también de química.
— ¿Y cuando llega el final de la historia, tienes que pasar un duelo?
— No lo vivo como un luto, pero sí que a veces me cuesta mucho soltarla; tenemos que ir a imprenta y me cuesta abandonar la historia. Duelo como duelo, no, porque después viene toda una parte de promoción en la que sigues con la novela, a pesar de que de forma menos íntima.
— Y con los clubes de lectura.
— Sí, que se alargan en los años. Además, hago como esa gente tan inmadura que tienen pareja y que, cuando ven que están acabando la relación, empiezan otra, por no tener aquel vacío existencial de no saber estar solo. A mí me pasa con las novelas: cuando estoy abandonando una, enseguida empiezo otra. Es la manera de protegerme del duelo, seguramente. Y en este caso, ¡es más sano que en el de las parejas!
— Después de las tres novelas del tríptico, ¿te costó hacer el salto a una nueva historia?
— Me hice el regalo de seguir escribiendo con mucha libertad, y de decirme: a ver a dónde me lleva esta novela. Hay lectores que tienen la sensación de que cuesta de entender, pero para mí el tema es que, lo entiendas como lo entiendas, está bien, porque todas las lecturas son buenas. Yo he jugado mucho a ser sutil para que las lecturas puedan ser variadas. No hay una lectura buena; yo no tengo la verdad absoluta de mis libros, es la magia de la literatura. De hecho, cuando empecé la novela no partía de nada más que de una mujer de la limpieza, y dije, a ver a dónde lleva.
— Y resulta que llevó hasta la fascinación. Y ahora, ¿en que trabajas?
— Ahora hemos cerrado una novela que saldrá por Sant Jordi. Con ella, he entrado en un mundo muy pequeño y he creado un personaje muy monstruoso, símbolo de situaciones vivenciales que podemos haber vivido todos en algún momento de nuestra vida. ¡Y no puedo decir más!
— Y si ya está cerrada, ¿significa que ya estás con una nueva historia?
— Sí, en una fase muy inicial. Porque cuando empiezo, hago como Penèlope: escribo unas cuántas páginas, las borro, y vuelvo a empezar, adelante y atrás. Hasta que encuentro el momento en que arranca, en que encuentro aquella voz que es la que tiene que ser.
— ¿Cómo buscas este arranque?
— Yo soy mucho de partir de paisajes de mi propia vida, como el caso de mujer de la limpiez o la que marcha de la ciudad, como Mamut. Los paisajes de mi vida son muchos, pero son limitados, y lo que he hecho ahora es abrirme a experiencias nuevas, cosas que no he hecho nunca, para abrir la puerta a que se integren de manera natural a la narrativa.
— ¿Por ejemplo?
— He empezado a navegar, en velero. Me da miedo, tengo mucho respecto al mar, pero el ámbito portuario me llama mucho. He entrado en este mundo, que no sé si traspasará o no al de los libros.
— ¿Qué más?
— He entrado en el mundo de los hombres. Hasta ahora no había hombres en mi vida. Vengo de un matriarcado muy grande, de hermanas, primas, parejas y amigas, y nunca había tenido la voluntad de acercarme a los hombres. Hasta ahora, ni los veía, y ahora los estoy viendo y conociendo. Y es muy bonito, de alguna manera te reconcilia con la vida. El resto de mi vida es muy tranquila, con clubes de lectura y acompañar algunas traducciones. También me gusta mucho estar con mis hijas.
"Yo dejo que me guíe el personaje, y solo intervengo muy decisivamente cuando está en una situación en que la quiero salvar"— ¿Y los viajes para la promoción?
— La parte del oficio de escritor que supone viajar la hago con alegría, aunque he llegado a la conclusión de que no me gusta viajar. Me gusta mucho estar en casa. Me encanta la semana que giro la hoja de la agenda y no tengo nada. Para mí, esto es un oasis que lleno de escritura. Me gusta mucho hacer vida de casa, y hacer vida de pueblo.
— ¿Esta vida tranquila también puede ser fuente de inspiración?
— Buena parte del proceso de escritura es alimentarse, y esto también quiere decir hablar con vecinos, entrar en tiendas… A veces una palabra te puede dar una escena, o un personaje.
— Y en aquel momento, ¿lo sabes?
— No, me viene después. De hecho, hasta ahora no he sido la típica escritora que va con libreta. Me regalaban muchas, a menudo incluso Moleskine, y las acababa usando para hacer listas de la compra, y me sabía mal. Ahora que me he abierto a cosas nuevas, sí que voy con libreta. (La saca de la bolsa y la va abriendo al azar: aparecen notas, dibujos, nombres de pájaros, una receta de tiramisú y el nombre de un perfume que se acabó comprando).
— ¿Revisas las notas para escribir?
— No, todo viene solo después, fluyendo.
— Hay algunos temas recurrentes a tus novelas, como la muerte.
— Es un tema que me interesa desde que soy pequeña. Veo la muerte como un gran viaje. Espero que tarde, pero no me asusta. Me asusta el sufrimiento y el dolor que puedas provocar, pero no el momento de traspasar. Todos hemos nacido; es un traspaso. Y todos tenemos temas que nos acompañan a lo largo de la vida, y para mí la muerte es uno.
— ¿Lo es más en un contexto de conflictos internacionales?
— Yo no estoy conectada a la actualidad, más allá de lo que es oir alguna noticia del día mientras estoy en la tienda de frutos secos. Para mí, es mucho ruido mental, y a mí me costaría mucho escribir si estuviera muy abierta al mundo y a todo lo que está pasando. El hecho de no darle atención cada día me permite seguir haciendo mi trabajo, que creo que también aporta; la literatura también aporta.
