“Soy una mujer que ha logrado cumplir con el sueño de dedicarse a lo que le gusta y ahora, de alguna manera, me siento con más derecho que nunca a animar a la gente a que persiga sus ambiciones”. Acodada a la barra con su perra, Dori, descansando a sus pies, Eulàlia Rodríguez sorbe un poco de té verde, mientras el sincopado y elegante compás de la versión de Love will tear us apart por Nouvelle Vague llena el aire matutino del Bar. “Animar a los demás a que cumplan con sus sueños”, añade, con una sonrisa que brilla recorriendo su rostro, y la cabeza puesta en el mundo distópico que ha tomado forma en su recién publicado debut El so dels timbals (Diëresis).
La novela plantea un futuro en el que, tras alcanzar su ápice de degradación atmosférica, la Tierra orbita protegida por una corteza artificial que sella y aísla su capa contaminada. Al amparo de esta corteza ha surgido sobre la superficie del planeta Kristala, un ecosistema de ciudades edificadas sobre el viejo mundo en las que los más aventajados entre los nuevos humanos se mantienen biológicamente activos a través de un sistema parecido a la fotosíntesis. Los menos afortunados, es decir, la mayoría, viven bajo tierra, marginados y usados como mano de obra barata a la que explotar, “algo que tal vez pueda sonar de algo en los tiempos que corren”, incide la autora.
Y ahí está el quid de la cuestión. A pesar de la complejidad a la hora de articular este mundo futuro que oscila entre lo posible y lo fantasioso, Eulàlia ha privilegiado los aspectos más humanos y sociales de la trama: “La relación de los personajes, Àsia y Tristany, la tensión entre los habitantes del nuevo mundo y los del viejo”. Guiños a un sinfín de referentes literarios y cinematográficos que van desde su adorada Ayn Rand u Orwell hasta Los juegos del hambre o Divergente, “con mucha de la acción ambientada en la ciudad de Barcenova, edificada sobre las cenizas de la antigua Barcelona”.
Rara avis en una literatura catalana donde no abundan, precisamente, autoras dedicadas al género de la distopía, ahora se halla trabajando en la segunda parte de tres, “acabando de pensar en los personajes y las escenas, desarrollando la escaleta y las escenas principales para ponerme a ello y dejarme llevar, mientras aguardo la traducción al castellano de la primera, que llevará por título El latido de los tambores”. ¿Quién le iba a decir a ella, hace tan sólo cinco años, que se iba a encontrar en esta situación?
Cocinar pasteles y cocinar historias
En la vida de Eulàlia Rodríguez hay dos grandes pasiones: la repostería y la literatura. “De niña ya escribía o me subía al taburete para ayudar a amasar, con la misma pasión”, rememora la que en su infancia era ya editora del periódico del colegio y sacaba excelentes notas en redacción. Pero la vida la llevó hacia otros horizontes profesionales.“Mi padre había fundado una empresa pionera en el ámbito de vending de café”. Estudió económicas y se especializó en cafés. Una vez vendida la compañía, ella se integró en su plantilla. “Me volqué en eso y así seguí hasta que, a raíz de una discopatía, me hallaron un tumor en la espalda, y eso redundó en dos operaciones, en 2018 y 2019. Tras la prolongada baja, llegué a un acuerdo con la empresa y, gracias a la situación personal ventajosa que tenía, me pude tirar a la piscina y perseguir mis dos pasiones”.
Se inscribió en la Hoffman para estudiar pastelería y en el Ateneu para hacer lo propio con la escritura. Ganó esta última porque, aunque sigue haciendo dulces notoriamente deliciosos para sus familiares y allegados, era una vida demasiado sacrificada con sus problemas de espalda. “En paralelo, en el Ateneu empecé a trabajar en la novela. ¡Sobre todo desde el día en que un profesor, Albert Lladó, me animó a darle forma a la idea de una Tierra recubierta por una corteza!”, ríe.
¿Quién paga la fiesta?
“Nací y vivo en Barcelona. Todo lo bueno que le ha pasado a mi vida, todo lo feliz que he sido, me ha pasado aquí. Y, sin querer ponerme oscura, es el lugar donde espero morir, porque es la ciudad que prefiero sobre las muchas otras a las que he tenido la oportunidad de viajar”, confiesa la parroquiana, especialmente enamorada del Palau de la Música, que define sin ambages como “uno de los lugares más bellos del mundo, por sus colores, por su atmósfera, por toda esa música, variada y diferente, que se escucha entre sus paredes”. Termina su té. “Un lugar que hace que me enorgullezca vivir aquí”.Le cuesta enfadarse con la ciudad de la misma manera que le cuesta enfadarse con un familiar o un amigo, “aunque motivos no me faltan, porque a veces parece que los barceloneses estamos pagando una gran fiesta a la que rara vez estamos invitados”.
--- Lo que te invitamos es a probar la gastronomía de nuestro Bar, que ya se nos va haciendo hora de comer. Hay tapas, raciones, menú, platos combinados… Todo delicioso.
Un chispazo brilla en la mirada de Eulàlia Rodríguez. Dori, a sus pies, se despereza. “¡Las tapas son variadas y muy divertidas!”, replica echando también un vistazo a los dulces, “aunque más que comerlos, que también, lo que más ilusión me hace es cocinarlos para las personas que quiero”, confiesa.
