Un libro, una canción, una melodía, pueden resucitar creadores, mensajes de quien ya no está. Y en las manos de Mireia y Joan Miquel esto ocurre siempre, al unísono. Veinte dedos subiendo y bajando los pequeños niveles que separan, en cada tecla, el sonido del silencio. Así surge el espectáculo de Nexus Piano Duo, el nombre que hermana, fusiona, compacta y presenta una pareja de pianistas a cuatro manos. Deleitan a la audiencia, un público más fiel cuanto más los conoce, los oye tocar y disfruta, de manera individual también, justamente gracias a la discografía que van produciendo.
Los cuatro discos que ya han editado son cruceros, transatlánticos de emociones. Van haciendo escala en diferentes épocas a través de la escritura musical de autores diversos. Son el altavoz del trabajo de compositores que, de otra forma, serían solo composiciones efímeras, como todas aquellas piezas compuestas para piano que solo se pueden oír en un concierto o en audiciones privadas. Joan Miquel y Mireia han querido que sus discos sean la conexión de autores más o menos conocidos por el público general, pero al alcance en soporte físico, para acompañar veladas en casa, mañanas relajadas de domingo o momentos de trabajo. El sonido de piano puede ser aquel masaje sonoro para nuestras neuronas, en cualquier momento del día y de la vida. Y, en este caso, son el latido de emociones inspiradas en otros momentos de la historia.
Las pausas, las notas, sostenidas, breves, largas, rápidas y más lentas van haciendo el camino de la música en las manos de esta pareja que hacen pasear las teclas a la vez. En el año 2000, cada uno dejó Barcelona para ir a aprender piano junto a un profesor referente, una eminencia que los tuvo a los dos como alumnos, sin que se conocieran. Hasta que, un día, se cruzaron saliendo de clase.
De hecho, había sido aquel mismo profesor, Leonid Sintsev, que había dado clases en la ESMUC, en Barcelona, quien espoleó, por separado, tanto a Mireia como a Joan Miquel, para ir a perfeccionar el arte de tocar el piano en Rusia. Ambos siguieron el consejo del profesor. Y aquel año que empezaba el siglo XXI, saliendo uno y entrando el otro en las clases particulares de piano con Leonid Sintsev, profesor en el conservatorio de San Petersburgo, surgió la chispita de una historia que trenzaría trayectoria personal y profesional entre ambos.
En el conservatorio de San Petersburgo -ciudad estos días bombardeada-, los lavabos eran comunitarios, pero en cada habitación cada alumno tenía un piano. En una de estas, fue donde Mireia y Joan Miquel tocaron juntos por primera vez a cuatro manos. Fue una sonata de Mozart. Aprovechaban la ventaja del carné del centro para ir, cada día, a un concierto, una ópera o un ballet. Recuerdan aquel tiempo como una época extraordinaria.
La de ahora, también la recordarán con muy buen gusto. Han hecho ya cuatro discos y no han dejado nunca de celebrar conciertos por todas partes: en la agenda que van actualizando en su web, van anunciando allí donde aterrizan sus cuatro manos coordinadas: en Valls, en Vilafranca, en Barcelona, donde sea. El próximo mes de noviembre irán a presentar su último disco, Emotio, en la Schola Cantorum de París, una escuela de música con ciento treinta años de historia.
Emotio es para ellos un disco tan o más especial que los anteriores, porque lo grabaron en el Petit Palau, con Andrea de Leonardis, un ingeniero de sonido especializado en la grabación, edición y postproducción de música clásica, instrumental y coral. Este trabajo de Mireia y Joan Miquel lleva a redescubrir la música catalana para piano a cuatro manos. Tal como explican en su presentación, “es un viaje sonoro a través del piano a cuatro manos, un género íntimo y a la vez expansivo que invita a compartir la experiencia de la música en su esencia más humana: el diálogo y la complicidad”.
De eso son expertos. Su compenetración para interpretar cada partitura conjuntamente es su escuela de diálogo y complicidad. También de muchas horas de estudio y ensayo, que, sin embargo, se acompaña siempre de aquella ilusión que traspira todo lo que se crea. Con el lenguaje de la música y esta emoción se ha tejido, naturalmente, la armonía de esta pareja, que son padres de un chico y una chica, ahora adolescentes que, solo de oído, con todo el piano que han oído en casa desde que nacieron, y las orientaciones de los padres -que son profesores de piano-, aprendieron a tocar. “Uno de ellos sí que quiere dedicarse a la música, pero con la guitarra eléctrica, que ya toca”. Dicen, además, que sus hijos son sus más grandes críticos, por este buen oído tan entrenado, “saben que allí no has hecho la nota que oyen cada día”, comenta Mireia.
Música en casa y en el aula
A medida que se hacen mayores, van siendo más conscientes del valor de tanta riqueza musical en casa. “A veces nos paran fans por la calle, y nos dicen: sois famosos”. Saben que su público es muy concreto, “gente mayor más que jóvenes, señoras que van a conciertos de clásica”. Pero, de vez en cuando, se sorprenden: “Un día estábamos en Barcelona en una cafetería y un chico nos vino a decir: vosotros sois Nexus piano, ¿verdad? Me encanta cómo lo hacéis, vengo a vuestros conciertos. Y también se lo explicamos a nuestros hijos. Que te reconozcan por la calle es muy bonito”, dice Joan Miquel. En realidad, añade, “lo que te gusta es que llegue a todo el mundo a quien le pueda interesar. Ya sabemos que trabajamos para un público pequeño, porque tocamos música clásica, pero que pueda llegar tanto nos enorgullece”.
De alguno de sus alumnos también celebran los éxitos. “Es muy satisfactorio ver que alguno de ellos ha acabado triunfando y lo hemos dejado muy bien situado”, dicen. Como músicos y profesores de piano, saben que la música enseña a esforzarse, a estructurar la mente, disciplinarse y crear.
Sobre las preferencias de compositores, explican que les gusta todo, pero que se han especializado en los autores de los siglos XX y XXI, como Stravinski, Ravel, Shostakóvitch, Gershwin y en músicos catalanes actuales como Josep Soler.
Catalanes son también los siete compositores de las obras de su último disco, Emotio: Moisès Bertran, Narcís Bonet, Francesc Civil, Robert Gerhard, Marc Migó, Josep Soler y Mariona Vila. “Creemos que es nuestra responsabilidad, valorar la música silenciada de los compositores de aquí para que, en algunos momentos, puedan salir a la luz. Porque siempre parece que lo que viene de fuera es mejor y no, hay que pulir y redescubrir los trabajos catalanes”. Y puntualizan que hacer un disco también es la voluntad de construir memoria musical, grabando partituras que en otro tiempo se tocaban en las casas y con amigos, para crear un libro sonoro.
Explican que siempre han tenido amigos compositores, “eso es algo natural de los intérpretes. Los compositores necesitan intérpretes. Por eso nos envían mucha música de la que hacen, aunque nosotros no siempre damos abasto, pero siempre nos hacen saber lo que han compuesto y con ellos se establecen relaciones, interacciones bonitas”. Así pues, los discos los hacen con obras de compositores catalanes, aunque en los conciertos, los grandes reclamos de oído como Mozart, Bach, Schumann y Ravel también suenan.
Desde hace dos años, además de compartir vida personal, tiempo de estudio y ensayos al piano y conciertos, Mireia y Joan Miquel también trabajan en el mismo conservatorio, el Conservatorio de música de Badalona, como profesores de piano clásico. Dicen que “la demanda de estudiar piano no ha bajado, incluso ha aumentado”. Pero ahora, reconocen que los jóvenes tienen muchas opciones de entretenimiento y formación y que, “una cosa es los alumnos que quieren hacer piano y, la otra, la gente que va a un concierto. Sobre esto, todavía hay mucho trabajo por hacer. “A los alumnos les encanta la música, los que vienen al conservatorio quieren tocar el piano, pero que haya la educación en casa de que vayan a un concierto, eso es otra cosa. En nuestra época, con solo dos canales en la tele, y sin móvil, era otra historia”. Y, además, reconocen que “ir a conciertos, con el 21% de IVA es caro. Pero nuestro trabajo es que a quienes empiezan de pequeños les creemos el gusto para que después, en un futuro, sean consumidores de música, que vayan a conciertos”.
Sin obviar esta punzante situación del alto precio de la cultura en nuestro país, para ellos es un privilegio poder dedicarse a ello. “Levantarte cada día y poder estudiar, pensar en música y hacer música es un gozo. Dedicarnos a esto es magnífico, nos dan la oportunidad de tocar, nos dejan expresar, nuestra profesión es muy bonita. La volveríamos a escoger”.
Con esta vida donde uno y otro se convierten, prácticamente la sombra del otro, para entenderse -dicen- “no nos hacen falta las palabras”. Y en los conciertos, la soledad del pianista delante de miles de personas, en algún caso, ellos no la viven. Todo es sentarse y seguir haciendo... como en casa.
