La casa de la música sigue sonando
Por fin vuelve a reinar cierta normalidad en los escenarios de Barcelona. Aún es pronto para tener audiencias mínimamente grandes, pero esta época repleta de incomodidades también hay una gran ventaja: poder ver a algunos de tus artistas favoritos a pocos centímetros de ti y en situaciones mucho más íntimas de lo habitual. Y si hay un lugar especialista en esto de tener músicos cerca, ese es el Heliogàbal, sancta sanctorum de la música de la ciudad y templo cultural del barrio de Gràcia.
La buena noticia es que tras un vigesimoquinto cumpleaños más bien accidentado, parece que la música vuelve a sonar con regularidad en el reformado local de la calle Ramón y Cajal. Por ello han preparado una programación para el mes de abril ecléctica y resultona: vuelven con el ciclo Segells residents, por el cual irán pasando las discográficas independientes de la ciudad, esta vez el sello Gandula presentará conciertos tan interesantes como el del colectivo Seward, Blood Quartet, con el histórico Mark Cunningham y los excitantes Gambardella. Además, han programado un buen puñado de espectáculos fuera del ciclo, como el de Carlota Flaneur con Flashy Ice Cream, uno de los tótems de la nueva música urbana en catalán. Esto sí son brotes verdes.
Benditas nuevas guitarras
No siempre están anunciados con luces de neón de carteles de grandes festivales, ni acaparan titulares rutilantes en los medios. Pero todo eso da igual si detrás hay buenas canciones. Y en eso la escena independiente de Barcelona no deja de darnos noticias excelentes. Diamante Negro es una de las últimas. Son un trio de chavales de la ciudad que hacen temas de aire desencantado y rabioso. Englobados en este grupo de militantes de la guitarra y los buenos estribillos, recuerdan a bandas como Medalla (con quién comparten miembros), pero también a coetáneos de aquí (Alavedra, Pantocrátor) y de un poco más allá (Camellos, Futuro Terror). Todos ellos forman esta estupenda resistencia guitarrera a la última hegemonía pop, últimamente focalizada en pedales de chorus y autotune vocal.
De momento, y esto tal vez sea generacional, han preferido la publicación de canciones y EP's al disco largo. Su debut fue Mercurio Retrógrado (The Yellow Gate Records, 2019) al que siguió Cortés (The Yellow Gate Records, 2020). Desde entonces se han centrado en los sencillos más que en publicar un elepé. Estos meses están dejando una buena colección de canciones desencantadas, que hablan de amores juveniles y aires al pop garajero de principios de siglo. Sino escuchen Futuro incierto, himno generacional en el que encontrarán aires incandescentes a los Babyshambles. Su última canción es Cobi, con título de mascota olímpica pero letra de incomprensible desazón.
LSD y hits en Los Angeles
Una de las historias más alucinantes de la historia del rock es la del barrio angelino de Laurel Canyon, que a mediados de los años sesenta empezó a ser habitado por algunos de los mitos de la música popular más importantes e influyentes del siglo XX. La lista de gente que se mudo allí asusta vista ahora: The Byrds, Buffalo Springfield, Brian Wilson de los Beach Boys, Jim Morrison, Eric Clapton, Fleetwood Mac, The Eagles… una acumulación de talento impresionante. Pero no solo era eso, también una concatenación de gente joven haciéndose millonaria y triunfando en todo el mundo.
Nuevos ricos veinteañeros con dinero, drogas para parar un tren, espíritu libre y ganas de practicar sexo en cada esquina. De todo aquello quedan fortunas enormes, canciones maravillosas (Hotel California, Eight miles high o Our house són de esa época’) y miles de anécdotas fascinantes recogidas en el libro Hotel California. Cantautores y vaqueros cocainómanos en Laurel Canyon 1967 – 1976, de Barney Hoskyns, y que ha publicado la editorial barcelonesa Contra. Un clásico instantáneo sobre una de las concentraciones de talento más gigantescas y a su vez uno de los caos más productivos de siempre. Además, contado por sus protagonistas.
