Rakel Camacho presenta Las amargas lágrimas de Petra Von Kant en el Teatre Romea, una adaptación de la mítica obra de teatro de Rainer Werner Fassbinder que, años más tarde, fue adaptada al cine consiguiendo un gran éxito entre público y crítica. En la ciudad condal, la pieza regresa a su versión original: sobre la escena, con actrices en directo y la tensión dramática como eje vertebral de la narración.
Pero, en esta ocasión, Camacho ha optado por un cambio en el final de la obra original: nos ofrece un cierre menos esperanzador que el que creó Fassbinder, en el que se apuesta por mostrar la soledad que podemos encontrarnos cuando dejamos de ser “maniquíes” y optamos por ser personas humildes, honestas y auténticas en la vida.
Rainer Werner Fassbinder, el genio detrás de esta ficción
El autor de Las amargas lágrimas de Petra Von Kant, Rainer Werner Fassbinder, fue un prolífico artista alemán que trabajó como dramaturgo, director de cine y de teatro y productor. Es considerado como uno de los representantes más importantes del nuevo cine alemán de los años 60 y 70 y su tema predilecto es el de las emociones humanas, representadas sobre todo en el amor, la amistad, la identidad y las relaciones entre las personas.Su carrera comenzó en el mundo del teatro; de hecho, en sus primeros diez años llegó a producir más de 30 obras teatrales, entre las que destacan títulos propios como Gotas de agua que caen sobre piedras ardientes (Tropfen auf heisse Steine) o, la que se está presentando ahora en Barcelona, Las amargas lágrimas de Petra von Kant (Die bitteren tränen der Petra von Kant). Se trata también de una obra original de Fassbinder que, teatralmente, fue dirigida por Peer Raben. Consiguió un gran elogio internacional gracias a su retrato del desamor romántico de la mano de una mujer que nos habla sobre la soledad, la dominación y la pasión entre mujeres.
En 1972, el mismo Fassbinder la llevó al cine. Para la adaptación, optó por cambiar de estilo artístico: pasó de su influencia por la Nouvelle Vague de sus primeros años, a una tendencia en la que se evitaba el sentimentalismo para apostar por un tipo de cine más intelectualizado y distanciado. Para ello, aplicó los preceptos del dramaturgo alemán Bertolt Brecht quién cultivaba un tipo de teatro que se alejaba de la empatía del espectador para presentar historias distanciadas donde primaba el intelecto.
Así fue como la película Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), consiguió ser su primer éxito internacional, gracias a su estilo de filmar moderno y atrevido, donde se recrea una anti-naturalidad que distancia al espectador del personaje. ¿El objetivo? Que el público pudiera juzgar la historia sin manipulaciones sentimentales.
La versión que ahora llega al Teatre Romea
Rakel Camacho es la directora encargada de versionar y adaptar esta gran obra europea, con un toque renovador y moderno. Protagonizada por Ana Torrent (actriz que se dio a conocer por su papel en la película Tesis), esta pieza teatral nos cuenta la historia de Petra von Kant, una diseñadora de moda muy exitosa que se ha separado de su marido. Vive con Marlene, su secretaria (interpretada por Julia Monje) que se pasa toda la obra en el mutismo absoluto hasta que, en un momento, recupera su voz y nos deleita con una dulce canción que acaricia nuestros oídos.Pero la vida de Petra se ve truncada cuando, un día, conoce a Karin (Rebeca Matellán), una joven de origen humilde que, en el mundo de la diseñadora, es como un diamante en bruto: una chica aún no corrompida por lo material, por “el maniquí”, y que tiene la autenticidad como bandera.
https://www.youtube.com/watch?v=uZq7mw4Y1GY
Un mundo de apariencias
La puesta en escena que vemos en el Romea es, de entrada, muy peculiar. Tiene una estética que entra por los ojos: nos mete en la casa de una diseñadora de moda que vive, literalmente, entre maniquís. Y aquí hay una doble lectura muy interesante: por un lado, su oficio; por otro, los "maniquís de la vida". Es el reflejo de cómo vivimos en un mundo superficial donde todos nos ponemos pelucas, maquillaje y ropa espectacular para tapar el vacío.Todo es lujo, caballos y exageración, hasta que aparece el contrapunto: una chica en leggings y con una pelota de básquet, Karin. La protagonista se queda ensimismada porque esta joven representa todo lo contrario a su mundo; es una persona real auténtica. A partir de ese momento, la diseñadora empieza a obsesionarse con ella, la quiere poseer y usa su dinero y sus influencias para conquistarla. Esta relación también la vemos en el vestuario: Karin empieza a ser vestida como un maniquí y, de hecho, en los brazos de Marlene se convierte en un ser inerte, sin expresión, sin energía. Cuando la cubre de joyas y de lujosas telas, la chica renace con otra energía, con otro porte, dejandose embriagar por la superficialidad.
Mientras Karin empieza a vestirse de apariencias, la protagonista hace el camino inverso y se va "desnudando": pasa de los grandes vestidos a un traje casi transparente y sandalias planas. Al final, se queda sola, desnuda, en el escenario, sin pelucas ni joyas, viendo su vida de lujo totalmente vacía.
La soledad del despertar
El trasfondo de Las amargas lágrimas de Petra Von Kant es brutal. Te explica que cuando llegas a ese "despertar" y te das cuenta de lo banal que es la pose, te puedes quedar sola. Este mensaje queda perfectamente reflejado con la actitud de Marlene, la mayordoma: parece que la quiere, pero en realidad está enamorada de su éxito, de su imagen, no de ella de verdad. Y es que, al final, si solo construyes relaciones basadas en el "maniquí", cuando te muestras de verdad, la gente se va.Una puesta en escena impecable
Lo más destacado de la adaptación teatral de la pieza de Fassbinder es su presentación escénica. Nos encontramos en la habitación de Petra, un espacio donde abundan los maniquíes, donde el espejo (y la vanidad) ocupa toda la parte trasera del escenario y donde el lujo desorbitado forma parte de su ecosistema: esculturas de caballos, una enorme bañera, vasos en forma de cabezas humanas…La escenografía de Luis Crespo es espectacular y, además de ser estéticamente muy llamativa, está totalmente alineada al mensaje de la obra. La escenografía explica lo que sucede, nos ayuda a conectar con el contenido de la historia, lo dibuja, lo perfila y lo potencia. Sin esta puesta en escena, la obra no resultaría tan interesante.
Lo mismo sucede con el vestuario diseñado por Pier Paolo Álvaro y Roger Portal. Una ropa que evoluciona con los personajes, que desde el primer momento nos anuncia uno de sus mensajes (amor y rabia) y que complementa el viaje de la protagonista de un modo que pocas veces vemos en el teatro. El vestuario, aquí, no es un más a más: es el relato de la propia protagonista y el resto de personajes.
Una protagonista demasiado contenida
La obra brilla por su puesta en escena, su música y un vestuario impecable. Sin embargo, el papel de la protagonista empaña el resultado final. Es sabido que Ana Torrents es una actriz excepcional, por lo que esta interpretación tan pausada y contenida parece ser una elección deliberada de la dirección. Sin embargo, ese tono pausado y sereno no termina de encajar; al final, se queda una sensación de vacío en una obra que, de otro modo, sería redonda. De hecho, la transformación de la protagonista se intuye por el vestuario y la simbología, no porque ella nos lo transmita.El resultado es una interpretación que no logra proyectarse ni llenar el escenario. Se produce un gran contraste cada vez que el resto del elenco entra en escena; las actrices secundarias desbordan una energía, una naturalidad y una movilidad que, por comparación, destacan todavía más la rigidez de la protagonista.
¿Estamos preparados para la soledad que viene después de la autenticidad?
La soledad que viene después de la autenticidad
Las amargas lágrimas de Petra Von Kant es una obra con un mensaje muy llamativo: nos recuerda que puedes tener el armario lleno y la casa repleta de lujos, pero si no hay nadie real debajo de la ropa, el silencio final es triste y solitario.Sales del Romea pensando en cuántos maniquís tenemos cada uno en nuestro salón y qué pasaría si mañana decidiéramos quitarnos la peluca y las joyas para recuperar nuestra autenticidad, sin artificios. ¿Estamos preparados para la soledad que viene después de la autenticidad? Esa es la duda que la obra deja flotando en el aire.
