Beatriz Mínguez de Molina: Adentrarse en distintos mares

Beatriz Mínguez de Molina
Beatriz Mínguez de Molina

20 de abril de 2026 a las 17:18h

Para ella, todo empezó en el agua. “Cada verano, con mi padre, navegamos un mes en un velero llamado Socarrao. En esas largas horas de navegación, empecé a hacer fotografías cuando era adolescente”. Beatriz Mínguez de Molina sorbe su segundo café con leche de avena del día, mientras el Bar se llena con el sonido de las noticias de la mañana. Acodada a la barra, la artista sonríe, liándose el cigarrillo de American Spirit que fumará más tarde.

“Mi padre es arquitecto y mi madre es licenciada en Historia del Arte… ¡así que yo estudié las dos cosas!”, ríe. Empezó, de hecho, con Historia del Arte, “con la idea de montar exposiciones”, pero sus reiterados peregrinajes a museos como el CCCB le hicieron darse cuenta, muy pronto, “de que los que diseñaban las exposiciones eran arquitectos”. Esto, unido a las escasas salidas laborales de su carrera, la empujaron a meterse en el mundo de la arquitectura. Acabó estudiándola en Londres, “en la Architectural Association, del que destaco su modelo de enseñanza totalmente empírico”.

Y aquí tienen lugar dos grandes puntos de inflexión en su trayectoria. El primero, hacer prácticas con la prestigiosa arquitecta Benedetta Tagliabue. “Sigo haciendo muchos proyectos para ella, y es, para mí, mi mentora, mi gran referencia profesional, la mujer que creía más en mí que yo misma y que me ayudó a vencer mis inseguridades, mi timidez”. Lo que se dice, una maestra y amiga.

El segundo punto de inflexión llega con su proyecto de final de carrera, en el que investigaba, junto a un grupo de estudio, el vídeo como herramienta de representación arquitectónica. “De ahí salió un cortometraje, The swimming pool, que mi amigo Diego Rodríguez, director de varios festivales de cine, seleccionó para un certamen de cortometrajes”. La obra, que indaga en el estado de ingravidez, la noción de flotar, que se deriva del ritmo y el sonido, ganó tres premios y supuso un antes y un después para Beatriz, que dio un chapuzón del entorno de la arquitectura al del videoarte. Y se dio cuenta de que, en ambos océanos, braceaba de maravilla.

Nadar en diferentes direcciones a la vez

De pronto, Beatriz Mínguez de Molina se dio cuenta de que trabajaba para estudios de arquitectura ---especializándose en arquitectura efímera, como las olas del mar---, y que en verano aprovechaba para grabar muchísimo, horas y horas que han acabado componiendo un amplio archivo acuático, y que luego, ya durante el resto del año, editaba para dar forma a sus videoinstalaciones. Se adentraba en distintos mares a la vez, nadando contemporáneamente en distintas direcciones.

Obra de Mínguez de Molina, 'One or two at the blue'.

“En 2008, debuté con mi primera exposición en la galería H20”, un lugar con nombre de composición química del agua, impulsado por Joaquín Ruiz-Millet, “que es un aglutinador del talento gráfico y fotográfico en Barcelona”. Desde entonces, expone regularmente en esta galería, mientras lleva sus vídeos e instalaciones por festivales como FIVA, Bideodromo, Loop, Figueira Art Film Festival o Choreocope, entre mil otros.

Obra 'Beach day', de Mínguez de Molina.

Su actual proyecto, Hermenéutica de una DANA, indaga en el durante y el después de la catástrofe, “de esta herida colectiva que las inundaciones de 2024 dejaron en Valencia”. La primera fase de este trabajo está expuesta en el espacio TPK Art i Pensament Contemporani de L'Hospitalet, hasta el 24 de abril. “Estoy trabajando ahora en la segunda fase de esta representación del desastre, fotografiando la vida cotidiana de los lugares afectados por la DANA veinte meses después, que expondré más adelante”, anuncia.

La ciudad menos dura

A pesar de haber nacido en Barcelona, hasta los catorce años, la artista y arquitecta no vivió en la ciudad. “Vivíamos en Madrid, para nosotros Barcelona era donde veníamos en fechas como Navidad o Semana Santa”. Y cierra los ojos, recordando el placer que le producía entrar por la Diagonal, “tras siete horas de viaje, nos acogía aquella avenida de palmeras con el contraste de la luz dorada del crepúsculo y el aire cálido, mediterráneo, entrando por la ventanilla”, casi le parece estar ahí.

Golden Hour, de Mínguez de Molina.

Ahora es una barcelonesa más, preocupada por la inaccesibilidad de la vivienda, por los bares para expats y turistas “y por los malditos tags y grafitis en puertas de madera restauradas, que me dan mucha rabia”. Sorbe las últimas gotas de su café, antes de concluir: “Aun así, te diré que he vivido en Madrid, Londres y Rotterdam y, a pesar de que esta también es una ciudad grande, es la menos dura de las que he estado”.

--- Menos dura y con una excelente gastronomía, como el caso de nuestro Bar. Se acerca la hora de comer y tal vez te pueda apetecer probar algo de nuestra cocina.

Beatriz Mínguez de Molina no reprime una sonrisa aún más amplia de la que la ha acompañado durante la mañana.

“El menú del día, sin duda, me interesa muchísimo”, dice, con la mirada brillando.

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