Currentzis: ¿genio o narciso?

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27 de octubre de 2025 a las 18:34h

Un concierto es un acontecimiento sonoro y corporal único. que trasciende no sólo por aquello que ocurre en un escenario, sino sobre todo cuando lo vivido deviene memoria convirtiéndose en filosofía. Desde esta perspectiva, y contra la tentación de acercarse al arte como algo únicamente gozoso, una velada musical como Dios manda también debería hacer sufrir e incomodar; lo único importante, en definitiva, es que nos excite el pensamiento. Esto puede aplicarse a lo que quizás fue uno de los conciertos más importantes del último lustro en Barcelona, ​​la händelada del director Teodor Currentzis en el Palau de la Música Catalana liderando su formación musicAeterna y un competente grupo de solistas de la Academia Anton Rubinstein, y el adjetivo posesivo debe recalcarse aquí más que nunca, porque  el director grecoruso ha construido una máquina que vive a su servicio, como si además de hacer música estuviera regida únicamente por el objetivo de placerle.

Justo cuando empezó el invento ---con el aria "Augelletti, ruscelleti" de La Resurrezione, HWV 47 y el posterior y archiconocido coro "Zadok, the priest"--- a servidor le entró un pequeño ataque de vergüenza ajena viendo como Currentzis, a quien ya le conocíamos cierto histrionismo gestual cuando asciende al podio de su ego, dirigía a los cantantes prácticamente agarrado a su garganta, rodeándolos como un danzarín juguetón, dirigiendo la mirada casi tanto al público como a la orquesta, todo ello mientras la masa de sus coristas complementaba el tejido musical con una gestualidad operística prototípica de los años setenta. La pregunta importante de este concierto es cómo el oyente escéptico, de sorprenderse con el narcisismo de dicho individuo con una conciencia sobrada del propio talento (conste que en casa, por motivos obvios, la gente chulesca siempre nos ha caído la mar de bien), puede acabar la velada con ganas de saltar de la butaca bailando “Sing ye to the Lord” como si estuviera ante los mismísimos Judas Priest.  

La apelación a la música popular-roquera no es banal, empezando por el hecho de que la propuesta de nuestro bad boy (oportunamente ataviado como una estrella metal) no deja de ser una lista de Spotify de los highlights del compositor de Halle, servidos en una urdida continuidad dialéctica entre la intimidad de las arias más endulzadas y la traca de piezas como Alla hornpipe de la segunda Water music, disparada con una musculatura de acentos y ritardandi morbosamente pornográfica. En este sentido, cabe pensar que Currentzis no inventa nada que no hayan ensayado Gardiner, Pinock y compañía; simplemente, lo radicaliza hasta un punto de teatralidad que bordea muy sabiamente el kitsch y el exhibicionismo. Pero, por otro lado, cuando el conservador particular que tenemos dentro comienza a dudar del valor de esta propuesta, el director ya ha preparado un nuevo golpe de efecto sonoro con un grupo de músicos que, por ahora, no tiene rival en calidad de sonido.

Corrijo rápidamente (ya veis que hoy yo también respiro de ciertos contrastes), porque la propuesta musical de este continuo händeliano no sólo se base en el arte del truco. Diría que Currentzis muestra a su genio musical, por encima de florituras mucho más pasables, cuando se manifiesta capaz de adaptar el timbre de su orquesta a la voz del solista que tiene delante, con una adecuación que es de otro mundo. A su vez, como ya demostró en sus famosas grabaciones de la trilogía Mozart-Da Ponte, el maestro es capaz de detener el tiempo incomparablemente ralentizando el transcurso de fragmentos del tipo “He saw the lovely youth” de Theodora como si la emisión ocurriera dentro de la cámara lenta de una coda mahleriana. El problema, dirán los puristas, es que toda esta gama de recursos sólo se realiza basándose en la propia áurea, no en honor al gran Händel. 

Servidor, poco amigo de las terceras vías, respondería que todo el mundo tiene algo de razón. Currentzis ha adoptado la figura de una estrella, esto es innegable, pero ésta ha sido su vía posmoderna para crear una máquina perfecta de solistas que tiene un efecto tan persuasivo en el público como los orgasmos que parecía experimentar la espléndida concertino (en todos los sentidos) Marina Katarzhova. ¿Esto implica que se acabe pasando olímpicamente de las obras en cuestión? Diría que no, porque esta cata tan cercana a la playlist también puede ser ocasión para que el melómano menos sesudo se aproxime a la totalidad de las obras del músico que se interpreta, unos oratorios y óperas que ---de darse en toda su extensión, por muy bien que se proceda--- provocarían ostensibles bostezos en la audiencia. En cualquier caso, diría que la trascendencia de este concierto se basa en hacer emerger tantos interrogantes de interés.

¿Asistí a un gran concierto, pues? La respuesta sería algo parecido a “no tengo ni puta idea”, pero sé que ---como diría la filósofa Kylie Minogue--- no puedo quitármelo de la cabeza. 

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