LA SEMANA DE LAS GALERÍAS

Una cartografía de la emergencia 

Agnès Essonti en Bombon Projects © Roberto Ruiz
Agnès Essonti en Bombon Projects © Roberto Ruiz

Algunos nombres de la escena artística de Barcelona

25 de marzo de 2026 a las 00:10h

Nos gusta pensar que en Barcelona hay una escena artística cohesionada, pero en realidad lo que encontramos es una constelación de artistas que orbitan entre la institución privada, los espacios independientes que sobreviven como pueden y las prácticas colectivas, sosteniendo así un ecosistema en constante tensión, que oscila entre la precariedad y el éxito. Pensar en nuestro contexto como un sistema cerrado resulta tan ingenuo como insuficiente. Lo que nos encontramos es, en realidad, una red en movimiento, atravesada por circulaciones, desplazamientos y afinidades. 

Dadas las circunstancias, hacer una lista de nombres puede ser un gesto temerario. Es por eso que este texto no pretende ser exhaustivo, ni canónico, sino más bien un mapeo, una cartografía parcial y subjetiva, llena de nombres que nos resuenan. Acotar se convierte en una necesidad práctica, pero también en un gesto crítico. Ante la tentación de hacer una lista infinita, os proponemos una guía fragmentada que nos permita descubrir una generación de artistas que está reformulando nuestra escena local: desplazando los límites, cuestionando los marcos y ensayando nuevas maneras de estar y de producir. Así que sí: hemos seleccionado. Y en nuestra selección – un poco arbitraria, tal vez discutible y quizá incluso caprichosa – es donde empieza este relato.

En un sistema tensionado se acumulan preocupaciones, lenguajes y maneras de hacer que responden a las urgencias del presente. Y es precisamente en esta saturación donde se hace visible una generación que ha crecido sin demasiada fe en las categorías fijas. En Barcelona, nos encontramos con artistas que mezclan muchos lenguajes con una naturalidad sorprendente, que asumen varios roles a la vez (por fuerza, claro) compaginando sus trabajos de artista con los de agentes, productores, gestores, mediadores y un largo etcétera. Es una generación que nace de la hibridación, tanto formal como conceptual, entendiendo la ciudad no como un centro, sino como una plataforma desde donde conectar, crear y desbordarse. Barcelona es un escenario vivo y mutable. 

Así, los bloques que encontramos en este recorrido no son más que una forma de ordenar. La lista es esta, pero podría ser otra, y es que toda cartografía implica una toma de decisiones. Porque más que definir la escena, esta constelación de artistas lo que hace es revelar su complejidad: prácticas que desbordan cualquier intento de clasificación y que, desde la precariedad y la interdependencia, ensayan otras formas de vivir, de sentir y de construir el mundo. 

Imágenes, archivo y sistemas de representación

Si algo caracteriza muchas de las prácticas del arte contemporáneo es la desconfianza hacia las imágenes. Porque no, las imágenes no son neutrales: construyen relatos, crean imaginarios y evidencian qué se muestra y qué no. En este contexto, Agnes Essonti usa la historia familiar y sus raíces camerunesas para resignificar tradiciones, prácticas culturales y formas de resistencia de la diáspora africana, mientras señala con el dedo todo lo que hacemos mal, es decir, lo que la “historia oficial” ha dejado fuera. También con una perspectiva crítica, Claudia Pagès se mete de lleno en cómo funciona el poder y cómo se sostiene en lo cotidiano. Mezclando coreografías con imagen en movimiento nos muestra que, sin duda, lo personal es político. Cómo nos movemos, cómo hablamos… nada de eso es inocente ni casual, sino que responde a unas reglas que nos moldean más de lo que creemos. Marc Larré se interesa también en la manera cómo nos movemos por la ciudad y qué relaciones establecemos con ella, proponiendo una arqueología del presente, pero desde el tacto, a la vez que pone en duda ideas aparentemente sólidas como el progreso o la modernidad. 

Paula Artés aporta otra mirada: se adentra en los espacios que no vemos a través de la fotografía y la investigación, para enseñarnos lo que queda oculto y forzarnos a cuestionarlo todo, especialmente los sistemas de poder y las narrativas oficiales que dan forma a nuestra vida. 

Marc Larré, Boca i Roca en el Centro Convent de Sant Agustí.

En este mismo bloque podríamos incluir también a Lola Lasurt, que trabaja con lo que ella llama “des-tiempo” para mirar el pasado reciente y detectar lo que falta: los silencios, los vacíos, todo aquello que nunca se llegó a contar. Y por supuesto a María Alcaide que, desde la ficción, propone desmontar los imaginarios sociales, políticos y económicos que nos rodean, poniendo el foco en la inestabilidad y la precariedad. Por último, entre la ficción y el relato personal, las obras de Arash Fayez nos cuentan qué pasa con la identidad cuando eres una persona migrante, cuando estás entre lugares, cuando no acabas de encajar en ningún sitio. 

Cuerpo, afectos y performatividad

En un momento en qué todo pasa a través de una pantalla, el cuerpo se convierte en un campo de batalla, un lugar de resistencia. No lo vemos como algo estable o aspiracional, sino como una superficie vulnerable, porosa, en constante relación con su entorno. Así lo plantea Ariadna Guiteras, quien explora los límites del cuerpo y, sobre todo, cómo se vincula con otros seres, humanos y no humanos. En el caso de Eva Fàbregas, el cuerpo se vuelve flexible, orgánico, húmedo. Sus esculturas blanditas nos remiten a órganos, membranas, fluidos y cavidades, y proponen una experiencia sensorial con materiales made in china, donde el tacto y el afecto pasan a un primer plano. 

Eva Fàbregas, Vessels #1, 2021, en Bombon projects.

Julia Creuheras va por otro lado, pero también pone el cuerpo en el centro. La artista crea artefactos en movimiento que revisan cómo el cuerpo femenino se ha vuelto algo lleno de códigos y de normas y, a partir de ahí, propone nuevas formas de movernos, otras coreografías, otros imaginarios más abiertos. En una línea parecida se sitúa Mònica Planes, que se pregunta cómo se ha representado el cuerpo a lo largo de la historia y revisa esas formas de mirar que nos clasifican, nos miden y nos normativizan, no solo en la historia del arte sino también en ámbitos como la medicina o la anatomía. Por su parte, Mercedes Pimiento trabaja la relación cuerpo-espacio, recordándonos que la arquitectura no es neutra y que influye en cómo nos movemos, en lo que hacemos y en cómo vivimos, y también en cómo los espacios y las estructuras que nos rodean afectan el comportamiento de los materiales. Vamos, que los lugares que habitamos también nos moldean, y mucho.

Mercedes Pimiento, Less than Container Load, 2023, en la galería Nogueras Blanchard. © Roberto Ruiz

Materiales y procesos

Paralelamente, muchas prácticas contemporáneas vuelven a la materia no solo como soporte, sino como lugar de pensamiento. Ya no importa solo qué se representa, sino cómo, con qué y, sobre todo, desde qué procesos. Gonzalo Guzmán crea formas que bailan entre lo onírico y lo real, esculturas de otro planeta, que hacen de espejo y nos devuelven una imagen deformada de nuestro entorno. Julia Spínola, en cambio, pone el foco en el gesto y en el proceso de producción: sus piezas no son nunca algo cerrado, siempre están transformándose, como si la materia contase su propia historia. Por su parte, Milena Rossignoli investiga cómo se comportan los materiales y cómo percibimos el vacío, recordándonos, a través de sistemas abiertos y un poco inestables, que nada es definitivo. Entra en este bloque también Víctor Ruiz Colomer, que conecta materia, espacio y percepción, sin perder de vista otras capas más profundas como la economía, la pedagogía y la dinámica social, recordándonos que la escultura nunca está aislada, sino que dialoga con todo aquello que nos rodea. 

Disidencias, identidades y otros futuros

En un mundo que parece empeñado en ponernos etiquetas y hacernos encajar en moldes, hay artistas que deciden saltárselo todo, trabajar desde la disidencia e imaginar otras formas de ser y estar en el mundo. Eso es justo lo que hace Ali Arévalo, construyendo universos no binarios e interespecies donde la ficción deja de ser solo un juego y se convierte en una herramienta para imaginar futuros posibles. En su obra, el tiempo se diluye y los cuerpos se vuelven líquidos, imposibles de atrapar. Con un toque más irónico, Blanca Gracia mezcla escapismo y ficción para señalar las contradicciones del presente, jugando con imaginarios pseudo-coloniales y fantasías actuales, casi como un reflejo burlón de nuestras obsesiones colectivas. 

Milena Rossignoli, Labena, 2022. 

Lucía C. Pino cruza materiales, cuerpos y procesos desde lo queer, creando esculturas expansivas donde el deseo y la sensualidad se convierten en formas de conocimiento, mientras que Hac Vinent pone sobre la mesa su experiencia como persona sorda para cuestionarlo todo: qué es un cuerpo “normal”, qué es la humanidad… y nos hace replantearnos qué significa realmente tener y habitar un cuerpo. Por su lado, Daniel Gasol se dedica a poner patas arriba los discursos de nuestra sociedad, cuestionando la idea de que trabajar es un deber, que hay cuerpos correctos y sexualidades normativas. Su trabajo es un tirón de orejas que nos obliga a pensar quién manda, quién decide y cómo nos cuentan la historia. 

Voz, escucha y espacio sonoro

Más allá de lo que vemos, el sonido es un terreno perfecto para el juego y la experimentación. En este ámbito, Laia Estruch usa la voz como si fuera una extensión de su propio cuerpo. La hace sonar, vibrar, llenar los espacios y transformarlos, llevándola a interactuar con la arquitectura y los entornos que la rodean. Por su parte, Laura Llaneli se dedica a cruzar sonido, lenguaje y estructuras, poniendo a prueba los códigos que usamos sin darnos cuenta y que organizan nuestra experiencia cotidiana, mientras Sofía Montenegro, mezcla sonido e imagen para expandir la experiencia artística por todo el espacio. En sus piezas, se mezcla la escucha, el sentir y el moverse, haciendo que sea imposible separar una cosa de la otra.

Hac Vinent, La prótesis que dirigió al órgano contra sí mismo, en ADN Galeria. © ADN Galeria

Obviamente no podemos dejar de mencionar al colectivo Cabosanroque, que trabajan con el sonido como algo performativo, travieso, cuestionando el espacio expositivo y la manera en qué los espectadores nos movemos por él. Sus intervenciones nos hacen mirar y oír de otra manera, jugar con el artificio y descubrir cómo nos relacionamos. Y un poco en la misma línea se encuentra el trabajo de Meritxell de Soto, quien siempre vestida para matar, explora cómo los dispositivos sonoros interactúan con nosotros, con nuestras dinámicas de poder, identidad, género y erotismo, acercando el cuerpo y la máquina para que ambos hablen al mismo tiempo, creando experiencias donde sentir y pensar se mezclan.

Y aquí acaba esta brevísima cartografía, aunque no sin antes mencionar algunos nombres más. Desde los que juegan con internet y la memoria, como Daniel Cao o Daniel Moreno Roldán hasta artistas como Mar Arza, quien usa la palabra y la escritura; Luis Renteria, que convierte el tejido en un medio para contar historias y cuestionar cómo se construyen las narrativas históricas; Míriam Dema y Rita Sala Treig, que desde la pintura y el dibujo nos invitan a ver la vida cotidiana con otros ojos; Jan Vallverdú, que refleja con gestos y figuras la contradicción de nuestra existencia; Sejal Parekh, que a través de instalaciones somáticas, vídeo y sonido nos invita a repensar qué entendemos por comunidad y pertenencia. También Laura Sebastianes, Helena Laguna, Huaqian Zhang, Rocío Quillahuaman y un largo etcétera que hacen que la escena artística de Barcelona sea vibrante, diversa y llena de sorpresas. Insistimos, la lista es esta, pero perfectamente podría haber sido otra. 

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