En casa con Matisse

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Hasta el 13 de agosto, CaixaForum Barcelona acoge una exposición dedicada al artista y a su influencia y legado en el arte contemporáneo

18 de abril de 2026 a las 00:45h

Todavía no me ha pasado que haya salido de una visita a CaixaForum Barcelona, sea para visitar una exposición, asistir a un ciclo de conferencias, un concierto o cualquier otro evento, y me sienta indiferente. Y no solo es la arquitectura de Casa Ramona, sino la sensación de que me llevo algo conmigo que antes no traía. Eso, a pesar de poder confesar que no todas las exposiciones a las que he ido me han gustado.

Pero adentrarse en la propuesta de Chez Matisse. El legado de una nueva pintura es, desde el primer instante, un ejercicio de apertura, incluso ligereza diría, pues lo primero que sorprende al visitante no es solo el estallido cromático del genio francés, sino la inteligente arquitectura de la propia exposición, donde las paredes no llegan al techo, permitiendo que el aire y la mirada circulen por encima de las estructuras y generen una sensación de amplitud poco común en las muestras de este estilo.

Este diseño espacial, que parece emular la libertad compositiva del propio artista, otorga un protagonismo absoluto a las obras, que flotan en un ambiente de amplitud y calma, reforzado por la elección de un tono salmón suave para los fondos que, lejos de competir con la paleta de Henri Matisse, actúa como un abrazo cálido y constante, un contraste acogedor que invita a la contemplación pausada y que para nada resulta perturbador, sino más bien un bálsamo para la retina.

La exposición, fruto de la colaboración entre el Centre Pompidou y la Fundación "la Caixa", se despliega como una casa abierta —de ahí ese título tan sugerente de Chez Matisse— donde el maestro no solo habita, sino que recibe a una constelación de 45 obras propias y 49 de otros artistas en un diálogo que ilumina un siglo entero de vanguardia.

Existe una belleza particular en la dualidad de visitar esta muestra bajo prismas distintos. En un primer encuentro un día de bullicio, con mis hijos, me permití redescubrir a Matisse a través de la pureza de la pincelada y la honestidad de los colores primarios, despojando al arte de su armadura intelectual para hablar simplemente de sensaciones, de los objetos cotidianos que pueblan los lienzos y de cómo una mancha de color puede evocar un estado de ánimo.

Es en esa mirada infantil donde la decoración, término que Matisse nunca temió y que defendió con orgullo, recupera su sentido más noble: como él mismo decía en 1945, lo decorativo es una cualidad esencial que propaga alegría y nos aligera la vida. Al observar con mis hijos los elementos que aparecen en los cuadros, recordaba que Matisse nació en una familia de tejedores y comerciantes de pigmentos, algo que explica su dominio casi genético de la textura y su capacidad para alcanzar esa compleja simplicidad que tanto nos fascina.

Matisse nació en una familia de tejedores y comerciantes de pigmentos, algo que explica su dominio casi genético de la textura. © Fundación la Caixa

Sin embargo, al regresar en la quietud de una compañía adulta, el discurso se transforma y se vuelve más denso, permitiendo que la charla derive hacia la construcción del volumen, la síntesis del paisaje y esa pulsión casi física de querer traspasar el lienzo para pasear por el puerto y las playas de Collioure.

Es imposible no establecer un paralelismo íntimo entre esas ventanas al mundo que Matisse pintaba desde su piso de París —esas “puertas-ventana” que son umbrales entre lo íntimo y lo inquietante— y la propia ventana desde la que hoy observo la Ronda Sant Antoni de Barcelona mientras redacto estas líneas; una conexión que atraviesa el tiempo y el espacio, recordándonos que el arte de Matisse es, ante todo, una forma de mirar lo que nos queda al otro lado del cristal.

"La pintura no es solo lo que está dentro del marco, sino aquello que se propaga a su alrededor y que nos permite, al menos por un instante, sentir que el mundo es un lugar mucho más cálido y ligero"

El recorrido cronológico, dividido en ocho apartados, nos lleva desde los inicios sombríos bajo la influencia de Gustave Moreau hasta la explosión del Fauvismo, donde la paleta se vuelve incandescente tras el contacto con el Mediterráneo. Me impresionó ver allí La Moulade, esa obra que actuó como catalizador de su revolución artística y que hoy parece conservar todavía el calor del sol de 1905.

Pasear por las salas de esta muestra es ir encontrándose con nombres que solemos visionar en libros de arte y que aquí se presentan como compañeros de fatigas y experiencias: la fuerza de André Derain, la intimidad casi húmeda de los baños de Marthe de Meligny pintados por Pierre Bonnard, el dinamismo del matrimonio Sonia Delaunay y Robert Delaunay o la mirada salvaje de Maurice de Vlaminck. Pero quizás lo más enriquecedor sea la introducción de la mirada femenina a través de figuras como Sonia Delaunay, Natalia Goncharova o Françoise Gilot, quienes aportan una reflexión necesaria sobre los límites de la pintura y el lugar de lo femenino.

Es fascinante ver cómo Matisse, ese hombre que necesitaba “pisar tierra antes de lanzarse”, según el historiador Pierre Schneider, fue capaz de conectar con las vanguardias alemanas de Ernst Ludwig Kirchner y Emil Nolde, buscando siempre un fundamento emocional para el arte, porque, al fin y al cabo, para él el arte moderno no era otra cosa que un “arrebato del corazón”.

Salgo de la muestra con una extraña mezcla de paz y anhelo. © Fundación "la Caixa"

Especial mención merece el periodo de las guerras, cuando su paleta se oscurece y Matisse se obsesiona con el motivo de la ventana, un eco que resuena en las obras de Kees van Dongen o František Kupka, y donde el color negro empieza a funcionar como una fuente de luz propia, el famoso negro luz que descubrió en Collioure en 1914.

"Al final del recorrido, una siente que se ha movido no solo por la evolución de un lenguaje pictórico, sino por los tránsitos vitales de un hombre que supo encontrar la calma en mitad de la tormenta del siglo XX"

Al ver sus retratos de Greta Prozor o Auguste Pellerin, con esos halos fantasmales que rodean a las figuras, se percibe esa transferencia de energía entre el artista y el modelo, una empatía que también encontramos en la obra de Gilot, quien compartía con Matisse esa ternura hacia los objetos cotidianos, a diferencia de la personalidad imponente y transformadora de Pablo Picasso, cuya sombra también planea por la exposición en un duelo de naturalezas muertas que es pura historia del arte.

La parte dedicada a los papeles recortados (gouaches découpés) y su uso en publicaciones es, sencillamente, el triunfo de la voluntad sobre el dolor. Es conmovedor pensar que, cuando la enfermedad le obligó a abandonar los pinceles, Matisse no se rindió, sino que transformó las tijeras en su nueva herramienta de dibujo, recortando directamente sobre el color para resolver el eterno conflicto entre línea y superficie.

Pasear por las salas de esta muestra es ir encontrándose con nombres que solemos visionar en libros de arte. ©Fundación "la Caixa"

Las veinte láminas de la serie Jazz que se exhiben en CaixaForum son un testamento de hedonismo y vitalidad; un mundo luminoso construido desde la privación física que acabó influyendo incluso en el arte pop y en creadores contemporáneos como Daniel Buren. Ver esas formas depuradas hasta lo esencial te hace comprender que Matisse no decoraba paredes, sino que inventaba una nueva forma de habitar el espacio, algo que se palpa en el área de mediación donde el visitante puede, por un momento, emular ese proceso creativo y dar rienda suelta a su propia imaginación, un acierto total para que el arte deje de ser algo sagrado y se convierta en algo táctil y participativo.

Al final del recorrido de Chez Matisse. El legado de una nueva pintura, una siente que se ha movido no solo por la evolución de un lenguaje pictórico, sino por los tránsitos vitales de un hombre que supo encontrar la calma en mitad de la tormenta del siglo XX. Salgo de la muestra con una extraña mezcla de paz y anhelo. Siento que quiero escaparme unos días a Collioure, transitar por sus calles empedradas, sentarme en un café por la tarde y ver cómo el sol se pone en su puerto, tiñendo el agua con esos colores que Matisse me enseñó a ver. O quizás, simplemente, me baste con asomarme de nuevo a esa ventana que me muestra Barcelona, un domingo cualquiera en el barrio de Sant Antoni, y descubrir que cualquier paisaje, si se mira como nos enseña el maestro, siempre tiene algo nuevo que mostrarnos. Porque como bien se siente en estas salas, la pintura no es solo lo que está dentro del marco, sino aquello que se propaga a su alrededor y que nos permite, al menos por un instante, sentir que el mundo es un lugar mucho más cálido y ligero.

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