Existe una inercia en el mundo de la gestión que nos empuja hacia la resolución inmediata. Premiamos la respuesta rápida y el parche que parece cerrar un debate en cinco minutos. Es una reacción comprensible: la incertidumbre genera una incomodidad que solo parece aliviarse con una decisión. Sin embargo, a menudo nos lanzamos a ejecutar soluciones antes de haber entendido realmente qué estamos intentando resolver, y es ahí donde reside el verdadero riesgo.
Esta reflexión es el driver que guía mi manera de entender el entorno y de tomar decisiones. Conecta con una máxima de Uri Levine, cofundador de Waze, que he adoptado como principio fundamental: “Love the problem, not the solution”. No es un eslogan, es una cuestión de perspectiva. Cuando nos enamoramos de una solución, ya sea una tecnología o un cambio de modelo, u otra cosa, nos volvemos rígidos y perdemos la capacidad de escuchar las señales del entorno. En cambio, poner el foco en el problema otorga algo mucho más valioso: la resiliencia para pivotar cuando las circunstancias cambian.
Esta capacidad de resistencia ante la salida fácil es hoy más relevante que nunca debido a la inteligencia artificial. Vivimos en la era de la respuesta instantánea. La IA puede darnos soluciones optimizadas en milisegundos, pero sigue siendo incapaz de hacernos las preguntas que realmente necesitamos. Es un acelerador de ejecuciones, pero no un detector de propósitos. Puede optimizar una ruta, pero no nos dirá si ese es el destino al que deberíamos dirigirnos. En este contexto, enamorarse del problema es reivindicar nuestro propio criterio; es la capacidad de silenciar la maquinaria para preguntar si estamos ante el desafío adecuado.
"Ese equilibrio entre el seny del análisis y la rauxa del impulso es lo que nos convierte en un polo de innovación"
El valor diferencial hoy no reside en competir en velocidad con el algoritmo, sino en la capacidad para formular la pregunta que nadie ha hecho todavía. Una pregunta bien planteada ya contiene la mitad de la respuesta. No se trata de cuestionar por incomodar, sino de ejercer una curiosidad que señale lo que solemos omitir por inercia. Saber interrogar la realidad es la herramienta más sofisticada para evitar que los errores invisibles se vuelvan sistémicos.
Esta mentalidad de reinvención es, además, una seña de identidad muy barcelonesa. Si algo define a nuestra ciudad es su capacidad histórica para no conformarse con lo heredado. Barcelona es un ecosistema que ha sabido "enamorarse de sus problemas" para transformarlos en activos de futuro. Un ejemplo claro es la transformación del 22@ en el Poblenou: el reto no era simplemente construir oficinas, sino preguntarse cómo integrar la tecnología en un tejido industrial histórico para crear un nuevo modelo de barrio. Ese equilibrio entre el seny del análisis y la rauxa del impulso es lo que nos convierte en un polo de innovación. Aquí existe una cultura compartida de analizar los retos desde diferentes ángulos antes de abrazar los proyectos, buscando salidas que sean sólidas y duraderas.
Al final, lo que hace avanzar a una organización es la apertura constante a dejarse sorprender por la complejidad de los retos. Solo cuando dejamos de buscar la salida rápida y entendemos el desafío en toda su dimensión, apoyándonos en la tecnología pero sin delegar en ella nuestro juicio, aparecen las soluciones que realmente transforman nuestra manera de entender el mundo. La calidad de nuestras respuestas siempre estará limitada por la profundidad de nuestras preguntas, y es precisamente en esa búsqueda donde tenemos hoy nuestra mayor oportunidad de aportar valor.