Doce mujeres en una olla a presión
El argumento de El Firmament nos sitúa en un momento muy concreto: el regreso del cometa Halley. Pero mientras los hombres miran al firmamento buscando respuestas científicas, en la tierra se está juzgando a una mujer. Sança Ponsa, una joven acusada de un asesinato brutal, ha sido condenada a muerte. Lo único que puede aplazar la ejecución es su afirmación de estar embarazada. Para resolver el dilema, el juez convoca a un jurado popular formado exclusivamente por doce mujeres del pueblo, encargadas de examinar el cuerpo de la acusada y dictaminar si hay vida o no.El espectáculo nos encierra con ellas en la sala de reuniones. Es en ese espacio donde las doce mujeres deben hablar, discutir y acabar decidiendo si Sança vivirá o morirá. Estas mujeres, que representan todas las edades de la vida (de los 9 a los 83 años), han pasado toda su existencia siendo invisibles, relegadas a las tareas domésticas y definidas por su vínculo con los hombres. Ahora, de repente, tienen el poder de decidir sobre la vida y la muerte. Es ahí donde Kirkwood nos pone frente al espejo: ¿realmente sabemos decidir entre todos? Y, lo que es más importante, ¿somos capaces de ayudarnos entre mujeres cuando el sistema nos presiona?Un reparto coral
Uno de los puntos fuertes de la obra es su reparto. Las trece actrices mantienen un gran nivel de energía durante toda la función, y eso hace que el espectador no pueda apartar la mirada. Cada personaje está construido con una personalidad y un trauma propios, alejándose así del cliché de la “voz femenina única”.
En medio de este despliegue, merece una mención especial el trabajo de Sílvia Abril. La actriz, a menudo encasillada en la comedia, demuestra aquí una enorme versatilidad dramática. Su papel de comadrona, la voz de la sensatez que arrastra el peso de miles de partos y duelos, está interpretado con una contención y una verdad que conmueven. Abril borda el personaje y le da una profundidad dolorosa y auténtica.
Frente a ella, Anna Castells interpreta a Sança Ponsa con una ferocidad física y emocional impresionante. Esta “mala mujer” no busca redención ni perdón; busca la verdad, y lo hace con una rabia que atraviesa el escenario. La química entre ambas es el gran motor de la obra.
https://www.youtube.com/watch?v=76oQ591viAkUn aquelarre de brujas sabias e imperfectas
La obra nos presenta una sociedad en la que las mujeres se definen como “mujer de…” o “madre de…”. Pero cuando la puerta del juzgado se cierra, esas etiquetas se diluyen. Lucy Kirkwood trabaja la idea de la sororidad desde un punto de vista nada idealizado: hay reproches, hay miedo al “qué dirán” y también envidias. Pero, al final, deciden dejar de competir para comprender que todas están en el mismo lado de la historia.
Es un aquelarre de brujas sabias e imperfectas que se abrazan para defender la vida desde una ética humana y femenina.
De la tradición a la rave: el momento Mecano
La dirección de Gara Roda es visualmente impactante. La escenografía de Laura Clos y el vestuario de Cristina Fernández, con una paleta simbólica que juega con el blanco, el negro y el rojo, crean imágenes de una enorme fuerza poética. El inicio de la obra es una coreografía de movimientos perfectamente ensayados que ya marca el tono de lo que vendrá: una transición milimétrica entre el trabajo de limpiar sábanas y el juicio.
Pero el momento que define la modernidad del montaje es la versión de No es serio este cementerio de Mecano. La composición de Andrea Mir arranca con una solemnidad clásica que se ve interrumpida de forma inesperada por una versión completamente actualizada. La escena acaba derivando en una rave al más puro estilo de Rosalía, y el resultado es un acierto total.
La identidad de la palabra
El éxito de esta adaptación también reside en el lenguaje. Lucy Kirkwood escribió el original con un rico matiz dialectal de la Inglaterra rural de 1759. El reto de Gara Roda no era solo traducir, sino encontrar el “color” de aquellas palabras dentro de nuestro propio imaginario. La decisión de trasladar la acción a una geografía catalana (con el permiso de la autora) permite que el texto nos resulte mucho más cercano y reconocible.
La directora ha buscado los equivalentes emocionales de aquella forma antigua de hablar, recuperando palabras y giros idiomáticos que nos transportan a una Cataluña rural, donde la vida es dura y la gente mantiene los pies en la tierra. Nos sitúa frente a una realidad campesina, seca y contundente, en la que cada palabra tiene un peso que se clava en el estómago. Ese rigor lingüístico es la base sobre la que se sostiene la verdad de todo el espectáculo.
El teatro que sacude de verdad
El Firmament es una propuesta imprescindible que pone en valor la voz de la feminidad en un espacio de poder. Un montaje que respira arte, belleza y una sinceridad arrolladora. Estamos ante una obra con mayúsculas que demuestra que las historias del pasado son, muchas veces, el mejor espejo para entender nuestro presente.
