“No todo el mundo está llamado a escribir el Ulises. Mi aproximación a la escritura es más lúdica, pero me enorgullece escribir obras que llegan a la gente, que las emociona”. Carlos Martín Portugal está sentado en la terraza del Bar, saboreando un pincho de tortilla –“con cebolla, la duda ofende”– y una cerveza de media mañana. Desde dentro del local escapan, tenues, las notas del Message in a bottle de The Police. El escritor pone su mejor cara de bon vivant, “que es lo que me suelen decir mis amigos que soy”. El solete, el aire agradable, el paisanaje animado, la conversación. Pura vida.
“Fui el hijo feliz de una familia muy católica y tradicional –recuerda–, y estudié en colegios religiosos”. Una infancia sin sobresaltos, risueña, a caballo entre la Verneda y Sant Andreu, que terminó en el volantazo de una adolescencia díscola. “A los dieciséis, entré en contacto con el Circo de los Muchachos, una comuna itinerante que estuvo un año instalada en una masía de Sant Vicenç dels Horts”.
Su paso por aquella comunidad le abrió un mundo nuevo a Carlos. “Fue mi punto de partida para meterme de lleno en el punk y el heavy rock”. Fueron años de fiesta, de mil conciertos. De buscar, experimentar, romper cosas e ideas. Se inscribió en Económicas y fue a clase los primeros dos días, “luego ya no volví a aparecer por ahí”. Aquello acabó a los veintipocos, cuando su padre le dio un ultimátum y entró a trabajar en una entidad bancaria. “Pasé dos años viviendo y trabajando en Cardona y luego volví a Barcelona”.
Conoció a la mujer de su vida y la vida se le fue encauzando. “Estuve veintiséis años trabajando en aquella entidad, subiendo hasta ser directivo”. En estos años, se aficionó a ir apuntando en varias libretas anécdotas que amigos, familiares y clientes le contaban. Pequeñas historias de vida con grandes trasfondos históricos, “con la idea de, quizás, algún día, hacer algo con todo aquel anecdotario”. La vida laboral seguía su curso, pero no era una balsa de aceite. “Batallaba constantemente con los jefes, que querían que colocara una serie de productos que yo no quería colocar, porque eran malos; pero a ellos no les importaba arruinar a la gente”. Hasta que, en un día, aquello ya fue demasiado.
Nacimiento de un escritor
Con los avistamientos del inminente estallido de la crisis financiera, en 2007, Carlos Martín Portugal ya no pudo seguir haciendo lo que hacía. “Mi abuelo decía que para hacer un rico hacen falta un millón de pobres, y eso ha sido la crisis: una maniobra para fabricar más pobres y hacer a los ricos más ricos, hasta ahora, que la separación entre el que más y los que menos tienen supera el estándar de la Edad Media”. Sintió la necesidad de acabar con una vida para empezar una nueva. “Negocié con la entidad una salida y me vi con cuarenta y dos años sin trabajo, con todo el tiempo a mi disposición”.Fue entonces cuando desempolvó los cuadernos donde había ido apuntando aquellos recuerdos y anécdotas que le habían transmitido y tomó forma el proyecto de Las voces de los olvidados, una ambiciosa trilogía que repasa la posguerra en Barcelona en los años 40, 50 y 60 del siglo pasado, de la que ha publicado los dos primeros volúmenes: El hombre que pudo matar a Franco (del que acaba de salir la segunda edición) y Las lágrimas del Somorrostro. En ambos, se respira “el peso de aquel nacionalcatolicismo que moldeó y pesó sobre la sociedad de la época… y todavía nos pesa”.
En la fase final del proceso de documentación para la tercera novela –“que es la parte que más me gusta, junto a irnos mi mujer y yo por festivales y ferias a mover los libros”–, ya atesora una pequeña legión de incondicionales que esperan, con ansia, su siguiente título.
No podemos ser perdedores
“Barcelona es una protagonista más de mis novelas, yo soy un auténtico enamorado de esta ciudad multicultural, aunque con alma de pueblo, asomada al Mediterráneo y con barrios como el Eixample o mi amada Barceloneta”. Por todo ello, al parroquiano se le hace muy difícil entender “esta lenta colonización a la que nos estamos dejando someter por parte de hordas de expats y turistas”.Termina su pincho de tortilla y liquida el último trago de cerveza, antes de apostillar, “odio que seamos perdedores, que Barcelona sea perdedora”. Sabe de qué habla. Él, que un día decidió que no iba a fabricar pobres, se puso a escribir libros hermosos. Que no quiso perder; no quiso perderse.
"Lo que nunca pierde en calidad y esencias es nuestra oferta gastronómica. Por si quieres comer algo, que ya sería hora, tenemos tapas, raciones, menú, platos combinados…". Consumado rutero de tapas, Carlos Martín Portugal lo tiene claro: “tapas y raciones, por supuesto, que es la mejor manera de probar un poco de todo”, afirma, sonriente, mientras mueve el pie al compás de las notas de Oh! you pretty things de Bowie que exhalan desde dentro del Bar.
