Barcelona no es un debate abstracto (ni neutral)

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12 de enero de 2026 a las 23:51h

Cuando hablamos de las próximas elecciones municipales en Barcelona, a menudo suena todo mucho de tertulia política: caras, siglas y pactos. Pero si damos un paso atrás y escuchamos a quienes piensan la ciudad con profundidad, descubrimos que no se trata solo de quién gana una alcaldía, sino de qué relato de ciudad y de metrópoli queremos construir para los próximos años —y, sobre todo, de qué papel queremos que tenga Barcelona dentro del país como capital de Catalunya.

La Barcelona de hoy ya no es solo la ciudad dentro de sus fronteras administrativas. Es una metrópoli viva, compleja e interconectada con municipios como L'Hospitalet, Badalona, Cornellà o Sant Adrià. Estas plazas, barrios y pueblos forman un ecosistema donde se mueven cada día millones de personas, y los esfuerzos para coordinar políticas que atraviesan estas fronteras no son una opción, son una necesidad. El debate sobre movilidad, vivienda, infraestructuras o tecnología metropolitana no es ninguna abstracción: es el que condiciona si podemos desplazarnos, vivir y trabajar dignamente.

Si miramos lo que Oriol Estela, coordinador del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona, ha repetido en varios artículos en este mismo magazine, una metrópoli eficiente no es solo transporte y carreteras, sino todo aquello que nos permite mantener una calidad de vida alta: el agua que bebemos, la energía que consumimos o los espacios verdes que refrescan la ciudad. La gestión de estos elementos esenciales ya no pertenece íntegramente a cada ayuntamiento, sino que reclama una mirada conjunta y una planificación más allá del Eixample o el Besòs. Hablar de infraestructuras es hablar de lo que significa vivir en un territorio resiliente y digno para todo el mundo.

Una ciudad que olvida su lengua o la diluye por inercia pierde más que un símbolo: pierde cohesión social y sentido colectivo
Pero esta mirada metropolitana no puede ser desligada de la identidad que da sentido a Barcelona. Si la ciudad quiere mantener su autenticidad y su papel de capital del país, tiene que hacerlo ejerciendo como capital de Catalunya, no solo como ciudad global. Esto quiere decir defender su lengua, su cultura y sus tradiciones, que son el tejido que ha hecho de Barcelona una ciudad con personalidad propia, admirada por todas partes pero arraigada aquí.

Una metrópoli abierta y diversa no es incompatible con una ciudad que quiere y protege su identidad. De hecho, solo si Barcelona tiene claro quién es —y qué representa— podrá proyectarse con fuerza al mundo. Una ciudad que olvida su lengua o la diluye por inercia pierde más que un símbolo: pierde cohesión social y sentido colectivo. Hacer de Barcelona una ciudad moderna e inclusiva pasa también por garantizar que el catalán sea lengua de convivencia y de oportunidades, que la cultura catalana tenga espacios de centralidad, y que las tradiciones sean vividas con naturalidad, como expresión de un pueblo vivo y no como folclorismo residual.

Pau Solanilla nos recordaba en un artículo en The New Barcelona Post que vivimos en una era en que muchas personas —especialmente la gente joven— desconfían de las instituciones y de la política tradicional. En este contexto, la ciudad y sus actores sociales tienen la oportunidad de acercar la política a lo que realmente importa: construir una Barcelona que combine innovación tecnológica con bienestar humano y arraigo cultural; no solo sensores y datos, sino calidad de vida compartida y orgullo de pertenencia. Esto es lo que él denomina una visión urbana centrada en las personas: tecnologías y proyectos que hagan que vivir aquí sea mejor, más humano y más propio.

Vistas de Barcelona desde el Ayuntamiento. © Josbel A. Tinoco

Este enfoque es especialmente útil para pensar en debates de los que todo el mundo oye hablar, pero que no siempre se discuten lo suficiente: vivienda digna, cohesión social, sostenibilidad ambiental o movilidad realmente accesible para toda la metrópoli. La tecnología por sí sola no garantiza nada; es una herramienta. Lo que importa es cómo la usamos para hacer la ciudad humana, justa y fiel a su esencia de capital del país.

Las elecciones no son solo un asunto de partidos; son una oportunidad de decidir qué proyecto de ciudad y de metrópoli queremos activar
También hay que recordar que Barcelona es una ciudad de diversidades interconectadas: gente de culturas diferentes, jóvenes que buscan oportunidades, familias que quieren hacer raíces, trabajadores que entran y salen cada día. Aquello que llamamos una ciudad global. Y todos ellos quieren respuestas reales a sus retos cotidianos. Pero en medio de esta diversidad, la ciudad necesita un hilo común que la cohesione, una identidad compartida que no excluya a nadie, pero que tampoco se borre. Esta identidad pasa por la lengua, por una manera de hacer y de vivir que es parte de lo que nos ha convertido en una capital mediterránea con alma propia.

Por eso, las elecciones no son solo un asunto de partidos. Son una oportunidad de decidir qué proyecto de ciudad y de metrópoli queremos activar. Se trata, en definitiva, de cómo queremos que Barcelona —y toda su área metropolitana— evolucione. De esta elección dependerá si nuestra ciudad es un lugar donde merece la pena vivir y, sobre todo, un lugar que (pese a los cambios normales que sufre cualquier ciudad global) continuamos sintiendo todavía nuestro.