Las. 6.00 de la mañana de un jueves de agosto en Barcelona. Suena el despertador: empieza mi día. Con sueño y un poco de resaca ---la noche anterior tomé unos vinos con una amiga, y eso pasa factura---, salto de la cama, voy al baño, me lavo los dientes, bebo agua, me visto para correr y me hago un café largo. Todo sucede casi como una coreografía aprendida y salgo corriendo para estar lista a las 6.40 en la esquina donde, cada jueves del año, nos encontramos con mis amigos y amigas corredores en el Poblenou, el barrio marítimo de Barcelona.
Vivir y entrenar en el Poblenou implica tradición y globalidad, implica expats y autóctonos y también mucha diversidad. Esta mañana, a finales de agosto, ya se notaba más ambiente de corredores y menos soledad en el litoral. Correr a esas horas te da una perspectiva muy curiosa de la ciudad; nos cruzamos quienes madrugamos para correr y quienes se bañan en el mar con la ropa de fiesta después de salir de Razzmataz o del Soho. Y, como todos estamos contentos porque estamos haciendo lo que queremos, nos sonreímos y saludamos y nos damos los buenos días.
Yo no soy de Barcelona. Decidí mudarme a esta maravillosa ciudad hace 23 años, cuando con mi pareja de entonces quisimos compartir la vida. Buscamos un sitio neutro, que no fuera el de ninguno de los dos. Desde esa libertad, hicimos un análisis de pros y contras y concluimos que lo mejor era vivir delante del mar, en una ciudad como Barcelona. No dudamos en descubrir este rincón y conectar con su vibra y energía espectacular. Eso ha hecho que el mar forme parte de mi vida, de mi familia y de mi equilibrio. De hecho, Barcelona es mar, es playa, es litoral, es chiringuitos, es surf, es kitesurf, es windsurf, es nadar, es voleyplaya, es picnics, es castillos en la arena y es infinito, horizonte, amaneceres de película y espigones donde el mar rebota y muestra su fuerza.
Esta mañana corriendo con mis amigos y amigas extranjeros que escogieron esta ciudad para emprender, para crear familia para construir futuro ---para sentirse en cierta medida barceloneses--- me preguntaban: ¿por qué llevamos un mes sin seguridad en las playas, sin socorristas? Me preguntaban también, ¿por qué una ciudad de esta categoría no tiene un plan B? ¿Cómo puede ser que, en plena temporada alta, ante una huelga no se pueda negociar ni contratar un servicio privado?
Y tenían razón. Jugamos en primera línea a nivel de los destinos más top del mundo y nos quedamos tan tranquilos cuando corriendo por los 5 kilómetros del litoral y sus 28 playas, pasando por las 21 torres de seguridad y acogiendo a 5 millones de bañistas anuales, los dejamos a todos sin guardavidas. Íbamos trotando y veíamos los carteles que avisaban: Huelga, no hay seguridad. O sea, si a tu hijo o a ti te pasa algo, es tu responsabilidad.
No supe qué contestar. Pensé que, si estamos en la champions de las ciudades, necesitamos recursos de champions. Porque esto es también marca de ciudad. Cuando sales de tu burbuja y te mezclas con los ciudadanos y ciudadanas que aman Barcelona más que tú ---porque han dejado su tierra y apuestan por esta--- y te cuestionan cosas tan obvias, no sabes qué decir.
Solo queda gritar: Barcelona SOS.