Acodado a la barra, Marià Veloy saborea su cruasán y su café con leche, mientras las notas de I’m only sleeping de los Beatles subrayan la atmósfera somnolienta de las horas matutinas. El Bar está todavía poco concurrido y el escritor escarba en su memoria. “Sobre los dieciséis años yo ya pensaba en la idea de escribir libros. De niño me había enganchado mucho a la lectura y lo de plantearme contar mis historias fue un proceso natural”, rememora. “Tuve la suerte de rodearme de un grupo de amigos que también eran lectores y con los que nos pasábamos el día hablando de libros”. Su mirada color café viaja hacia atrás, y parece estar volviendo a ver las texturas de aquellos días pretéritos.
Para discutible solaz de sus progenitores, aquel chaval que se había enamorado del papel impreso con los Cinco, los Hollister, Tintín o Astérix ---y que a los ocho años se había dado de bruces con la caducidad de las cosas de la vida, cuando su abuelo había fallecido---, decidió, alcanzada la edad para ello, estudiar Filosofía “para entender el mundo y entenderme a mí frente a este”. En su etapa universitaria fue feliz. Estudió algunos hombres y mujeres que han moldeado intelectualmente a la humanidad a través de sus reflexiones, escribió poesía y relato y debutó, de hecho, con el poemario Venas en 1999.
Pero todo lo bueno se acaba. “El problema vino cuando vi que la filosofía no tenía mucha salida profesional”, ríe. Entonces decidió estudiar un posgrado en edición que le abrió “nuevas perspectivas sobre el oficio de leer y de comunicarse con los escritores”. En paralelo, se puso en serio con su primera novela, Könisberg, que vio la luz cuando tenía veinticuatro años. “Aquella primera obra estaba escrita en castellano, pero después de esta viré hacia el catalán ---explica---. Y lo hice por un motivo de carácter emocional”.
La voz de la autoficción
Marià Veloy se define, ante todo, como un editor enamorado de su trabajo, que vive entre libros, textos y la paternidad de una niña de cuatro años “que requiere mucha paciencia, sacrificio y entrega, pero que disfruto muchísimo”. Sigue viéndose como un escritor que lo es en su tiempo libre, a pesar de lo cual, en los últimos años, ha deshornado diversas obras como las novelas Contra els homes d’acció, El món comença, L'equilibri y varios poemarios como El pianista a l'armari o Enforat (premio Ciutat de València de este año).“El pasar del castellano al catalán fue algo necesario, porque empecé a trabajar con un personaje de autoficción muy basado en mi vida y mi forma de ver las cosas”, argumenta, dando cuenta del último trozo de cruasán. Un personaje que tenía su voz, que usaba las palabras que él usa para designar las cosas del mundo y de la vida. “Emocionalmente, me era mucho más cercano que se expresara en catalán”, apostilla.
Se entiende bien al echar un vistazo a su recién publicado nuevo libro, Leverkusen 88 (AlRevés), una novela protagonizada por su alter ego donde el fútbol es algo más que un deporte, los lugares son algo más que espacios físicos demarcados por unas coordenadas geográficas y la memoria, la obsesión, la nostalgia y la moral son esos hilos que atraviesan el espacio-tiempo uniéndolo en un relato de derrotas, alegrías, deseos, pérdida y afectos.
Un libro que refleja un camino que no siempre ha sido fácil y que, en la vida del autor, se condensa en un punto de inflexión claro. “En una pésima coyuntura en la que me hallaba hace años, viajé a Italia, cerca de Bari, y ahí conocí una familia que me habló de no perder nunca la ilusión por lo que se ama, a pesar de los reveses. Y, al final, así lo hice y creo que no he dejado de mantener viva esa ilusión, ese compromiso por aquello y aquellos que amo”. Y sonríe, pensando en la balsámica trascendencia que aquellas palabras tuvieron en su devenir. Y que la impermanencia de las cosas también aplica a aquellas que son malas.
Territorio natural
“Siempre he vivido en Barcelona, es mi espacio natural, mi ecosistema. La gran migración de mi vida ha tenido lugar entre el Eixample derecho y el izquierdo”, explica el parroquiano, para el que la cuadrícula de Cerdà es ese hábitat que le da todo lo que le gusta, “los parques, los hornos de pan, los bares de menú, ese microcosmos de barrio que me encanta”.Aun así, sigue interrogándose sobre “si vivo aquí por una decisión propia consciente o arrastrado por una suerte de inercia”. En cualquier caso, tiene claro que su reto como barcelonés es quedarse aquí “y resistir para no perder la ciudad en favor del turismo masificado y los expats”. Y liquida el último sorbo de su café, antes de sentenciar: “o permanecemos y exigimos herramientas y soluciones políticas a este problema, o Barcelona seguirá muriendo de éxito”.
--- Lo que no hay que permitir que muera, ni de éxito ni de lo otro, es la oferta gastronómica de este Bar… Se acerca la hora de comer y tenemos la cocina ya en marcha…
Mirà Veloy lo pilla al vuelo. Está aquí, ahora. Nada es permanente, ni siquiera los mejores bares. Los Fab Four arrancan con Tomorrow never knows. Tiene que ser una señal, piensa.
Y, sin perder su amplia sonrisa, pregunta:
--- ¿Qué hay hoy de menú?
