Cuando pensamos en la imagen personal, pensamos en lo que se ve: la ropa, el peinado, los complementos o la forma de estar. Pero nuestra imagen también huele. Si la moda es como nos mostramos, el perfume es como nos recuerdan. Es quizás la pieza más auténtica de nuestro estilo, la que menos nos permite engañar. Elegimos un perfume por nuestra historia: por los olores que hemos aprendido a amar, por la cultura y el lugar donde hemos crecido, por lo que hemos vivido. En contacto con nuestra piel se transforma, por pura química, y se vuelve único en cada persona. Y, cuando nos vamos, se queda en la memoria de los demás.
El olfato es la forma de comunicación más antigua, y la que más nos toca las emociones.
En un mundo de imágenes y de sonido, olvidamos a menudo que el olfato es la forma de comunicación más antigua, y la que más nos toca las emociones. Va directamente a la parte del cerebro donde nacen las emociones y se guardan los recuerdos, y por eso, con un olor, primero sentimos y después entendemos. El perfume es la forma más refinada, una cultura líquida que no necesita palabras ni imágenes para decir de dónde venimos y cómo queremos ser recordados.
Si nos vestimos para protegernos del frío y del sol, el perfume nació del deseo de conectar con aquello que nos supera: por fumum, a través del humo. Con el tiempo, ambos han acabado hablando de nosotros. Si la moda cambia con los tejidos y los cortes, el perfume lo hace con las fórmulas, desde los olores sagrados de la antigüedad hasta las moléculas que la naturaleza no conoce.
Como la moda tiene el diseñador, el perfume tiene el perfumista, que une técnica y creación, rigor e intuición. Hoy, la inteligencia artificial ya propone fragancias en cuestión de horas, a partir de tendencias y coordenadas precisas. Pero crear un perfume es imaginar un olor que todavía no existe y hacerlo posible. Una máquina puede calcular una fórmula, pero no puede oler: trabaja con datos sobre olores, no con olores.
Hace estadística: aprende de lo que ya ha funcionado y tiende a lo previsible. El perfumista, en su libertad de creación, puede ir contra los datos, equivocarse y encontrar algo nuevo. Reconocerlo es reivindicar el perfume como una forma de arte y recordar que detrás de cada fragancia hay un autor.
Reivindicar el perfume como una forma de arte y recordar que detrás de cada fragancia hay un autor.
Nunca el perfume había estado tan al alcance. Lo encontramos en la tienda de ropa, en el supermercado y en la pantalla del móvil, a todos los precios. Lo descubrimos en TikTok antes que en la perfumería, superponemos varias fragancias para hacernos un olor propio y las cambiamos según la ocasión o el estado de ánimo. Ya no tenemos un perfume para toda la vida, sino un armario de olores para cada momento y cada temporada. ¿El perfume nos sigue identificando, o ahora dice más de nuestro estado de ánimo que de quiénes somos? Seguramente ambas cosas.
El sector, en su búsqueda constante, ha puesto en un frasco olores que hace unos años habrían parecido imposibles: la gasolina, el humo, la piedra, la sal, la piel o el olor de un club de jazz. Todas responden a la necesidad de autenticidad y de emoción que caracteriza nuestra sociedad. Quizás por eso ya no decimos «este perfume huele a…», sino «este perfume me hace sentir…».
La división de los perfumes por género o por edad es, para muchos, cada vez menos relevante. Las esencias no tienen género ni edad: una misma fragancia se transforma diferente sobre cada piel, sea de hombre o de mujer, joven o mayor. Que un perfume sea masculino o femenino, para jóvenes o para mayores, es un estereotipo, porque cada cultura ha educado el olfato a su manera. En Oriente Medio, la rosa es tradicionalmente un olor de hombre, y el oud, que aquí se vende como masculino, lo llevan también las mujeres.
Desafortunadamente, estos estereotipos todavía se mantienen como herramienta comercial: en los lineales de las perfumerías, en las tiendas en línea o en la comunicación de los perfumes. Dejar de etiquetar los olores es también una manera de hablar de igualdad: cada uno debería poder elegir el perfume que lo representa, sin que un lineal le diga cuál le toca.
Moda y perfume hace más de un siglo que van de la mano.
Moda y perfume hace más de un siglo que van de la mano: Paul Poiret fue el primer modista que creó sus propios perfumes, en 1911. A partir de los años sesenta, las casas de moda ceden su nombre en licencia y nace el perfume de diseñador: la moda ponía el deseo ya construido, y las casas de perfumería, el conocimiento, las fábricas y la distribución.
Hoy el modelo cambia. La perfumería ya no necesita la moda para construir marca, y la moda hace el camino a la inversa: las grandes cadenas de moda rápida firman perfumes con perfumistas reconocidos a precios accesibles. En el otro extremo crece el nicho, del perfumista independiente a las casas de autor que han acabado en manos de los grandes grupos, donde la libertad creativa debe equilibrarse con la presión por el beneficio.
Barcelona conoce bien esta convivencia. España es el segundo exportador mundial de perfumes, solo detrás de Francia, y las exportaciones de perfumería y cosmética superaron los 10.000 millones de euros en 2025, el doble que hace cinco años. Cataluña concentra casi el 60%, y la industria representa el 4% del PIB catalán. Aquí conviven casas de esencias con más de ochenta años de historia, grandes grupos internacionales, perfumistas independientes de renombre y creadores que firman perfumes para las grandes marcas del sector. Este talento tiene también su escaparate. Desde 2018, el concurso internacional de perfumería Mouillette d’Argent ha reunido a más de 600 perfumistas de 49 países, dando visibilidad al arte del perfume y sus creadores, con la voluntad de hacer de Barcelona una capital cultural y creativa del sector.
El clean beauty, nacido en la cosmética, ha llegado también al perfume.
El consumidor de hoy reclama honestidad, transparencia y sostenibilidad. Quiere conocer la trazabilidad del producto: de dónde salen las materias primas, cómo se ha hecho el perfume y si se han respetado las condiciones laborales. El clean beauty, nacido en la cosmética, ha llegado también al perfume, aunque aquí la frontera es más difusa: natural no siempre quiere decir más seguro, ni sintético, peor. Y con él ha llegado el ecopostureo, el discurso verde que no se corresponde con lo que hay dentro del frasco. La reputación de una marca se construye con pruebas, pero sobre todo con conciencia.
Estamos muy informados: leemos pirámides olfativas, comparamos opiniones, sabemos qué notas lleva cada perfume. Pero me pregunto si estar informado significa estar educado. Podemos saber que un perfume lleva bergamota o pachulí y no haberlos olido nunca por sí solos. Educar el olfato es oler despacio, reconocer los ingredientes, cerrar los ojos y ver adónde nos transporta, y sentir cómo el perfume evoluciona con la química de nuestra piel.
Porque el perfume es la manera más íntima y más libre de decir quiénes somos y cómo nos sentimos: el estilo que no se ve, pero que se siente.
