La nueva apuesta de HBO es casi como un The Wire a la barcelonesa. Un gran relato que abarca los problemas que los barceloneses vivimos en nuestro día a día: desde la expulsión de los vecinos y los negocios de toda la vida de los barrios, hasta la masificación descontrolada del turismo; pasando por la pérdida de identidad, las mafias o las varias caras de la okupación. Un retablo que Pol Rodríguez (Barcelona, 1978) explora, junto a Isaki Lacuesta, desde el profundo conocimiento de un Raval en el que creció y donde –él lo sabe mejor que nadie, y así nos lo cuenta– es posible lo peor, pero también lo mejor.
Cada viernes, la cadena de streaming emite un nuevo episodio de la miniserie (de seis) protagonizada por Enric Auquer, Quim Àvila, María Rodríguez Soto, Sergi López, Francesc Orella, Lluïsa Castell, Alba Guilera, Noa Guillén, Noor Ul Huda, Mohamed Ben Moula y Marc Martínez. Una historia de supervivencia, privilegios y arribismo que bebe de la mejor tradición cinematográfica barcelonesa y huye del panfleto. El punto de partida: lo que ocurrió con el restaurante de la familia de Pol, el mítico Can Lluís de la calle de la Cera, que tuvo que cerrar tras la compra del edificio donde se ubicaba, por parte de un fondo de inversión, que puso el alquiler por las nubes. Moría así, tras 90 años de existencia, uno de los rincones más icónicos de la restauración barcelonesa.
— Empecemos hablando de tu background, Pol. Prácticamente naces entre los fogones del Can Lluís ¿Cómo fue crecer en una de las casas de comida más emblemáticas del Raval de finales del Siglo pasado?
— Cuando eres niño no te das cuenta de la importancia que tiene todo eso. Simplemente es parte de tu vida. Piensa que yo he comido siempre en Can Lluís. Cuando iba a EGB, en la Escola Griselda de la calle Amàlia, el catering lo hacía el restaurante. Cuando fui al instituto, en los Escolapios de Sant Antoni, comía ahí porque estaba a la vuelta de la esquina. ¡Yo en casa sólo comía los domingos! A los catorce años empecé a trabajar ahí. No había lavaplatos así que cada día limpiaba montañas de vasos. Luego, acabado el servicio, sobre la medianoche, cenábamos mi padre y yo. Y siempre había alguien, algún actor, algún escritor, alguien del barrio, que nos acompañaba. Aquello era un mundo. Piensa, por ejemplo, que Mariñas hacía un programa semanal para Radio 4 desde el restaurante. Ahí me acostumbré a escuchar, a conocer a gente, sus historias, sus vivencias, y luego a quererlas contar. No era sólo un sitio donde se guisaba, era mucho más, un punto de encuentro, un lugar donde la gente se veía y compartía la vida.
Los viernes y sábados, acabado el turno del restaurante, nos íbamos al Llantiol de la calle Riereta que era de mi padre y ahí seguíamos trabajando. Cuando salíamos de madrugada mi padre embutía el dinero de la caja en mi ropa y me decía que si había algún problema con algún yonqui yo saliera corriendo para casa. Pero nunca tuvimos ningún percance. Más adelante, trabajando ya en el cine, si estaba por Barcelona de rodaje, me iba al mediodía a comer al Can Lluís. Aún ahora, si como en casa tengo la sensación de que es domingo.
— El restaurante fue el ejemplo palmario de cómo la voracidad de los fondos de inversión se pasó por la piedra un negocio histórico, de indudable interés cultural y gastronómico, glosado en reiteradas ocasiones por Vázquez-Montalbán y Néstor Luján. En este sentido, me da la impresión de que Ravalear tiene mucho de ajuste de cuentas.
— Totalmente. Hay una voluntad de denuncia y de venganza. De plantear a través de la ficción qué hubiera pasado si hubiésemos optado por saltarnos una ley que no nos amparó a la hora de proteger el negocio. A partir de esta idea, en el momento de desarrollar la historia quise entender a fondo cómo funciona el mundo inmobiliario y todos los actores involucrados, desde el gran fondo de inversión hasta el chaval que vive en la calle y se busca la vida. Ahí me di cuenta de la cantidad de zonas grises, de lagunas legales que hay.
"Hay una voluntad de denuncia y de venganza"
— Hay personajes profundamente amorales como los que interpretan Sergi López o Alba Guilera, que son estremecedores por su frialdad, por su falta absoluta de escrúpulos y mínima empatía. ¿Hasta qué punto son ficticios?
— Hay una escena en la que Claire, la ejecutiva del fondo de inversión interpretada por Alba, se reúne con Lluís, el padre de familia interpretado por Francesc Orella, en el restaurante, que en la serie se llama Can Mosques. Ella va ahí, apenas toca la comida, y se limita a decirle a Lluís que esto es lo que hay y que hay que apechugar con el aumento de alquiler. Y esto está muy basado en algo que pasó de verdad. Cuando un fondo de inversión israelí compró el edificio donde estaba el Can Lluís, me quise reunir con el representante que tenían en Barcelona.
Quedamos él y yo una mañana. Fue muy parecido a lo que se ve en la serie, le conté toda la historia, la situación que estábamos viviendo, estuvimos mogollón de rato, y el tío me decía que claro que sí, que éramos la mejor familia para llevar ese negocio, que lo íbamos a conseguir. Pero que son 8.000 al mes. Y, por mucho que yo intentara razonar que aquello era inviable él decía que estuviese tranquilo, que seguro que íbamos a conseguir el dinero. Pero claro, para eso igual yo tenía que cambiar la cocina, cambiar el menú, echar a gente a la calle... Y, bueno, eso es el progreso, me decía.
— ¿Y el personaje de Sergi López?
— No diría que Cristóbal, el personaje que interpreta Sergi, está inspirado en alguien en concreto, porque no es así, pero sí que era el personaje que más me interesaba. El que más me inspiró porque representa la lucha de clases. Es el sheriff del gueto, el personaje de clase baja que traiciona a los suyos para intentar congraciarse con los de arriba, que lo tratan como basura. Sergi ha interpretado a algunos de los villanos más potentes de la historia del cine en películas como El laberinto del fauno o Dirty pretty things y lo borda, es una auténtica fuerza de la naturaleza. Con él hay muchas secuencias planteadas directamente como un western.
— Detrás de la aparente simplicidad del formato thriller, Ravalear me parece una obra muy ambiciosa, casi un The Wire a la barcelonesa, que analiza varias estructuras de poder y cómo estas fastidian al ciudadano al que se supone que deberían servir.
— Sí, quise ser muy ambicioso con la serie, en la forma y en el fondo. La trama familiar me sirve como base para hablar de toda una serie de cosas. Piensa que estuve dos años investigando, hablando con mucha gente distinta: desde brokers inmobiliarios y fondos de inversión hasta la gente de Acció Raval y otras asociaciones vecinales. Desde la compra de inmuebles hasta la recuperación de narcopisos. Precisamente, esta complejidad hizo que pasara de plantear un largometraje a una serie que me permitiera desarrollar todos estos temas.
"Estuve dos años investigando, hablando con mucha gente distinta: desde brokers inmobiliarios y fondos de inversión hasta la gente de Acció Raval y otras asociaciones vecinales"
Y lo más importante es que tampoco quería que Ravalear fuese un panfleto, sino que abarcara en toda su amplitud todo ese sistema de presiones que afectan a todo el mundo, no sólo a las clases menos favorecidas sino a las clases medias. Por eso creo que una cadena como HBO me ha comprado y dado tanto apoyo con la serie, porque afecta a muchas personas.
—E sto que me dices es muy interesante porque conecta con un detalle que me ha parecido brutal: el momento en que Álex (Enric Auquer) y Marta (María Rodríguez Soto) se definen a sí mismos como pijos. Las tornas han cambiado tanto, que una familia de clase trabajadora del Raval podría pasar ahora como pija...
— ¡Es que es eso! Te das cuenta de que, hoy en día, tener una casa es un privilegio. ¡Y eso no puede ser! No puede ser que nosotros aceptemos tener un hogar como un privilegio, cuando realmente es un derecho fundamental. A mí esto me interesa mucho explorarlo en la serie, el privilegio. Lo que ocurre cuando tienes un privilegio y te aprovechas del que está por debajo de ti para mantenerlo, para no perderlo. Y eso afecta a todo el mundo, no sólo a los villanos.
— Por otro lado, la serie también me parece una gran reivindicación de las cosas buenas, y sin populismos, poniendo en valor aspectos relacionados al tejido humano del barrio, no exento de problemas, pero también capaz de los gestos más hermosos.
— Desde el principio de su existencia, cuando era una zona de huertos, hospitales y conventos, el Raval fue una zona estigmatizada. Siempre ha acabado siendo un barrio servidor de una ciudad que sacaba de él lo que quería. Piensa que mide un kilómetro cuadrado y viven 50.000 personas, al nivel de habitante por metro cuadrado de ciertas poblaciones en India. Y, por supuesto, es un barrio con mucha complejidad, y eso se refleja en la serie. Hay robos, drogas, prostitución, pero... ¿cómo se lucha contra esto desde la calle? ¿Desde las asociaciones? Es uno de los barrios con mayor tejido asociativo de Europa. Gente que lucha por convivir, por mejorar sus condiciones, por salir adelante. Y eso también lo quiero reflejar, y contribuir a romper con el estigma histórico que el Raval arrastra desde hace ya siglos.
"Quiero contribuir a romper con el estigma histórico que el Raval arrastra desde hace ya siglos"
— Otro aspecto que me ha gustado, es que se hayan grabado tantas escenas en plena calle, en plan cinema verité. Me ha parecido un gran homenaje a grandes como Pontecorvo o el Rovira-Beleta de Hay un camino a la derecha.
— ¡Y José Antonio de la Loma, cuando en sus pelis de quinquis rodaba persecuciones en la Rambla o en la Gran Vía sin cortar ninguna calle! Todo ese cine está, de alguna manera, ahí, aunque Ravalear tiene estructura de thriller actual. Piensa que mi primer trabajo en el cine fue con De nens, la película que Joaquim Jordà hizo sobre el caso de la red de pederastia del Raval. Joaquim venía a comer cada día a Can Lluís. Como ya estaba ciego, después del ictus, yo le leía la carta y poco a poco nos hicimos amigos. Me acuerdo que le estaba llevando un plato de sopa cuando me propuso trabajar con él en aquella producción ¡y me empezaron a temblar las manos! Con esto quiero decir que mi vinculación con todo el patrimonio cinematográfico barcelonés es muy profunda y es algo de lo que estoy muy orgulloso. Me alegra que se note en Ravalear.
— Para la serie has vuelto a contar con Isaki Lacuesta, con quien ya habíais dirigido Segundo premio. ¿Cómo ha sido trabajar juntos en un proyecto que no deja de ser tan personal?
— A Isaki me lo presentó Joaquim Jordà en Can Lluís hace 25 años, y hasta hoy. Siempre hemos trabajado muy bien juntos porque somos ante todo colegas. En Ravalear él dirige conmigo los primeros dos episodios. Los otros cuatro ya los he dirigido yo en solitario. Pero para este proyecto me he rodeado de amigos y de gente con un vínculo emocional con esta historia. Gente que se la cree a fondo porque en parte también es suya. Aunque también te digo que yo, para hacer la serie, me tuve que revestir de una coraza emocional, que me permitiera contar lo que ocurre a los personajes sin lloros y sin caer en una emotividad excesiva. Necesitaba esa distancia para poder exprimir al máximo la historia, para contarla bien.
— La acogida está siendo espectacular, no sólo a nivel local sino internacional. Ravalear ha sido la primera serie española en formar parte de la selección oficial de la Berlinale. Eso quiere decir, en otras palabras, que mucha gente conecta con lo que pasa en la serie. La misma tifa que salpica diferentes ciudades.
— Sí, es un problema que está afectando en todas las ciudades del mundo. Todo esto viene de unas políticas marcadas desde la década de los 70, cuando el señor Reagan y la señora Thatcher decidieron que no podían competir con China y que occidente debía basar sus políticas económicas en el tocho. Y todo esto ha acabado afectando todas las urbes.
En Roma, por ejemplo, Trastevere, que era un barrio popular y trabajador de toda la vida, ha pasado de tener 400.000 habitantes, hace un cuarto de siglo, a tener 24.000. El resto es para turistas: AirBnB, hoteles, alquileres temporales… Y esto mismo ocurre en Londres, Berlín o París.
"Hay un dato escalofriante: el 50% de las compras de bienes inmuebles de los últimos diez años en Barcelona se han hecho sin hipoteca, pagando a tocateja"
— Siempre ganan los mismos: los fondos de inversión.
— A ver, los fondos de inversión en parte son necesarios para que las ciudades crezcan y prosperen, pero no deben tener la posibilidad de abusar tanto como lo hacen. Debería haber alguna forma de control. Y también se deberían impulsar políticas que no fomentaran la especulación y que no beneficiaran de una forma tan clara siempre a los fondos. Por ejemplo, dejar de gravar la compra de primeras viviendas y empezar gravando la de segundas. Hacerlo al revés de cómo se está haciendo ahora.
Mira, hay un dato escalofriante: el 50% de las compras de bienes inmuebles de los últimos diez años en Barcelona se han hecho sin hipoteca, pagando a tocateja. ¿Quién se puede permitir eso? Y, por otro lado, tenemos a los barceloneses acojonados ante cualquier tipo de mejora urbana, porque saben que eso encarecerá su alquiler. ¡Tenemos a ciudadanos que, literalmente, no quieren que el ayuntamiento mejore las calles donde viven porque saben lo que viene después!
— Creo que esta serie deberían verla obligatoriamente todos los que, al menos en los últimos 30 años, han trabajado en el ayuntamiento. Desde alcaldes hasta el último regidor. ¿A quién crees que gustaría más? ¿Y a quién crees que cabrearía más?
— No lo sé y no me interesa, sinceramente. Yo no quiero que la serie forme parte del relato político de ningún partido, sino que forme parte de un relato asociativo y vecinal. Pero bueno, oye, ¡no veo mal la idea de que ex alcaldes y regidores la vieran!
"Yo no quiero que la serie forme parte del relato político de ningún partido, sino que forme parte de un relato asociativo y vecinal"
— ¿Tiene remedio, Barcelona? ¿Tú sigues viviendo aquí?
— Sí, vivo aquí y sí, quiero pensar que tiene remedio. Pero eso pasa por la gente. Nos han inculcado que ir cada uno a su bola nos hace más fuertes y es falso. Lo que hace la fuerza es la unión. Lo único que puede acojonar a los de arriba es la colectividad. De hecho, Ravalear habla, básicamente, de eso: de la fuerza entre los individual y lo colectivo.
