EL BAR DEL POST

Fabrizio Acanfora: Romper con el juego de la normalidad

Retrato de Fabrizio Acanfora
Retrato de Fabrizio Acanfora

31 de agosto de 2025 a las 15:28h

“Tendría unos trece años y mi madre me despertó una noche para ver por la tele a un pianista muy bueno. Era Glenn Gould interpretando el Concierto en Sol Menor de Bach y aquello me removió por completo. En aquel instante decidí que lo que yo quería hacer en la vida era tocar esa música”. Fabrizio Acanfora sonríe, tomándose un café mañanero en la terraza del Bar, al recordar una decisión que no le fue nada fácil defender. “Mis padres pensaban que yo iba para ingeniero o algo así, porque mi pasión hasta la fecha había sido construir y arreglar cachivaches electrónicos. De entrada, se opusieron tajantemente a que yo tuviera una carrera de músico”. Sorbe un trago. “¡Fue duro!”, dice.

La infancia de este napolitano había transcurrido entre las inclinaciones artísticas de la rama materna, llenas de poesía, pintura y sensibilidad por la música, y el carácter constructor y práctico de un padre que llevaba la parte técnica de los puertos de la región Campania. “Cuando cumplí 16 años se dieron más o menos por vencidos y me arreglaron una audición con Marisa Carretta, prestigiosa profesora del conservatorio. Si a ella le gustaba como tocaba, entonces podría cursar estudios de música. Si no, no”. Y, claro: a Marisa, a la que Fabrizio considera casi como una segunda madre, le gustó. Mucho.

Aquejado por una eterna e incurable curiosidad por las cosas, durante sus estudios se prendó profundamente por la música barroca y por el clavicémbalo, como instrumento. Su infancia de manitas ayudando al padre (gracias al cual raro era que en casa entrara un lampista o un electricista), lo llevó a montar su primer clavicémbalo. Ahí, además de sus sonidos, empezó a conocer los secretos de sus entrañas. Fue su primer paso como luthier.

Terminados los estudios, tocaba y seguía aprendiendo los misterios del instrumento. Escrutando su cuerpo y alma. “En 2003 me trasladé a Holanda de la mano de Jacques Ogg y ahí estuve seis años, trabajando de luthier, pero también tocando música, grabando y ocupándome de la dirección de producción de varias orquestas”. Ahí conoció al que sería su marido, Maurizio, “un romano que se dedicaba a la estadística epidemiológica, mientras aguardaba a realizar su sueño de pintar”. Tras visitar Barcelona y enamorarse de la ciudad, se mudaron aquí hace dieciséis años, capeando los efectos de la crisis y dando un paso decidido hacia un futuro que iba a deparar muchas sorpresas. Y no todas buenas.

El secreto de mis obsesiones

“En Barcelona abrí un taller de reparación y construcción de clavicémbalos”, explica el parroquiano, que recuerda jornadas laborales maratonianas, “empezando por la mañana y acabando de madrugada”. Pero pronto se le torcerían las cosas. “Mis manos se agarrotaban y me dolían. A veces me era imposible mover los dedos durante días. Me diagnosticaron una enfermedad genética que afecta los cartílagos de las manos y supe entonces que yo ya no podía ejercer de luthier, y tampoco de concertista”. 

Cuando todavía era joven, Acanfora montó su primer clavicémbalo con sus propias manos, y cuando se instaló en la capital catalana decidió abrir un taller de reparación de este instrumento.

Empezó a estudiar musicoterapia, pero tampoco se encontró a gusto. “Me retrotraía a mis tiempos del colegio, cuando yo era infeliz con la presión, los compañeros… Me deprimí muchísimo”. Buscando los motivos de ese malestar, llegó un segundo diagnóstico. “Descubrí que soy autista y eso me hizo ver la luz sobre muchos aspectos que me eran intrínsecos, la obsesividad con lo que me gusta, la capacidad de foco, de trabajar concentrado durante horas olvidándome de todo lo demás, completamente abstraído”. Y con aquel (auto)descubrimiento, nació un nuevo Fabrizio Acanfora.

“Durante una temporada, y si bien no lo terminé, fui coordinador del máster de musicoterapia, pero me puse a estudiar a fondo cosas relacionadas con la neurodivergencia y al cabo de poco saqué mi pxrimer libro, Eccentrico, que gozó de cierto éxito en Italia y ahora saldrá traducido al griego”. Aquel fue el primero de una serie de libros que le encumbran como referente filosófico y sociológico, como Rompere il gioco, “donde crítico ciertas dinámicas del activismo en redes que pueden convertirse en un falso activismo” o L’errore, “una historia de la normalidad como constructo que responde a intereses del capital”. Él, más que nadie, sabe qué es no jugar a ser normal, ni maldita falta que hace.

Acanfora decidió indagar sobre la neurodivergencia y, al poco tiempo, publicó su primer libro Eccentrico.

Combina esta faceta de ensayista y agitador con su trabajo para Specialisterne, empresa que ofrece formación y empleo a personas autistas en el campo de las tecnologías de la información y la museística. “Además ---advierte---, estoy trabajando en la escritura de la que será mi novela de debut”. Una agenda más bien apretada.

Conservar el espíritu de convivencia

“Vinimos aquí en 2009 y nos acabamos de comprar un piso. Barcelona es la ciudad donde hemos elegido vivir y mi relación con ella es muy buena, claro”, explica el artista que espera el día en que su obra se empiece a traducir al castellano y catalán. Además ----confiesa--- se siente más a gusto en el Raval “con todos sus problemas” que en un Eixample “que para mí es demasiado burgués”.

Encantado del espíritu de convivencia de una ciudad que acoge, tiene claro que su peor enemigo es “la gentrificación, la arrogancia de quienes vienen de fuera a especular sin el menor interés por conservar le tejido social de la ciudad. O, peor, quienes siendo de aquí alimentan esa forma de matar la convivencia”. Sorbe las últimas gotas de su café. “En todo caso, es un fenómeno que afecta a todas las metrópolis europeas y no sólo”, añade.

Actualmente Acanfora combina esta faceta de ensayista y agitador con su trabajo para Specialisterne, empresa que ofrece formación y empleo a personas autistas. 

---- Algo que no se puede encontrar en ninguna otra ciudad europea es nuestra oferta gastronómica, por si quieres comer algo, que ya es hora.

Fabrizio Acanfora no duda. “Una cosa que me encantó de Barcelona cuando llegué aquí son las tapas, la posibilidad de compartir pequeñas raciones de comida”, explica. 

--- ¡Pues volando unas tapitas!

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