En las comarcas de Barcelona, el aceite de oliva vive una nueva etapa. Se recuperan antiguas variedades que habían quedado en el olvido y se reivindica su singularidad en un mercado globalizado que a menudo uniformiza gustos y procesos. Este renacimiento no solo responde a la voluntad de preservar el patrimonio agrícola, sino también al deseo de ofrecer al consumidor productos con más identidad y arraigo en el territorio.
Paralelamente, el oleoturismo ha crecido como una experiencia que va más allá de catar un buen aceite: es dormir en una masía rodeada de campos, aprender los secretos de la producción, adentrarse en una cata comparativa de aceites y descubrir maridajes con productos locales. Un conjunto de propuestas que convierten el aceite en hilo conductor para vivir, entender y disfrutar del mundo rural.
De legado familiar a proyecto de vanguardia
En este contexto, la Masía Can Viver, situada en Bigues i Riells, es uno de los ejemplos más significativos. Desde esta finca histórica, Rosa María Pérez y su marido han sabido transformar el legado agrícola familiar en un proyecto que conecta paisaje, producto y cultura. Con una mirada que combina conocimiento, sensibilidad y compromiso con el territorio, representan una nueva forma de entender el mundo del aceite: desde el respeto a la tierra hasta la experiencia compartida con el visitante.El origen de la iniciativa se remonta a 2004, cuando la pareja decidió relanzar la masía familiar, documentada desde el siglo XII. Primero restauraron la casa y plantaron olivos para reactivar la actividad agrícola y darle una nueva proyección. “A los cuatro años ya elaborábamos aceite en el molino del pueblo y vendíamos las primeras botellas”, recuerdan. La formación continua —en Catalunya, Madrid e incluso en la Toscana— y el contacto con otros modelos de oleoturismo les llevaron a replantear el proyecto.
“Nos dimos cuenta de que no bastaba con hacer un buen aceite: había que contar bien la historia que lo sostiene. Primero, lograr un aceite excelente; después, diseñar una visita para que la gente entendiera qué estaba comprando y consumiendo”. En octubre de 2016 dieron el paso decisivo: compraron un pequeño molino propio. “Sin él, nunca llegaríamos a un aceite a la altura”. Un año después, en 2017, obtuvieron su primer premio en el ITQI de Bruselas.
La cata como herramienta de conocimiento
Con la voluntad de compartir todo lo que habían aprendido, comenzaron a recibir visitantes y a diseñar una experiencia que fuera más allá de la teoría. “La gente tiene derecho a saber qué es un aceite de oliva, qué es un aceite virgen o de orujo de oliva, qué significa que sea prémium o qué implica que sea virgen extra… Todo esto no se explica”. Por eso, crearon una propuesta que combina conocimiento, cata y una mirada crítica sobre lo que realmente hay en el mercado.La visita comienza en los campos, donde se habla del cultivo y la cosecha, continúa en el molino —una pieza clave para asegurar la calidad— y culmina con una cata guiada de cuatro aceites. Pérez subraya la importancia de tener el molino en la propia finca: “Si quieres un virgen extra, tienes que moler las aceitunas en menos de 24 horas. Yo, en casa, a las dos horas ya estoy moliendo”. Este control les permite preservar las propiedades del aceite y priorizar la calidad sobre la cantidad. “Los molinos industriales operan a gran volumen; yo no busco cantidad, busco calidad”, apunta.
Uno de los momentos que más impacta a los visitantes se produce durante la cata comparativa. “Preguntamos cuál de los aceites se parece más al que tienen en casa. Y casi todos señalan el mismo: el aceite de oliva. Pero eso no es un zumo de aceituna, sino un aceite refinado que, en origen, no era apto para el consumo”. Esta toma de conciencia es uno de los objetivos centrales del proyecto: mostrar que la diferencia entre aceites no es solo de paladar, sino también de calidad y valor nutritivo.
La variedad vera: picante, amarga y auténtica
Uno de los rasgos que diferencia a Can Viver es la apuesta por la variedad vera, propia del Vallès. La comarca celebra en la segunda quincena de enero la Fira de l’oli de Bigues i Riells, precisamente con la variedad vera como protagonista.Pérez explica que trabajar con esta variedad implica un gran compromiso: “Para lograr la calidad que buscamos, llegamos a sacrificar hasta el 50% de la cosecha”. Su trabajo pionero ha contribuido a recuperar y poner en valor esta variedad. “Es espectacular, con un punto amargo y picante que antes se disimulaba mezclándola con arbequina. Nosotros la trabajamos tal cual es, porque ese carácter la hace más rica en antioxidantes y propiedades antiinflamatorias”.
La cata se acompaña, además, de productos de proximidad. El objetivo es que la gente aprenda y se lo pase bien, pero sobre todo que se lleve un recuerdo imborrable. “Lo que pruebas, lo que sientes y cómo te hace sentir un lugar es lo que se queda en la memoria”. De hecho, muchos visitantes acaban estableciendo un vínculo más personal del que podría esperarse de una simple visita. “Dejan de ser unos clientes para pasar a ser alguien más. Muchos han pasado a ser amigos”.
Más propuestas en l’Anoia, el Bages, el Baix Llobregat y el Vallès Occidental
Más allá del Vallès Oriental, las comarcas de Barcelona reúnen numerosas propuestas de oleoturismo que combinan naturaleza, patrimonio y gastronomía. En l’Anoia, el Molí d’Oli Can Gibert —molino centenario situado en el Parc Agrari de la Conca d’Òdena— cultiva la variedad autóctona vera del Montserratí. En el Bages se elaboran aceites de corbella y vera del Montserratí; además, puedes dormir entre olivos en el Celler Migjorn o recorrer en 4x4 viñedos y barracas de piedra seca en Oller del Mas, completando la experiencia con catas de vinos y aceites.En el Vallès Occidental, Can Morral del Molí cultiva la variedad autóctona becaruda; y en el Baix Llobregat destaca el aceite de Olesa de Montserrat, elaborado en un molino que abre sus puertas durante la campaña de cosecha. En junio, Olesa de Montserrat celebra la Fira de l’oli, l’artesania i el comerç.
Todas estas experiencias comparten un mismo hilo conductor: la voluntad de redescubrir el aceite como expresión del territorio. Desde caminar entre olivos y respirar el aroma del campo hasta ver el molino en funcionamiento o participar en una cata comparativa, cada gesto permite entender mejor la relación entre paisaje, cultura y producto. El aceite de oliva virgen extra se convierte así en mucho más que un alimento: es un legado vivo que explica una forma de vivir y de entender la tierra.
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