Ya hace más de 65 años que huele a chocolate y dulce en la calle Olzinelles. Fue en 1960 cuando Urcisina y Juan Ramón empezaron a vender los caramelos que ella tan bien sabía preparar después de años trabajando en la Fábrica de Dulces Mauri. Empezaron a venderlos desde su casa, en la que sus hijos siguen viviendo, y en la que su nieto continúa vendiendo el chocolate que aún inunda de olores dulces el barrio de Sants, bajo el icónico cartel de Bomboneria Pons.
El espíritu emprendedor de esa primera generación llevó de los caramelos al chocolate, y la segunda se encargó de llevarlo más allá de la bombonería de Sants. Juan Ramón hijo elevó el nivel del negocio familiar estudiando formulación de chocolate y probando con nuevos productos. Se fue con su maletín lleno de muestras de turrones de chocolate de distintos sabores, y conquistó a una gran firma que empezó a comprarles el producto. Y los Pons, ya con Juanra hijo y con su mujer Maribel al frente, lo tuvieron claro: destinaron los ingresos a modernizar su obrador, con máquinas que aún se siguen utilizando hoy en día, ahora de la mano de su hijo, Àlex Pons.
“La primera generación fundó la Bomboneria; la segunda, la consolidó, y la tercera, la está expandiendo”, resume la mano derecha de esta tercera generación, Carla Jodar. Esta expansión, además, se está produciendo en múltiples dimensiones: Bomboneria Pons se crece a través de la venta online, más tiendas físicas, venta mayorista e incluso exportación. Este crecimiento se está traduciendo también en la facturación: los dos últimos años han crecido un 30% respecto al anterior, coincidiendo con la apertura hace dos años de su segundo local, en Les Corts. Ahora, ya están explorando zonas de la ciudad y locales para su tercera tienda física, que reproducirá la misma atmósfera tradicional que las dos primeras: madera y cristal para un entorno cálido repleto de dulces. “La casita de chocolate”, como dice Jodar.
Esta casita de chocolate (o esta caja de bombones convertida en tienda) también ha empezado a traspasar fronteras, exportando sus bombones por Europa y América (y, pronto, a Asia Oriental). Desde la bombonería, no padecen por el traslado de sus chocolates, como destaca Jodar: “Sin aceites vegetales ni harinas añadidas, en buenas condiciones de temperatura y humedad, nuestro chocolate puede mantenerse perfecto hasta un año”. Ante la previsión de seguir creciendo en exportaciones, la empresa familiar está trabajando también en su obrador, para garantizar que “tiene cintura para recibir encargos inesperados y poder darles respuesta”.
Y es que, además de exportar, no son pocas las pastelerías locales que venden el chocolate de Bomboneria Pons. “Es un sector en el que es difícil encontrar talento y mano de obra cualificada. Como faltan manos, algunas tareas se externalizan", como la elaboración de chocolate, ya sea en forma de tabletas, bombones o chocolatinas. Esta dificultad para encontrar talento es una constante en el sector, en el que, además, “el coste de la formación es altísimo”. Jodar lo atribuye al hecho de que el año se estructura en temporadas, y el ciclo para consolidar los aprendizajes de cada una es largo: “Empiezas haciendo monas durante tres meses, luego haces bombones durante una temporada, luego vienen los panellets… y pasas entre seis y ocho meses hasta que vuelves a tocar el mismo producto. El primer año te lo pasas procesando información; el segundo, recordándola y afianzándola, y el tercero es cuando vas adquiriendo un rendimiento autónomo”.
Conscientes de este dilatado ciclo de aprendizaje, la bombonería ya se está preparando para jubilaciones que llegarán en los próximos años, incorporando talento joven. En el obrador trabajan diez personas, que se suman al personal de tienda y almacén, detalla Jodar. Ella también fue una incorporación: antes era proveedora de Àlex Pons, hasta que la fue a buscar, y ella se enamoró del reto. Ahora se encarga de la gestión y, como dice Pons, del área de business success.
La falta de talento no es la única dificultad con la que se encuentra la bombonería, compartida con la de muchos otros comercios familiares que antes llenaban una calle de Sants ahora muy distinta. “El problema es que no se está ayudando a las pymes. Es complicado sacar adelante un negocio familiar, por la burocracia, las inspecciones, las duplicidades entre administraciones… Por suerte, nuestra clientela valora nuestro trabajo y nuestro producto”.
¿Y cómo es este cliente? “De clase media-alta, y muy propicio a hacer regalos. Muchos son clientes de toda la vida, que vienen a menudo incluso para charlar y comprar cuatro bombones”. Y, y al igual que al otro lado del mostrador, también hay terceras generaciones entre los clientes: “Algunos de los que venían hace años ahora ya son abuelos, y vienen con sus hijos y sus nietos”.
Y siguen yendo al mismo sitio, la misma casita de chocolate de Sants en la que Urcisina y Juan Ramón empezaron a vender caramelos y chocolate. Mientras, vivían en la trastienda, ahora reconvertida en las oficinas centrales de una bombonería que aspira a seguir llevando su chocolate aún más lejos.
