Siguiendo la ominosa costumbre de ciudades de provincias absurdas como Vigo y Badalona, nuestra capital copiará la horterada de instalar un árbol de Navidad gigante en medio de su bello porte. El buen gusto, elemento ancestral del barcelonismo filosófico, ya se había pervertido desde hace años con aquella mandanga de celebrar el encendido de luces navideñas en Passeig de Gràcia, yanquizando nuestro paisaje para convertirlo en un campo de minas instagrameable y transformando así la espina dorsal del Eixample en una carrera de cretinos en busca de una selfie (afortunadamente, alguna de las incursiones de los turistas en medio de la calzada, esprintando cuando el semáforo verdea, ha terminado en desgracia). Pues bien, por si no era suficiente mutando así el centro urbano en un prostíbulo del shopping, los cráneos privilegiados del comercio han decidido situar a otra mona de Pascua espantosa al inicio de los Jardinets de Gràcia.
Pero no todo son malas noticias: los tenderos eixamplencs no presentan los problemas fálicos de los cuales hacen gala prohombres españoles como Abel Caballero o Xavier García Albiol, y nuestro árbol solo tendrá una altura de doce metros (lo comprarán a una empresa del Vallès; ya que nos gastamos los pepinos en chorradas, es mejor que se queden en casa…) y, cabe insistir en este detalle, lo sufragarán los tenderos del mismo Paseo en colaboración con la Casa Seat. Pero todo eso da igual, pues la ramita en cuestión se coronará con una réplica de la estrella de la torre de la Virgen de la Sagrada Familia, con lo que -dada la perversión constante de nuestro genio Gaudí por sus actuales portavoces artísticos- podemos esperar con justicia que el invento acabe pareciendo la puerta de entrada a una whiskería de Vic. También se rellenará con trece mil luces led, con lo que será difícil pasar por allí sin poder ignorarlo...
Por si los barceloneses no tuviéramos suficientes dificultades en el arte de pasear por las calles de Ciutat Vella sin desmayarnos, debido al eslalon que comporta el turismo masivo, y no sufriéramos de lo lindo cuando compramos el llucet a precio de caviar, ahora el Ayuntamiento ha tenido la brillante idea de continuar apostando por que Barcelona se convierta en la Capital Europea de la Navidad. Estoy seguro de que mis lectores, gente la mar de cuerda, no tienen ni la más reputa idea de qué implica este concepto. Reconozco que servidora tampoco lo sabía pero, después de un esfuerzo de documentación de unos cinco minutos, puedo asegurar que el invento en cuestión es un producto típico de la Unión Europea, que quisiera premiar a una ciudad que hace bandera de los valores del Viejo Continente y un modelo de urbe navideña sostenible y multichupiguai. El resultado, si abandonamos la retórica, ya os lo podéis imaginar; aún más guiris por metro cuadrado.
Yo entiendo que Barcelona, como ciudad plenamente integrada en la banalidad globalizadora, tenga que pagar el peaje de la estética chabacana, ya sea en especialidades como el imaginario visual navideño o el auge existencial del té matcha (éste segundo fenómeno será objeto de una Punyalada especial, en breves semanas). Pero las exigencias de la estética del copy-paste no deberían afectar a algo tan nuestro como es el pequeño comercio, y más aún si es el del centro del Eixample. Si los botiguers quieren celebrar la Navidad, sugiero que sitúen un árbol engalanado en la puerta de sus establecimientos -una antena vegetal modesta, cristianamente simplona y triste como uno de nuestros villancicos- y que dejen el resto de la calle en paz. Barcelona es una ciudad que se hace más grande cuando es modesta, por lo que esto de exhibir un alumbrado excesivo siempre ha sido algo más propio de lo castellano y de las ciudades que viven de events.
Una de las cosas que más me complacen de mi ciudad, y de la catalanor en general, es la costumbre de celebrar las fiestas de una forma poco ostentosa, doméstica y sin demasiados humos. Por todo ello, este árbol (casi) gigante que nos clavarán en el Eixample se convertirá en mi principal enemigo. Desobedeceré su presencia como hacen los cascarrabias de la capital; haré lo posible para abstenerme de cruzar sus dominios y, si me veo obligado a circundarlo, me fingiré ciego, como un carcamal tristemente nostálgico, alienado y cojo... que simula enfermedad para no ver todo lo que insulta a sus principios. También podríamos quemarlo, pero, desgraciadamente, ya no somos la Rosa de Foc…
