Los compatriotas de la tribu, y más en concreto los barceloneses, se han acostumbrado a quejarse ---con toda la razón del mundo--- del insufrible centralismo con el que nos tortura el Reino donde tenemos la desgracia de habitar. Pero irónica e hipócritamente, los barceloneses ejercemos la misma ufanía despótica hacia aquello que los cursis llaman “el territori”, un espacio bello y riquísimo que ---merced a productos nefastos como El Foraster de TV3--- creemos únicamente rebosante de gente campesina, indocumentada y carnaza de folclore. Esto lo escribe servidor, un barcelonés de pro, de los pocos que ejercen como tal hoy en día, para quien huir de la ciudad (con la sana excepción de la ermita ampurdanesa) resulta una experiencia altamente traumática y, al límite, harto repulsiva. Pero siento honesta empatía por la gente del asfalt enllà, acuñadores del término Barcelunya, con el quen uno tiende a referirse al narcisismo que concibe el paisaje no urbano como simple decorado.
Todo esto viene a cuento, como podéis imaginar, debido a las recientes alertas de fuertes ventoleras de esta semana, un estado de alarma prácticamente covidiano que paralizó el país durante un día entero a causa de un temporalito de tres el cuarto que, básicamente, afectó a Barcelona y a sus municipios contiguos. Mientras duraba la brisa en cuestión ---la cual, como todo cambio algo brusco en el tiempo, comportó mínimas desgracias e incluso una víctima---, mis amigos del Delta y del Norte me inundaron el teléfono móvil con mensajes que podríamos resumir con la frase “ya os vale, jodernos el día por esta brisita de mierda”. Tienen toda la razón del mundo, pues dejar a todo un país con los servicios públicos y el comercio en total letargia, simplemente porque los barceloneses tenemos miedo de que nos caiga un testo en la sesera, resulta una animalada difícil de entender. Servidor es un ciudadano obediente, pero tampoco quiere ser tratado como un asno.
Desde la catástrofe de Valencia (y de aquella famosa comida que el antiguo presidente Carlos Mazón alargó demasiado... por estas cosas que tienen los castellanos de tocar cuixa con el guiso todavía incrustado en las encías), la mayoría de políticos estatales optan por encerrarnos en casa ante la mínima advertencia climática. Entiendo que nuestros responsables de lo público se pasen de rosca, conscientes de que la sola presencia de un cadáver, aunque sea un imprudente de los que aparcan en las rieras del Maresme por sistema, les será imputada como si ellos fueran los crueles ejecutores del mismo. Pero diría que existe un margen entre esforzarse por tener cuidado de los ciudadanos y ese paternalismo insufrible que envía a los estudiantes a casa y cierra los comercios en lugares donde sucede un simple remolinito que cosquillea a los árboles. Ante estas situaciones me quedo en casa y soy obediente, just in case, pero no puedo dejar de sentir pavor por tanta sumisión.
Ante una inclemencia del tiempo, y por mucho lockdown que se imponga a todo Dios, la providencia siempre causará accidentes mortales. Así ha ocurrido estos días, donde una coetánea de Bon Pastor murió cuando el techo de la nave donde trabajaba se le cayó encima. También es el caso del pobre desdichado que, debido a la lotería macabra de la existencia, sufrió el ataque de una farola violentada por la tramontana en el barrio de la Prosperitat y que, cuando escribo esta Punyalada, todavía se debate entre quedarse en la Tierra o traspasar. Me refiero, pues, a dos putadas enormes para sus protagonistas y sus respectivas familias, pero estas contingencias (que pasan cada día debido a factores aún más arbitrarios, de las que no tenemos noticia alguna) no pueden detener a todo un país. Este rollo no lo suelto por la economía ni porque sea un apologeta del capitalismo desenfrenado. Simplemente, soy un estoico anarquista fatigado de ser tratado como un peón.
Si me permitís la frivolidad, y si no también, diría que toda la ventolera que ha sufrido la capital ---y la consecuente paranoia gubernamental de encerrarnos en casa--- no es más que una venganza de la Virgen de la Mercè, una pérfida envidiosa de los partidarios de Santa Eulalia (¡gloriosa!) como servidor. Pero todavía nos quedan unos días para celebrar nuestra patrona real y no permitiremos que la contingencia de una borrasca ni el síndrome de Ventorro nos impida ejercer nuestro disfrute. A la espera de esta gracia divina, rezaremos para que Barcelunya no sufra más tornados y así el resto de catalanes puedan pasar el fin de semana sin tanta psicosis.